viernes, 19 de agosto de 2016

Armamento Carlista: El Cañón Whitworth

¿Estaba mal armado el ejército carlista del Norte durante la última guerra? La pregunta no permite respuestas categóricas, siendo necesario matizar la contestación. Primeramente es necesario tener en cuenta que la última guerra carlista se caracteriza por su componente "moderno": en el campo del armamentístico los avances técnicos habían evolucionado rápidamente dejado inservibles viejas tácticas de lucha y la geopolítica mundial del momento no dudaba en estudiar con detalle cualquier punto de conflicto donde se estuvieran probando las nuevas armas y la nueva forma de concebir la guerra. 

Al estallar la guerra carlista ya se encontraba plenamente desarrollado el concepto de cartucho metálico, fusil rayado y retrocarga; y paralelamente al fusil, se perfeccionaba la artillería adaptándola a los requerimientos y nuevos descubrimientos de la ingeniería y la ciencia.

En el ambiente de desarrollo tecnológico exponencial de finales del XIX, el ejército carlista pasó de ser un elemento embrionario, a consolidar una eficiente estructura castrense, todo ello en un tiempo notablemente corto y auspiciado por una convergencia de elementos colaterales que le permitió sobrevivir a los primeros embates, para seguidamente apuntalar toda su organización.

De hecho, el autor del libro Estudio Crítico Sobre la Última Guerra Civil de 1887 hace la siguiente afirmación en relación con la calidad de tropas y material del ejército carlista a mediados de 1874: “[…] En aquella fecha, deber de imparcialidad es confesarlo, que el ejército (carlista) era tan bueno como el nuestro; […]”.

Si bien es verdad que de forma residual y en los primeros compases de la contienda, una pequeña fracción de voluntarios carlistas se armaron con viejos elementos de avancarga, y que su intendencia fue incapaz de dotar a la mayoría de sus hombres con el fusil de éxito del momento; el Remington; lo cierto es que a ojos de expertos de la época el ejército carlista estaba bien armado. El problema fundamental radicaba en la necesidad y premura que había obligado a la adquisición de lotes de armas, conceptualmente “modernos”, pero que llevaban aparejada dos problemáticas: multiplicidad de bocas de fuego con diferente cartuchería y manifiesta imposibilidad de dar respuesta al rápido consumo de municiones que llevaba implícita el uso del cartucho metálico y la retrocarga.

Cañón de bronce de 12 cm liso, construido ne la fundición de Ugarte. Tomado de "Historia fotográfica
de la última Guerra Carlista"
Por supuesto, el dotarse de artillería “moderna” y eficaz fue un condicionante y necesidad que ocupó tiempo y esfuerzo a la administración carlista. La profesionalidad de la oficialidad adscrita a esta sección quedaba asegurada con la presencia en sus filas de oficiales de carrera provenientes del disuelto por Decreto Real “Cuerpo de Artillería”, dentro de la convulsa situación política que se vivía en 1873.

Al igual que sucedió con las armas de la infantería, la mayoría de elementos de artillería del Ejército Carlista del Norte fueron adquiridos en el extranjero, con fondos de las Diputaciones de las provincias vasco-navarras, donativos de legitimistas franceses, de carlistas de Andalucía y de otras entidades o colectividades; los menos fueron fundidos en Arteaga, primero, y después en Azpeitia, así como tomados al enemigo en el campo de batalla.

Pieza Krupp carlista. Tomada del Estandarte Real
El número de piezas de artillería disponibles por parte del Ejército Carlista en el Norte fue incrementándose a medida que la guerra avanzaba. Citando a Pardo San Gil, en julio de 1873 contaban con 6 cañones y terminando la guerra con un número total que rondaba las 100 piezas. Y de la misma forma que en lo correspondiente al fusil de infantería hablábamos de multiplicidad de bocas de fuego, lo mismo ocurrió en el caso de la artillería, construyendo o llegando a manos carlistas calibres y sistemas de fuego sustancialmente diferentes: desde desfasados cañones lisos de avancarga de 12 cm, hasta algunas piezas rayadas de 8 y 10 cm, un número limitado de piezas del sistema Vavasseur de 7 y 9 cm, cañones Woolwich de 7 cm, elementos Krupp y Plasencia de 8 cm; y destacando por su número y variedad, el sistema Whitworth, con cañones cortos y largos, tanto de avancarga como retrocarga de 4 cm, varias piezas de 7 cm y dos cañones de gran calibre de 13 cm.

La importancia de las piezas del sistema Whitworth dentro del engranaje del Ejército Carlista del Norte viene dado por su elevada representación, constituyendo más del 60% del total de piezas de artillería y ajustándose a la tipología de guerra que se estaba gestando en el ámbito vasco-navarro de carácter móvil y con una dificultad orográfica notable. Este hecho es indicativo de la notable apuesta que realizó el alto mando carlista por estos cañones y que a decir de Juan Calvo, les permitió obtener en los primeros compases de la guerra una importante ventaja respecto al ejército liberal.

Por lo tanto, si hay un cañón que se pueda considerar como “típicamente carlista”, éste es el Whitworth, cuya complicada grafía hace que aparezca reflejado en la bibliografía con todas las combinaciones posibles de sus distintas “w”, “t” y “h”, así como con otras castellanizaciones de sus fonemas más elaboradas y curiosas.

Origen de los “Whitworth”

Joseph Whitworth.
Tomado del Owens College Archive
Joseph Whitworth (1803-1887) fue un afamado ingeniero inglés, especialmente comprometido con las características de “exactitud y precisión”. En 1833 ya poseía en Manchester su propia fábrica de máquina-herramienta con una clara línea de trabajo en la búsqueda de la estandarización de componentes y fabricación automatizada industrial. En 1851 sus máquinas eran sinónimo de “calidad y precisión”, con ingenios que permitían el corte, tallado, taladrado, ranurado, torneado o cepillado con una exactitud no conocida hasta el momento.

Con el comienzo de la guerra de Crimea en 1853, Whitworth comenzó a trabajar en el desarrollo de armamento que solucionase las deficiencias que el armamento del momento presentaba: notable imprecisión y bajo alcance de los proyectiles.
Comparativa de una bala Whitworth
con una bala "tradicional"

Un año después, ya había patentado un sistema donde el proyectil salía del arma girando sobre sí mismo gracias a su desplazamiento a través de un tubo que presentaba la particularidad de presentar una sección hexagonal y donde sus aristas seguían un trazado helicoidal. Su bala, con una forma de “columna salomónica” se ajustaba perfectamente a este tipo de ánima, ya que la misma estaba fabricada en una forma hexagonal-helicoidal, permitiéndola adquirir el deseado movimiento giroscópico que estabilizaba su vuelo, mejoraba su precisión y aumentaba su alcance. 

Rifle Whitworth. Tomado del blog:
Curiosas Armas
El resultado fue un rifle y una munición de lo más llamativa, cuya acción combinada resultaba letal a gran distancia. The Times informaba en 1857 que en las pruebas oficiales para el ejército británico "el rifle de Whitworth sobresalió sobre el Enfield hasta un grado que casi no deja espacio para la comparación". Sin embargo, la dificultad de su construcción y su “extraña” munición lastraba su adopción sistemática. Finalmente a las evidentes ventajas balísticas se impuso el factor económico y el ejército británico rechazó el arma apostando por el Martini-Henry. 

A pesar de este revés, Whitworth mantuvo su línea de investigación no tardando en aumentar la escala de trabajo, pasando del rifle a la artillería. Mismo concepto, mayor tamaño, con un resultado igual de efectivo: Artillería eficiente y precisa a larga distancia que superaba con creces las propuestas del momento. Jose Castro y Serrano (1829 – 1896) visitó la Exposición Universal de Londres en 1862, describiendo con estas palabras el sistema patentado por Whitworth para la artillería: “[…] ese hombre ha inventado o mejor decir perfeccionado, el mejor cañón de todos los cañones: Su alcance es prodigioso, su fuerza colosal, su condición destructora increíble: no adolece de los defectos del cañón Armstrong en cuanto a la contingencia de reventarse; su mecanismo de construcción es más sencillo, sus pruebas responde todas a los ofrecimientos del autor”. Sin embargo, y a pesar de la admiración que en términos científicos causaba el arma, el ejército ingles no lo encontraba tan práctico; y al igual que sucedió con su rifle, Whitworth obtuvo el mismo rechazo.

Galardonado cañón Whitworth exhibido en la Exposición Universal de Londres
en 1862.
Pero no todos los gobiernos y ejércitos fueron tan reacios a las propuestas del ingeniero inglés, por lo que, ya fuera por necesidad o por creencia firme en las bondades del sistema, fueron varios los que llamaron a su puerta para proceder a la compra de este tipo de armamento. Según cita Juan Calvo, Brasil fue uno de los países especialmente interesados: “[…] durante mucho tiempo ha sido el mayor y casi único cliente de la fábrica, empleando sus piezas en la artillería de campaña y, sobre todo, para la marina, pues apenas había barco brasileño que no llevara cañones Whitworth, y puede decirse que es el país que ha sostenido la fabricación de estas piezas durante mucho tiempo”.

Cañón Whitworth confederado. Tomado de Civilwarartillery
También en la Guerra de Secesión Norteaméricana (1861 – 1865) las tropas confederadas adquirieron algunos lotes de este tipo de fusil (unos 200) siendo distribuidas entre sus tiradores de élite, formando con ellos letales unidades de francotiradores. También llegaron a manos confederadas algunas piezas de artillería (unas 50), destacando por ser elementos de retrocarga, largo alcance y precisión excepcional. 

En una época donde los avances tecnológicos militares se sucedían en un corto espacio de tiempo, los Whitworth, ya fueran rifles o cañones, aún siendo notablemente eficaces, no tardaron en verse relegados a un segundo plano. La respuesta a la problemática de alcance y exactitud del disparo se alejaba del ánima poliédrica para seguir perfeccionando el sistema de rayado. A pesar de ello y según se detalla en la web de la Sociedad Whitworth, Joseph Whitworth realizó una notable contribución al desarrollo de la industrialización y la ingeniería mecánica, con una dilatada lista de logros, premios y condecoraciones, entre las que se encuentra… una medalla real de Carlos VII que le fue entregada en 1874.

Adquisición, Contrabando, Pleitos y “Whitworth” de Fabricación Propia

La adquisición de material bélico en el extranjero además de los recursos financieros requería de un enorme trabajo logístico, donde el juego de relaciones diplomáticas iba parejo a los procesos de espionaje y contraespionaje. Inglaterra, al igual que otras potencias europeas, permanecía en estado de supuesta neutralidad, con simpatizantes en ambos bandos, aceptando delegaciones y representantes de liberales y carlistas, tomando buena nota de las airadas protestas que desde el gobierno liberal llegaban, pero permitiendo (siempre dentro de su legalidad) actividades y negocios carlistas que lucraban sus arcas; además de colaborar en labores humanitarias, a la par que se enviaban representantes militares para estudiar el desarrollo y tácticas utilizadas en la guerra.

Julian Garcia Gutierrez se identifica con el Nº7. Tomado del
blog de Juantxu Egaña.
Desde marzo de 1873 se encontraba en Londres ejerciendo como representante oficial militar y presidente del Comité Carlista, el General Edward Kirkpatrick de Closeburn, un aristócrata y aventurero de origen escoces emparentado con la realeza europea y que había participado en la Guerra de Secesión Norteamericana. Kirkpatrick, entre otras labores, tenía el objetivo de recaudar fondos y facilitar todo lo referente a la compra y traslado de material bélico para equipar al ejército carlista. En esas mismas fechas, y según indica Brea, tras la disolución del Cuerpo de Artillería que llevó a numerosos oficiales a pasarse al bando carlista, el por entonces teniente de artillería Julian Garcia Guitierrez se desplazó a Inglaterra con la misión de estudiar los diversos sistemas de bocas de fuego que se adaptasen a las condiciones de la clase guerra que se esperaba y que fueran asequibles para las arcas carlistas. Garcia Gutierrez regresó “eligiendo los cañones de acero de Whitworth, rayados poligonales, se procuró planos, escribió una memoria descriptiva de su construcción y manejo, dejando elegida un batería de 4 piezas de montaña de 4 centímetros, cortos, a cargar por la boca y el ánima y proyectil hexagonal”. Idéntica actividad realizó el sevillano teniente coronel de artillería Juan María Maestre y Lobo, que tras su viaje retornó con planos, apuntes y memorias, esta vez de cañones del sistema Vavasseur, y la selección de seis cañones de este sistema para servir una batería montada.

Tirso Olazabal Arbelaiz. Fondos del
Archivo Zabala
En noviembre de 1873, ambas baterías Whitworth y Vavasseur, fueron embarcadas en el bergantín Malfilatre que proveniente de Francia llevaba ya en su bodega diferentes lotes de armas adquiridos por el aristócrata Tirso Olazabal y el antiguo oficial de marina Bernado G. Verdugo; aguardando en el puerto de Newport para una vez finalizado todo el “papeleo”, continuar su singladura. Guardando las formalidades debidas y de cara a la burocracia inglesa, el destino “oficial” del barco carlista y su preciado cargamento era Grecia. Sin embargo y a pesar del aparente sigilo con el que se había realizado todas las transacciones, un agente doble, que servía tanto a los carlistas como a los liberales, un individuo que Pirala identifica como Sr. Palmer, puso en comunicación de la embajada liberal en Londres la presencia de este buque, su verdadero destino y los materiales que albergaba en su bodega. A instancias de la delegación liberal se urdió un plan consistente en hacer pasar al Sr. Palmer por dueño del buque y cargamento, falsificando los correspondientes papeles de compraventa. 

En cuanto Tirso Olazabal tuvo noticias de la fraudulenta transacción se dirigió rápidamente a Londres. Tanto Olazabal como Verdugo se presentaron en los tribunales ingleses como dueños del cargamento y barco, “entablándose dos litigios contra el falso comprador Sr. Palmer, que ya había revendido los efectos de guerra a una casa de comercio inglesa”. El comienzo del proceso judicial supuso que el cargamento y barco quedase retenido hasta que finalizará el pleito, algo que afectaba notablemente a los intereses carlistas, empeñado ya su ejército en el comienzo de las hostilidades contra Bilbao.

Los rumores sobre el embargo de “bienes carlistas” no tardaron en extenderse y según apunta Brea: “La opinión pública (carlista) acusó entre otros al General Cabrera, quien llamándose todavía carlista se hallaba enterado al pormenor de todos cuantos pasos daba el carlismo para la adquisición en Londres de armas, proyectiles y cañones. También se acusó á un inglés que, defraudado en sus esperanzas de lucro por una junta de artilleros, había visto desechados unos cohetes que presentó, y que dieron mal resultado en las pruebas, á más de ser excesivamente caros”. También algunas de las Diputaciones carlistas, especialmente aquellas que ya habían destinado importantes cantidades de dinero a la compra de artillería en el extranjero, como la de Bizkaia, encontraban en este nuevo contratiempo la justificación para impulsar la propia fabricación de artillería en los talleres de Arteaga. Según transcribe Pirala en una carta firmada por Lorenzo Mascarua de la Junta de Gobierno de Bizkaia: “[…] se le remitieron también como consta de recibo, cuyas cantidades reunidas suman 90.000 reales, con los que cree quedan bien pagados loa dichosos cañoncitos, que entre paréntesis, no se han recibido aún, y ya son innecesarios, porque en consideración á su tardanza, esta diputación, apremiada de la necesidad, se decidió á montar, y á Dios gracias funciona satisfactoriamente, una buena fábrica de cañones que nos ha proporcionado cinco, al parecer muy buenos, y que dentro de poco nos proporcionará cuantos necesitemos, […]”.

Cañón de broce de rayado poligonal sistema Whitworth, construido en
la fundición y maestranza de Ugarte (Bizkaia). Tomado de "Historia fotográfica
de la última Guerra Carlista"
Y efectivamente, Brea describe, se fundieron en Arteaga (Fundición de Ugarte) hasta 4 cañones “de montaña, de rayado poligonal”, intentando emular a los Whitworth. Pero su uso fue bastante efímero, porque tras ser probados en batalla durante la toma de Portugalete en diciembre de 1873, se consideró que no eran fiables y tras la toma de la villa de la margen izquierda del Nervión, “Recompúsose, pues, todo el material, montajes y efectos que tanto habían sufrido en Portugalete; refundiéronse los cañones poligonales que no habían dado buenos resultados”.

Mientras, Olazabal y Verdugo seguían enfrascados el proceso judicial teniendo que hacer frente a la burocracia de Inglaterra, así como a la presencia de otros delegados carlistas que habían sido enviados para agilizar y/o ayudar en el proceso: Vicente Alcala del Olmo, en primera estancia y Pablo Laborde después. A decir de Olazabal y Verdugo, la presencia de ambos fue más molesta que ventajosa para los intereses carlistas. Olazabal no dudó en remitir una carta fechada en Londres el 15 de enero de 1874 donde indicaba lo siguiente respecto a la presencia de Vicente Alcala en Londres: “[…] no estaba en antecedentes de la compra, […] no está enterado de las leyes inglesas, ni habla este idioma, ni pueden ver en él nuestros abogados y procuradores, sino un fiscal que se manda aquí en mengua de nuestro decoro”. Por su parte el 12 de junio de 1874 se remite otra carta a la Junta Carlista esta vez firmada por Verdugo: “El Sr Laborde se va y su venida no ha modificado el asunto en lo más mínimo, ni lo modificará. Va a decirle a S.M el Rey que aquí se ha hecho cuanto humanamente ha sido posible, según parecer peritos imparciales”.

A pesar de todo, la vía judicial benefició a los intereses carlistas, con un escándalo mediático que se incrementaba a medida que transcendía a la opinión publica inglesa detalles de la trama urdida por la embajada liberal. Poco o nada pesaba el hecho que todos conocieran el destino real de las armas, el caso es que el pleito estaba minando el crédito internacional del gobierno liberal, así como sus arcas, por lo que para atajar males mayores, finalmente se avinieron a un convenio. La embajada liberal aceptó pactar con los carlistas abonándoles el barco y el cargamento, con la esperanza que las armas nunca llegaran a su destino; pero Olazabal, en una magistral jugada final, puso un precio mayor al conjunto del que había realmente había salido de los bolsillos carlistas obteniendo, según indica Francisco Hernando, un beneficio adicional de 20.000 duros.

Con todo este dinero, esta vez proveniente de las mismísimas arcas liberales, Olazabal no tardó en reorganizar todo el proceso de compra del material bélico, adquiriendo un vapor, el Notre-Dame de Fourviers, al que se le rebautizó como London, llenando de nuevo sus bodegas, por segunda vez, con la ansiada artillería y un gran número de rifles y municiones. 

Desembarco de armas en la costa de Bizkaia. Tomado de
Album Siglo XIX
Esta vez el London partió sin contratiempos. Según indica Pardo San Gil, al mando de un capitán norteamericano de apellido Jefferson y con la ayuda de 4 expertos pilotos vizcaínos, arribó a Bermeo el 9 de julio de 1874 con 27 cañones en sus bodegas, entre ellos los ambicionados Whitworth, así como piezas del sistema Vavasseur, Woolwich y una batería de flamantes Krupp, cuya presencia allí estaba condicionada por una carambola del destino. Estos Krupp, comprados por Olazabal, habían sido embarcados en Francia, y se les había perdido la pista tras un desembarco fallido en la costa vasca. Tras días de incertidumbre Olazabal recibió noticias que sus preciados cañones de acero se encontraban en Gibraltar, dando orden de remitirlos con celeridad a Inglaterra para embarcarlos en el London. Estas piezas se sumaron a las ya construidas en la fábricas de Arteaga a las tomadas al enemigo y a las 4 piezas Whitworth que según se indica Pirala, un mes antes habían conseguido hacer cruzar por la frontera camuflados en una columnas de plomo, como si fueran objetos de adorno.

Será a partir de este primer gran desembarco de cañones, cuando el Cuerpo de Artillería Carlista del Norte tenga suficiente entidad como para organizar sus baterías, procediéndose a su centralización como cuerpo no dependiente de las diputaciones forales provinciales. A decir de Pirala: “[…] la artillería se empezó a organizar perfectamente, teniendo para montaña los cañones ligeros y de gran alcance de Whitworth de a cuatro, que aunque no tan excelentes como los Plasencia, eran buenos; y para batalla y sitio los Woolwich de a ocho y los Vavasseur de a siete. […]”. Brea nos cuenta que se formaron tres baterías montadas (donde el material es arrastrado por carruajes por tiros de caballos o mulas), una de “a caballo” (igual que la montada pero los artilleros viajan montados sobre caballos), y dos de montaña (piezas ligeras que se desarman y sus partes se distribuyen en cargas sobre mulos), estos últimos dotadas de Whitworth de "a 4" , que “[…] en la práctica dieron buenos resultados de precisión, facilidad de transporte y de manejo, que con el tiempo llegaron a formar seis baterías (de montaña) de otros tantos cañones cada una”.
  • 1ª Montada:  6 piezas Vasasseur al mando de D. Antonio Brea, primero, y después D. Rodrigo Vélez.
  • 2ª Montada: 6 piezas Krupp al mando de D. Manuel Fernández Prada, primero, y después D. Atilano Fernández Negrete
  • 3ª Montada: 8 piezas Woolvich al mando de D. Feancisco Javier Rodríguez Vera, primero, y después don Germán García Pimentel.
  • 4º A caballo: 4 piezas Withworth al mando de D. Leopoldo Ibarra, primero, y después D. Julián García Gutiérrez
  • Montaña:
  •     1ª D. Alejandro Reyero
  •     2ª D. Rodrigo Vélez, primero, y después D. Luis Ibarra
  •     3ª D. Marcelino Ortiz de Zarate
  •     4ª D. Joaquín Llorens
  •     5ª D. Miguel Ortigosa
  •     6ª D. José Fernández de Córdoba
De igual forma se organizaron los servicios industriales para dar respuesta a las demandas de la artillería. En Vera se habilitó una fábrica para la fundición de proyectiles, con la labor de construir munición de hasta 10 calibres diferentes. En Azpeitia, y en detrimento de Arteaga, se centralizó la fundición de cañones, construcción de carruajes, montajes, espoletas y pólvora, mientras que la fábrica de Bacaicoa fue destinada a la construcción y arreglo de los bastes y material de piezas de montaña.

Tampoco faltaron academias militares para nutrir de oficiales instruidos a los cuerpos de ingeniería y artillería. En un principio en Azpeitia se estableció la Academia Militar de Artillería de Campaña y en Bergara la de Ingenieros, pero el 1 de septiembre de 1875 se aprobaba el decreto por el que se procedía a crear un “Establecimiento de instrucción, que se denominará Academia Militar Facultativa para Artillería é Ingenieros, que residirá por ahora en Vergara”. Esta academia y según consta en el diario El Cuartel Real, contaba con un elaborado y riguroso programa de materias de enseñanza que incluía: geometría, trigonometría, álgebra, cálculo diferencial, cálculo integral, física, química, mecánica, fortificación de campaña, arte militar,... así como 60 lecciones de fundamentos de religión.

Los Whitworth en la última Guerra Carlista

Los Whitworth de procedencia inglesa vertebraran la artillería carlista, llegando en sucesivos desembarcos más piezas de "a 4" , de "a 7" y dos grandes cañones de 13 cm hasta completar un total de 60 o 70 bocas de fuego de este sistema (en función del autor); destacando por su número y variedad tipológica los llamados de “montaña” de “a 4”, con unidades de avancarga y retocarga; tanto “cortos” de 1.090 mm de longitud y 75 Kg de peso, como “largos” de 1.2850 mm y 142,9 Kg de peso (Datos aportados por Juan Calvo).

Lo cierto es que la llegada de esta tecnología y especialmente la de los pequeños y manejables cañones de “a 4” a manos carlistas provocó en un primer momento una cierta hilaridad entre el ejército liberal, o al menos entre la prensa afín: “[…] burlábanse los enemigos del poco calibre de los Whitworths, llamando pepinillos a las pequeñas granadas que lanzaban […]”. Y razón estética no faltaba para denominar jocosamente a la munición que utilizaba el Whitworth, aunque pronto comprobaron la efectividad, precisión y fuerza de sus disparos. Esa misma pequeña granada, de unos 13,6 cm de alto y 4,5 cm de anchura, era capaz de “atravesar un tabique de 7 centímetros de espesor” a decir de Saturnino Gimenez, creando en su explosión una lluvia de fragmentos que se esparcía en 25 o 30 metros. Indudablemente los “pepinos” de “a 7”, poseían mayor capacidad destructora con sus 23,5 cm de altura y 7,5 cm de ancho.

Cañón Whitworth carlista de retrocarga.
Tomado de Album Siglo XIX
La prensa liberal, si bien definían a los Whitworth como buenos cañones, no dudaban en incluir alguna deficiencia de los mismos o de sus proyectiles en sus crónicas periodísticas. En el número el 8 de abril de 1875 de la Ilustración Española y Americana, se reflejaba con detalle un cañón Whitworth carlista, cuyo texto e ilustración fue posteriormente reutilizado, y conveniente modificado, años después en la revista carlista el Estandarte Real. La ilustración a detalle que acompañaba el texto, mostraba un Whitworth largo de montaña y retrocarga: “Gran número de piezas que componían la artillería carlista en el Norte eran del sistema Whitworth […]. La sección del ánima de este cañón figura un hexágono, cuyo desarrollo longitudinal es hueco y espiral. Se carga por la recámara, es de sencilla construcción y se maneja muy fácilmente. La culata se cierra con un ajuste solido que lleva un tornillo interior al cual se le da movimiento con el torniquete que se ve en la figura. […] el proyectil puede recorrer un trayecto de 7 u 8 kilómetros. La detonación no es fuerte; un hombre basta para el manejo de la pieza y no hay que hacer uso del escobillón”. Añadía el diario liberal: “Sin embargo, la artillería Whitworth es casi inútil en las filas carlistas pues parece probado que apenas revientan los proyectiles en la proporción del 2 por 100”.

De forma similar retrataba el corresponsal Peris Mencheta a los granadas Whitworth, donde en una de sus crónicas comentaba: “[...] son muy pocos los ‘pepinillos’ que revientan, por cuyo motivo son de escaso provecho para el enemigo los fuegos de los cañoncitos Winwor (sic)”.

Cañón Whitworth de "a 4" de avancarga. Fondos del museo
militar del castillo de Montjuit
También en una crónica aparecida en el Pabellón Nacional del 7 de abril 1875, encontramos lo siguiente: “Y por cierto que no me cansaba de admirar el poderoso alcance de los proyectiles enemigos. Nuestros artilleros tiraban con el alza correspondiente á 2.800 metros de distancia y con cañones de á 10, mientras que los carlistas usan "el canon Witowithe (sic), que por sus exiguas proporciones ha sido bautizados por los mismos carlistas con el nombre de lavativas. Sin embargo, el alcance de estas lavativas no es inferior al de nuestros rayados de bronce con cierre de acero y calibre de 10 centímetros. Tal resultado lo obtiene el enemigo sino á costa de grandes pérdidas. Para que el pepinillo recorra una distancia de, cuatro y aun de cinco kilómetros, como se ha dado algún ejemplo, preciso es emplear una carga de pólvora desproporcionada, lo cual produce grandes y violentos retrocesos que inutilizan las cureñas á cada momento. Esto lo he oído confirmar á los mismos presentados que han visto bajar con frecuencia cureñas rotas que arreglan de cualquier manera en Mañeru”.

Por su parte, y como no podía ser de otra forma, la prensa carlista alabó a los cañones Whitworth, haciendo especial referencia a su largo alcance. En el diario propagandístico El Cuartel Real se suceden varias noticias de este tipo:

10 de noviembre de 1874 y en relación con el bombardeo al que los carlistas estaban sometiendo a la población de Irun, el diario comenta: “Nuestras granadas entraban por los muros de las casas «como el hilo por la aguja,» y hasta las piedras de sillería eran atravesadas con asombro general. Dos y tres paredes, y además numerosos tabiques, eran taladrados por un solo proyectil, como si hubieran sido de esparto”

20 de abril de 1875: “El corresponsal que tiene El Imparcial en el ejército enemigo del Norte confiesa que nuestros cañones Whitworth, de montaña, tienen un alcance asombroso, al cual no llegan con mucho los cacareados Plasencia. Y, en efecto, es tan exacto, que hace pocos días desde la Virgen del Puyo de Estella lanzaron nuestros artilleros algunas granadas con aquellos cañones por encima del alto de San Cristóbal. Los que conozcan el terreno apreciarán lo extraordinario del alcance. A los que no, básteles decir que con esas piezas se pone al proyectil á siete kilómetros de distancia”.

Pieza Whitworth de "a 7", avancarga. Museo de artillería de
Cartagena
29 de abril de 1875: “Los jefes y oficiales de la artillería enemiga están admirados del alcance que tienen nuestros cañones Whitworth. Un proyectil de estos pasó rozando la chimenea del vapor Guipuzcoano, que se hallaba en la ría de Orio y á una distancia, según cálculo de aquellos, de 6.000 metros de nuestra batería. Suponemos que ya no seguirá El Imparcial burlándose del fuego de nuestros cañones, como hace poco”.

26 de septiembre de 1875: “El día 22, ó sea ayer, rompió fuego bastante vivo de cañón á cosa de las once de la mañana desde la misma altura de San Miguel, siendo contestado vigorosamente por el de nuestros cañones, cuyo alcance se ha visto una vez más que supera con mucho al Krupp y Plasencia que gasta el enemigo. Es, en verdad, pasmoso el alcance de nuestros cañones. Seis piezas de montaña (Whitworth) se habían colocado en La Peña Orbaliza, y el enemigo tenía sus cañones Krupp y Plasencia en la de San Miguel, próximamente á igual altura. Ninguna granada enemiga ha llegado hasta nuestra batería, y las nuestras, no solo llegaban hasta la suya, sino que, pasando por encima, llegaban algunas hasta Rio, pueblo situado á legua y cuarto de dicha Peña de San Migue!, algo más de media legua en línea recta. Aunque parece imposible, es completamente cierto”.

Al igual que en otras ocasiones, la descripción más imparcial que tenemos del funcionamiento de los Whitworth en el ejército carlista se la debemos a Henry Knollys (1840-1930), oficial de artillería de la armada británica que visitó en calidad de observador imparcial. Según indica en su libro The Elements of Field Artillery: Designed for the Use of Infantry and Cavalry Officers de 1877 los pequeños cañones Whitworth de "a 4", eran ideales para la guerra en la montañas. Pesaban 150 libras (70 kg), pudiéndose ser fácilmente trasportado por mula, y efectivos a 7.400 yardas (6,8 km). Sin embargo, indicaba que las bondades de esta artillería en materia de alcance no podía ser correctamente aprovechada por los carlistas, ya que “invariablemente permitían a sus oponentes acercarse a unas 2000 yardas (1,8 km) antes de abrir fuego, dado que la munición en el ejército de Don Carlos era escasa y de gran valor”

Batería "a caballo" 4º Montada del Ejército del Norte Carlista, fotografiada en Aberin, cerca de Estella hacia 1874.
Tomado del blog de Juantxu Egaña.
Knollys, fue testigo directo del funcionamiento de una de estas baterías de montaña en una visita a los puestos de avanzada: “[...] obtuve permiso para examinar un campo de batería carlista más en detalle […]. Las armas de fuego, en número de seis, tenían en la recámara el grabado -'Joseph Whitworth, Manchester, 1874, Patente, C.VII'. [Carlos VII.]”. El oficial ingles describía esta batería como “ejemplos de la guerra moderna”: elementos de retrocarga de bajo calibre, proyectiles de hierro, hexagonales, alargados, con un peso de unos 6 libras (2,7 Kg); “El alcance máximo se dice que es casi de 7400 yardas (6,8 Km) […]. Además, debido a las posiciones muy elevadas por encima del plano de sitio desde el que se disparan estas armas, sus proyectiles a veces alcanzan distancias excepcionales.

En teoría, la espoleta de tiempo está en uso por parte de los carlistas; pero en la práctica, se restringen por completo al uso de la espoleta de percusión, de patrón simple y eficaz, sin el elaborado ingenio de las nuestras. Los oficiales de artillería de Don Carlos confían en sus Whitworths, y de los dos sistemas (avancarga o retrocarga) prefieren la retrocarga. 

En cuanto al despilfarro de munición de artillería, los carlistas a diferencia de los Alfonsinos, son lo suficientemente razonables para reconocer la locura usar artillería sobre caminantes individuales. La práctica amarga a los campesinos, e incluso si tienen éxito en la voladura de una cabeza de vez en cuando, ¿cómo puede esto afectar a los resultados de la guerra?”.

A decir de Knollys cada pieza estaba servida por 6 hombres y continuaba con la descripción de otros elementos de la batería criticando algunos de los componentes añadidos al cañón, como el tornillo de elevación o las alzas de puntería…, que consideraba como elementos “de lo más primitivos”; y alababa las cureñas, que “combinaban ligereza con resistencia”. También tomó nota de otros componentes como el armón, del sistema de transporte basado en mulas y no dudo en dar su propia opinión sobre “la falta de éxito del ejército carlista”, que resumía en lo siguiente: “En primer lugar, me imagino, porque no hay un general de capacidad suficiente como para tomar la iniciativa; mientras que entre los existentes jefes, la incompetencia, los celos mezquinos, y el doble juego reinan. En segundo lugar, porque los oficiales son inferiores a sus hombres. En tercer lugar, porque Don Carlos se ve obstaculizado a un máximo grado por la falta de fondos - como consecuencia, su artillería se ve mermada, y su posibilidad de asumir la ofensiva en los momentos críticos, fatalmente restringida".

Corbeta Consuelo. Tomado de Todoavante
Según Knollys, la carestía de munición en el bando carlista restaba puntos, no sólo a su posibilidad de victoria, sino que anulaba parcialmente una de las características destacadas de los Whitworth: su largo alcance.

A pesar de ello esté elemento fue exitosamente explotado por los carlistas en los combates tierra-mar contra los buques poco blindados de la armada liberal. Así, en el diario La Época del 23 de mayo de 1875 se describe el intercambio de fuego que tuvo lugar el 13 de ese mismo mes frente a la población de Guetaria, entre las corbetas Africa y Consuelo, los cañoneros Gaditano, Segura y Nieves y las fuerzas carlistas fortificadas y atrincheradas en las alturas que dominaban la villa. Según se describe en el periódico liberal, entre las once y media de la mañana y las siete de la tarde se realizó un intercambio notable de fuego de artillería: “[…] provistos esta vez los facciones de artillería Whitworth, de mucho alcance, y con la ventaja manifiesta del que desde un punto elevado y fortificado hace fuego sobre objetivos tan marcados como son los buques, pudieron causar a estos algunas averías, especialmente a la “Consuelo”, cuyos costados atravesó una granada bajo la línea de flotación, haciéndole abandonar por algunos instante la línea de combate […]. En la corbeta Africa penetraron cinco granadas que causaron cinco bajas, destrozó una el castillo, otra el cabestrante, otra el camarote del médico y otra la cámara del comándate, donde se hizo pedazos todo el mobiliario. La Consuelo tuvo también cinco heridos, dos de ellos muy graves, […]. La escampavía Guipuzconana recibió una granada que sin reventar, le llevo gran parte de la borda, causándole un herido. […] el alcance de los cañones carlistas era de 6.000 metros, y así se comprende cómo pudieron causar tanto daño en nuestras embarcaciones y poner a Guetaria en situación verdaderamente crítica”.

El Final de los Whitworth Carlistas

Cañón Whitworth de montaña "Notre Dame de Lourdes"
tomado a los carlistas cerca de Legutiano.  Album Siglo XIX
Con la llegada de la “deshecha” del Ejército Carlista de Norte las piezas de artillería más móviles se fueron retirando hacia el norte de Navarra, hostigadas en todo momento por la abrumadora presencia de tropas liberales. Algunos Whitworth siguieron disparando, pero esta vez para saludar al nuevo rey, Alfonso XII, que marchaba triunfalmente en los terrenos conquistados: “Detúvose la comitiva, y Su Majestad, acompañado del Estado Mayor y Escuadrón Real, escaló la formidable posición de Montejurra, que saludó la visita del monarca con salvas disparadas por cañones Whitworth cogidos a los carlistas”

También causó sensación la captura de los dos grandes Whitworth de 13 cm. Según se recoge en el Boletín de Comercio del 1 de marzo de 1876: “Gran número de curiosos acudió a ver los dos grandes cañones carlistas que procedentes de Ataun llegaron ayer a esta ciudad (San Sebastian). Dichas piezas que fueron adquiridas a un elevado precio por suscripción abierta en el campo carlista con objeto de destruir la ciudad rebelde de San Sebastian, se recibieron en Motrico, procedentes de Inglaterra, hace ya sobre tres meses, y no han llegado a utilizarlas por la falta de carreteras para conducirlas a Medisorrotz o Arrtsain, y principalmente por faltar a una de ellas la cureña, que ha sido construida en Azpeitia. Los cañones son Whitworth de a 15 centímetros (realmente eran 13 cm) cada uno de ellos y pesa tres y media toneladas, y sus proyectiles correspondientes, que tiene casos media vara de longitud, de sesenta a sesenta y cuatro libras cada uno. Cada una de las piezas montadas sobres sus correspondientes cureñas, vino tirada por seis parejas de bueyes”.

Noticia aparecida en el diario
"La Correspondencia" del 4
de marzo de 1876
A medida que la retirada estratégica iba dando paso a una huida desordenada, los servidores de las piezas carlistas las fueron escondiendo o sencillamente, las fueron abandonando; pero curiosamente, no procedieron nunca a su destrucción o inutilización, quedando las mismas intactas. A decir de Reynaldo Brea en la revista el Estandarte Real: “[…] cuando al llegarla hora de la disolución de nuestros batallones, el patriotismo de nuestros jefes les movió á no destruir sus cañones ni entregarlos al extranjero, sino dejar que pudiera utilizarlos España, mientras emigraba el egregio Carlos VII, pronunciando aquellas sencillas palabras que constituyen toda una epopeya de gloriosas esperanzas”.

Son muchas las noticias que recogen la toma de artillería por parte del ejército liberal a medida que avanzaba:

Piezas Whitworth de 13 cm en Cavite
“[…] en un nuevo reconocimiento practicado por las cercanías de Lecumberri, habíanse descubierto 8 cureñas, 6 armones y desenterrado 6 Whitworth de a 4, largos, completando una batería de 6 piezas […]”. “Fuerzas del ejército de la izquierda […] apresaron en Leiza un cañón de grueso calibre, en Zubieta 2 Whitworth  y 10 cajas de granadas […]”. “El general Blanco, cuyas tropas operaban en el Baztan y en Roncesvalles, ocupó Valcárlos y toda la frontera de los Alduides, el día 29, según despacho recibido en Pamplona el 1.° Alcanzó la retaguardia carlista, causándole cuatro muertos y recogió 23 Whitwortb, 2 Plasencia, 18 cajas de granadas, 100,000 cartuchos, 300 fusiles y multitud de efectos de guerra, -todo esparramado por los caminos”.

A decir de los historiadores liberales, fueron contados los cañones que acompañaron a Carlos VII al exilio, incluyendo alguna pieza Plasencia y Whitworth. Por su parte en el diario El Siglo Futuro del 10 de julio de 1876 se indicaba que “Según el estado que a petición del señor conde de Casa Valencia ha facilitado al Ministerio de la Guerra al Senado, referente al número de armas cogidas a los carlistas, que se hayan depositadas en los parques de artillería, ascienden estas a 42.290, de ellas 29.980 fusiles y 12.302 carabinas. El número de cañones consiste en 49 del sistema Whitworth, […]”. Es decir, se recuperaron prácticamente la totalidad de los Whitworth carlistas.

Baterías Plasencia y Whitworth en Lintukan. Tomado de
Catalogación de Armas
La finalización de la guerra civil permitió de nuevo a “Las Españas” del momento redirigir sus escasos medios a la enorme problemática que sus posesiones en Ultramar estaba generando, sufriendo una continua sangría económica, humana y material en los embates de guerras de independencia auspiciadas por potencias que codiciaban la viejas posesiones del agonizante imperio.

En esta etapa de penurias, la artillería tomada a los carlistas resultaba de notable utilidad para tapar las deficiencias materiales del ejército español en las colonias. Según indica Juan Calvo, los Whitworth, que tan buenos resultados habían dado a las fuerzas carlistas, siguieron en servicio siendo enviados a las colonias de ultramar y unos pocos a Las Canarias. Las dos grandes piezas de 13 cm que no habían llegado a ser disparados por los carlistas acabaron en la plaza de Cavite, mientras que las piezas de “a 4” mostraron de nuevo su versatilidad como artillería de montaña, utilizándose con éxito en las campañas de Mindanao (1890-91 y 1894-95) y Luzón (1896-97). 

Proyectil Whitworth
Mientras, las llamativas granadas hexagonales de los Whitworth se convirtieron en un preciado recuerdo de la que se consideraba la última Guerra Civil, incluso antes de finalizar la guerra. Según consta en el diario El Siglo Futuro del 20 de noviembre de 1875: “[…] Conservo casi todos los pedazos del pepino y la espoleta hasta ver si puedo adquirir alguno de los que no revientan, cosa muy difícil por ser pocos estos días y muy buscados. He visto pagar por uno 20 rs., y hay quien ofrece 40 y más”. Con el final de la guerra, muchos de estos proyectiles fueron vaciados y damasquinados con distintos grabados y motivos; convirtiéndose con el devenir de los años en piezas de coleccionista. 

Tras casi 20 años participando en conflictos y viajando por el mundo, los Whitworth que formaron parte de la columna vertebral del ejército carlista quedaron finalmente apartados del servicio. Actualmente todavía se pueden contemplar algunas de estas curiosas piezas en museos militares (Museo de Artillería de Cartagena, Museo Militar del Castillo Montjuic o Museo Regional Militar de Canarias); y a modo de anécdota, en la fachada de la casa 41 de la calle Atzeta en la villa de Hernani (Gipuzkoa), engarzadas todavía en una pared, se pueden contemplar dos granadas Whitworth como elementos tangibles y todavía contextualizados de aquella “romántica” guerra.

viernes, 20 de mayo de 2016

25 Marzo 1874: Un día de lucha en las "Batallas de Somorrostro"

Finalicé la escritura de este artículo en septiembre del año 2009. El primer esbozo tenía como objetivo su publicación en la revista de montaña Pyrenaica; sin embargo, a medida que se iban rellenando las páginas, el componente montañero se iba diluyendo para dar paso a una reconstrucción histórica de lo ocurrido en uno de los días de lucha de las "Batallas de Somorrostro".

El artículo tenía dos vertientes novedosas: por una lado cubría el vacío de conocimiento de lo sucedido en el extremo izquierda de línea carlista el 25 de marzo de 1874 y por otro, la reconstrucción tomaba como base el relato de los propios veteranos que tomaron parte en aquella acción. 

Una vez terminado, hubo que buscar "acomodo" para el documento siendo finalmente publicado en "papel" en el año 2010, bajo el título de "Crónica Carlista". Actualmente la publicación digitalizada puede ser visionada y descargada en formato pdf desde la web de la biblioteca de Muskiz; incorporada a la monografía sobre las "Batallas de Somorrostro" que esta entidad ha realizado en homenaje al recientemente fallecido Armando Cruz.

He retomado el original que en su momento presenté para su publicación, donde adicionalmente se incluía una pequeña biografía de varios de los personajes que figuran en el relato, así como la bibliografía básica que utilicé. Con esto queda completo el artículo.

Introducción

En la mañana del 25 de marzo de 1874 comenzó la segunda de las tres batallas que tuvieron lugar en la zona de Somorrostro durante la última guerra carlista. A lo largo de 3 días, 50.000 hombres se enfrentaron encarnizadamente: los unos, con la intención de poner fin al sitio de Bilbao y los otros, con el propósito de mantener una línea de resistencia que impidiera la llegada de socorro a la villa. Fue el día 25, en los primeros momentos del combate, cuando las tropas liberales consiguieron hacer temblar la férrea defensa carlista al tomar al asalto la barriada de Las Cortes y los parapetos que sobre la misma se encontraban.

Padre Francisco
Apalategui
No siempre es posible descender hasta los pequeños detalles que forman el tejido microscópico de los acontecimientos bélicos, donde las vivencias, anécdotas y experiencias de los soldados anónimos configuran la historia vivida en primera persona. Sin embargo, gracias a los relatos que el padre Francisco Apalategui1   recopiló de boca de un buen número veteranos de aquella guerra civil, tenemos la posibilidad de contextualizar sus narraciones en el marco de las acciones bélicas reflejadas en la diferente bibliografía de la época, además de permitirnos un acercamiento más humanizado a los hechos registrados.

El presente trabajo es el resultado de una laboriosa reconstrucción histórica de lo ocurrido el día 25 de marzo de 1874 en el extremo izquierda de la línea defensiva carlista, sacando del anonimato  a algunos de aquellos muchachos, que en número de miles, se enfrentaron en los campos y montes de Somorrostro. 

Preliminares

La guerra se prolongaba desde hacia dos años. Los voluntarios carlistas habían pasado de formar pequeñas partidas que marchaban y contramarchaban evitando la confrontación frontal a constituir un ejército capaz de consolidar un embrión de estado carlista en las provincias del País Vasco y Navarra. Las victorias de Estella (agosto de 1873), Montejurra (noviembre de 1873) y la toma de Portugalete (enero de 1874) habían abierto la posibilidad de conquistar la villa de Bilbao y triunfar allí donde fracasó Zumalacarregui.

Ante la necesidad de socorrer la cercada ciudad, el gobierno liberal desplazó un gran número de tropas y material utilizando las líneas de ferrocarril. A partir del 11 de febrero comenzaron a llegar un importante número de trenes a las estaciones de Miranda de Ebro y Santander: “En ninguna estación se permitía salir a los soldados del carruaje: todos iban contentos, entusiasmados y seguros del triunfo; más que a pelear parecía que iban de romería en trenes de recreo”. Desde allí, se desplazaban a lo largo de toda la costa de Cantabria para concentrarse en las poblaciones cántabras de Santander, Laredo y Castro Urdiales.

Castor Andechaga Toral.
(Museo de Encartaciones)
Apercibidos los mandos carlistas de este inusitado despliegue de medios, trasladaron a marchas forzadas sus tropas con el objetivo de detener este avance, al que únicamente se oponía los batallones de Encartados mandados por el veterano general Andechaga2

El general Torcuato Mendiry Corera3, que se encontraba en tierra Estella tras el fracaso de su expedición para tomar Santander, recibió orden de movilizar inmediatamente los 7 batallones bajo su mando, llegando a la zona de Somorrostro en el amanecer del día 16 de febrero. Allí se encontró con una desagradable sorpresa: Andechaga había perdido aquella misma noche la estratégica posición de Saltacaballos por menospreciar la capacidad de movimiento y fuerza del enemigo. Según informaba el periódico “El Informal” en su edición del 23 de febrero, uno de los muertos carlistas en la acción, era uno de los hijos de Andechaga.

Gerardo Martinez de Velasco.
(Historia Fotográfica
de la última Guerra Carlista)
Los liberales ocupaban todas las posiciones y puntos valiosos que se encontraban entre Castro Urdiales y Somorrostro, llegando a las primeras casas del pueblo de San Juan. En el barrio de Putxeta se entrevistaron ambos hombres, abroncándole Mendiry a Andechaga por su actitud y mala planificación, para seguidamente ocuparse de trazar la línea de defensa que debía de contener la inminente acometida del ejército liberal. Ese mismo día llegaron los 3 batallones castellanos mandados por Gerardo Martínez de Velasco4, y al día siguiente apareció Antonio Lizarraga Esquiroz5, con el 1º de Aragón y Nicolás Ollo Vidaurreta6  con 4 batallones navarros y una batería de montaña. Era la primera vez que el ejército carlista reunía tantas tropas de distintas provincias; que sumaban entre 12000  y 15000  hombres repartidos en 18 batallones; y en un golpe de efecto para la moral de sus soldados, el propio Carlos VII se acercó a Somorrostro el 18 de febrero. “El entusiasmo y el gozo de nuestros voluntarios llegaba al delirio. Cantando y gritando marchaban a sus posiciones con un ansia de pelear y un convencimiento de vencer, que es imposible encontrar más que en soldados que como ellos tengan tanta fe y tan gran interés en el triunfo de la causa que defiendan”.

Durante estos días, el ejército liberal se dedicó a concentrar tropas en Santander, Castro Urdiales y Laredo. El general al mando del llamado Ejército del Norte, Domingo Moriones, llegó a San Juan de Somorrostro el 19 de febrero pasando varios días posicionando sus tropas y baterías. Domingo Moriones y Murillo, marques de Oroquieta; había nacido en Leache (Navarra) en 1823, siendo un militar de carrera y probada valía, de mal recuerdo para los carlistas ya que su título nobiliario hacía referencia a la derrota sufrida en el intento de alzamiento de la primavera de 1872. Bajo su mando se encontraban 26 batallones, 4 compañías de ingenieros, 28 piezas de artillería, 50 húsares de Pavía, que formaban un total de 11.000 hombres  .

Bilbao la tarde del 21 de febrero de 1874, primer día de bombardeo carlista.
(Original de C. Monney)
Fue el comandante de los batallones de Navarra, Nicolás Ollo, general muy crítico con la decisión de tomar Bilbao y comprometer todas las fuerzas del Norte en ese empeño, el que asumió interinamente el mando de carlista, situando su cuartel general en la población de San Salvador del Valle. Entre sus planes y consignas decretó la distancia a la que debería de romperse el fuego: “Estando atrincheradas todas nuestras fuerzas, prohíbo absolutamente, que se rompa el fuego a más distancia que a 100 metros, y esto en el caso de que el enemigo se presente en orden cerrado, pues haciéndolo en al abierto, debe despreciarse aunque la distancia sea de 20 pasos, porque mucho más nos hemos de hacer respetar conservando nuestras municiones, que consumiéndolas inútilmente, y en último caso haremos uso de las bayonetas para rechazarlos y obtener la victoria”. El 20 de febrero ordenó comenzar las hostilidades contra Bilbao y el día 21, en cumplimiento de su mandato, se inició el bombardeo de la villa. Ollo no sólo pretendía intimidar a la población de Bilbao, también intentaba forzar el ataque del expectante Moriones. 

El 24 de febrero se encontraba el ejército liberal ocupando la orilla izquierda del río Barbadun, desde su desembocadura hasta las estribaciones del monte Corbera que formaba la derecha de su línea, extendiéndose el ejército por retaguardia siguiendo la carretera hasta la villa de Castro Urdiales que servía como base de sus aprovisionamientos. Por su parte, los carlistas se habían fortificado a lo largo de la línea de montes y colinas que iba desde las alturas del monte Montaño hasta las faldas de Triano. En el centro de su línea destacaban las iglesias de San Pedro de Abanto y Santa Juliana, convertidas en dos fuertes atrincheramientos.
Posiciones carlistas y liberales en el valle de Somorrostro el 19 de febrero de 1874.
(Imagen original del autor)
La caída de bombas sobre Bilbao tuvo el efecto deseado: desde Madrid clamaban al general Moriones a dar una rápida y definitiva respuesta militar a las pretensiones del carlismo. Presionado por la premura que dictaban los acontecimientos históricos del momento, con una situación política inestable derivada de la abdicación de Amadeo de Saboya, una recién instaurada primera república, rumores de nueva monarquía, insurrecciones coloniales, problemas cantonales, sumido todo el país en una profunda crisis, el general Moriones, aún reconociendo que su situación en cuanto a número de efectivos no era idónea, planificó el asalto del monte Montaño. Un baluarte que despejaba el camino a Portugalete y abría las puertas de Bilbao.

Domingo Moriones. (Álbum
Siglo XIX)
Durante el 24 y 25 de febrero, bajo la cobertura de la escuadra que sumaban sus cañones a las tropas de tierra, los liberales asaltaron, una y otra vez, los modestos 319 metros de altura del pico Montaño sin lograr desalojar a los carlistas de su cima. El ejército liberal perdió entre 800  y 2000  hombres, y los carlistas entre 500  y 600 . “El ejército no ha podido forzar los reductos y trincheras de San Pedro de Abanto, y su línea ha quedado quebrantada: vengan refuerzos y otro general a encargarse del mando. Se han inutilizado  haciendo fuego 6 piezas de a 10 cm. Conservo las posiciones en Somorrostro y la comunicación con Castro”, con este escueto telegrama, Moriones comunicaba a Madrid su fracaso. Las repercusiones de la derrota de un “poderoso” ejército moderno frente a las despectivamente denominadas tropas de “sacristanes” no se hizo esperar y la guerra atrajo el interés de la prensa nacional y europea, llegando a Somorrostro numerosos corresponsales a cubrir las noticias del sitio de Bilbao y el frente; entre ellos destaca la figura del ilustrador barcelonés José Luís Pellicer7  cuyos grabados, de gran calidad y realismo, ampliaron notablemente el conocimiento de la guerra y la vida de los soldados. Ante al “Marques de Oroquieta”, se alzó la figura de “Conde de Somorrostro”, título aristocrático con el que Carlos VII premió la pericia del general Ollo.

Francisco Serrano
(www.museodelprado.es)
Moriones, enfermo, fue sustituido el día 9 de marzo. El nuevo general al mando fue el mismísimo Presidente del Poder Ejecutivo de la efímera I Republica, el general Francisco Serrano y Domínguez8, Duque de la Torre, que llegó acompañado del almirante Juan Bautista Topete y Carballo9, Ministro de Marina, y todo el Estado Mayor Central. 

El presidente/general Serrano, vista la necesidad de incrementar el número de efectivos ordenó hacer llegar a Somorrostro las tropas que al mando del general José Maria Loma Argüelles10  operaban en Gipuzkoa. El 14 de marzo, embarcaron en Donostia el general Loma, un regimiento, un batallón de línea, una compañía de ingenieros y 50 miqueletes gipuzkoanos al mando de José Maria Badiola Jauregui11, dirigiéndose a Santoña para esperar ordenes. En total unos 8.000 hombres de refuerzo y nuevas piezas de artillería.

Hasta el día 19 de marzo continuaron los trabajos de organización, municionamiento de las tropas e intendencia; tomando posiciones para comenzar de nuevo las operaciones, pues ya se habían reunido todas las fuerzas posibles que sumaban: 41 batallones, 7 compañías de ingenieros, 140 guardias civiles, 50 miqueletes y diferentes escoltas de caballería. Entre 22.000  y 30.000  hombres y 50  piezas de artillería. Este segundo ataque era impacientemente esperado, ya que la enorme concentración de tropas en el “insalubre valle de Somorrostro”, propició la aparición de disentería y diariamente pasaban a los hospitales muchos oficiales y soldados.

Las tropas carlistas aumentaron su número de efectivos con la llegada de nuevos batallones hasta completar 28, con un total de 15.000 hombres , repartidos entre el frente de Somorrostro y el sitio de Bilbao, con la manifiesta ausencia de artillería efectiva, una notable multiplicidad de fusiles y una clara carestía en municiones. Respecto a su indumentaria comenta el corresponsal Pellicer en sus crónicas periodísticas: “En general los soldados están pobremente vestidos y son pocos los batallones uniformados, reinando en los trajes la variedad más caprichosa: unos llevan capotes de color gris, procedentes de los móviles franceses; otros visten capote azul, como el de los soldados del ejército; muchos se ven con trajes de paisano, y no pocos cubiertos con la tradicional zamarra. Todos tienen, por supuesto, su inseparable boina, azul, o roja, con borla o sin ella. Los oficiales, por el contrario, visten en general hasta con elegancia: levita azul, pantalón rojo, botas altas o polainas, y boina grande con borla y chapa de oro o plata según graduación. Se ven muchos con traje de oficiales de nuestro ejercito, y otros que llevan zamarras, aunque más finas que las de los soldados”.
Mikeletes. (Enciclopedia Auñamendi)

Dispuestos a no ceder terreno, se ocuparon en mejorar sus defensas visto el notable destrozo que causaba en los parapetos la artillera del ejército liberal. Las obras de fortificación fueron diseñadas por el cuerpo de ingenieros carlista a cuya cabeza se encontraba Francisco de Alemany, ayudado eficazmente por José Garin, Amador Villa y Alejandro Argüelles12 . En Somorrostro fue el teniente coronel José Garin Vargas13  el encargado de perfeccionar el ineficaz sistema de parapetos . También tomó parte activa en estas obras de fortificación el coronel de ingenieros catalán Luis Argila. Bajo sus órdenes se abrieron zanjas, trincheras, donde se ocultaban hasta la altura de la cabeza los soldados, comunicándose entre sí y cruzando los fuegos para defender de forma efectiva las posiciones. Si bien, el sistema de pequeños muros de piedra y tierra no fue del todo abandonado conservándose y reforzándose en numerosos puntos de la línea carlista. En estos trabajos no sólo se empleaban las tropas regulares, sino que también colaboraban, las más de las veces por la fuerza a decir de la prensa liberal, la población civil, incluidas mujeres y ancianos.

Por su parte el ejército liberal mantenía la presión sobre la línea carlista gracias a la omnipresencia de su artillería, cuyos disparos constituían un pasatiempo para los soldados republicanos inactivos que saludaban con vítores el acierto de sus artilleros  y que provocaban no pocas bajas entre las filas carlistas. Benigno Sánchez de Castro era cadete del 2º Batallón de Castilla, Cazadores de Arlanzón. Había nacido en Fuentes de Bejar (Salamanca) y junto con su amigo Manuel Martin Melgar  fueron objeto de atención de los mandos carlistas dada su aparente juventud: "[…] del 2º de Castilla vinieron dos muy jóvenes a saludarme. Trabajo me costó reconocerlos, pero luego halle en ellos a los hermanos de dos amigos míos: llamábase uno Benigno Sánchez de Castro y el otro Manuel Martín Melgar […] Aquellos niños, porque por su edad aún no podían llamarse hombres, habían pasado bruscamente de la vida acomodada de la ciudad a la penosa guerra y, sin embargo, estaban contentos y alegres […]"  . El 11 de marzo de 1874 se registra su enterramiento en el cementerio de la parroquia de la Transfiguración del Señor del Valle de Trapaga a consecuencia del destrozó que le provocó en una pierna una granada de artillería.

Tampoco eran infrecuentes los contactos entre fortificaciones enemigas próximas: “Un oficial del ejercito ha logrado obtener noticias de un hermano suyo que milita en las filas de D. Carlos, y del cual nada se sabía desde hacia varios meses, y en ciertas ocasiones nuestros soldados han cambiado el pan de sus propias raciones por las tortas de maíz que le ofrecían los carlistas. Esta aparente cordialidad se resuelve con una lluvia de improperios e insultos mutuos en los cuales dominan, por parte de los carlistas, las voces de ¡guiris! ¡guiris! mote que daban a nuestros soldados y por parte de éstos, las de ¡carcas! ¡carcas!, apodo que aplican a los defensores del pretendiente”.

Fernando Primo de Rivera.
(Ilustración Española y Americana)
Tras el fracaso de la toma del Montaño y el fiasco de un desembarco de 9.500 hombres de tropas en la playa de Algorta abortado por el mal tiempo el 20 de marzo, el estrangulamiento que sufría Bilbao precisaba de una acción contundente que acallara las críticas, que una vez más, se elevaban desde los círculos editoriales de la capital y que hacían tambalear el ya de por sí, inestable gobierno de la I República. El general Serrano preparó una estrategia consistente en atacar fuertemente por los montes de Galdames, avanzando al mismo tiempo el centro por la zona de San Pedro y amagando al Montaño. Procedió a dividir sus tropas entre los distintos mandos: Colocó a Fernando Primo de Rivera y Sobremonte14  a la cabeza de la brigada de vanguardia, consistente en 16 batallones de infantería, 6 piezas de montaña y 2 compañías de ingenieros, con el objetivo de asaltar los montes de Galdames. Antonio López de Letona15  recibió 4 batallones y 1 compañía de ingenieros para presionar la zona del Montaño, mientras que José María Loma mandaba 9 batallones y 2 compañías de ingenieros para acometer el centro de la línea carlista en San Pedro de Abanto. Quedaban en Somorrostro al mando del general Manuel Andía 8 batallones de reserva y 4 piezas Plasencia, mientras que el general Florentino Melitón Catalán López de Prado (Aranda de Duero, 1821-1878) tenía órdenes de cubrir las comunicaciones con Castro con otros 4 batallones. El peso de la acción recaería sobre las tropas comandadas por Primo de Rivera, que debía de apoderarse a toda costa de la meseta en los Montes de Triano, llamada Campa de los Pastores (actualmente conocida como “Los Campamentos”), lo que haría indefendible la línea de Somorrostro.

Planificación del ataque de las fuerzas liberales a las posiciones carlistas en el amanecer del 25 de marzo.
(Imagen original del autor)
El 24 de marzo, Serrano envía a Madrid el siguiente telegrama: “Dispuestas todas las fuerzas, y dadas las ordenes oportunas, al amanecer de mañana romperé el ataque a la línea enemiga, apoyada la izquierda por el mar con la escuadra. El ministro de marina me acompaña en este cuartel general. Solo suspenderé el ataque si un imprevisto temporal de aguas se opusiese. Espero que este ejército cumplirá con su deber” .

Día 25 de Marzo

A las 4 de la madrugada las tropas liberales se colocaban en sus lugares de partida. El general Primo de Rivera había elegido el cordal de alturas sucesivas que parten del Portillo de Las Cortes como vía de ascenso a los montes de Galdames, guiándose por las indicaciones de algunos lugareños, en especial, las del párroco de Muskiz . Esta subida la realizarían siguiendo ambas vertientes del cordal, dividiendo sus tropas en dos divisiones: por el lado de Somorrostro, Primo de Rivera con 8 batallones que formaban la división al mando de Alfonso Morales de los Ríos (Cádiz 1823-La Coruña 1894) saldría del pueblo Santelices para ascender directamente al Portillo de Las Cortes y de allí seguir el cordal hasta la Campa de los Pastores. Por el lado de Galdames, los otros 8 batallones restantes formaban la división al mando del mariscal de campo Rafael Serrano Acebrón, al que se sumaría la brigada de Juan Tello Miralles, tenían ordenes de aguardar emboscados a que la división de Primo de Rivera hubiera ocupado las trincheras sobre el ferrocarril de Galdames y otras posiciones en cota superior, para empezar entonces su avance ascendiendo a la Campa de los Pastores por el pueblo de Las Cortes.
Tropas liberales cruzando el puente de San Juan.
(Álbum Siglo XIX)

A las 6 de la mañana rompieron fuego todas las baterías y los soldados liberales cruzaron los puentes sobre el Barbadun dirigiéndose hacia sus objetivos.

El 1º de Guipúzcoa era la primera línea de defensa carlista en la zona de Las Cortes. Este batallón con el sobrenombre de Batallón de Cazadores Príncipe de Asturias y el mote de “Poka txantxa” o “Noranai” estaba formado por unos 900 voluntarios guipuzcoanos. En su origen, el 1º de Guipúzcoa había resultado ser un batallón notablemente aguerrido, ya que en sus filas se encontraban los curtidos muchachos de la partida del cura Santa Cruz16 (entre 200 y 500 hombres). Sin embargo, tras el conato de sublevación provocado por el guerrillero en diciembre de 1873, donde el 1º tomó parte activa a favor de su antiguo mando, el batallón fue disuelto, sus oficiales castigados a servir un mes en calidad de soldados rasos y además, se hizo fusilar a aquellos individuos de mayor responsabilidad en el motín como escarmiento para el resto de la tropa. Así lo relataba José Irazu Orendain17: “Por el follón del aquel día pasaron por las armas al pobre Antxusa, capitán de la 6º Compañía. Allí estábamos nosotros formados en torno al sitio donde le mataron. Le pegaron 4 tiros y como aún no acaba de morir, le dieron otro tiro junto a la oreja. Entonces nosotros tuvimos que pasar junto al muerto”. El batallón fue rehecho, pero los mandos no quisieron volver a tener a los mismos soldados que “tan mala prueba habían dado”, aprovechando para deshacerse de todos “los borrachos, díscolos” y por supuesto, decididos seguidores de Santa Cruz. Esto provocó que el batallón quedase constituido por muchachos poco fogueados, conducidos por el teniente coronel Matías Ichaso18  “gixon txiki bat” y el comandante Ignacio Illarrazu19.

Tras rendirse Tolosa el primero de marzo propiciada por la precipitada retirada de las tropas liberales encabezadas por el alavés Loma que habían sido llamadas a acudir como refuerzo a Somorrostro, el 1º de Guipúzcoa hizo noche en la villa recién conquistada y al día siguiente fue enviado también a Bizkaia. El día 3 de marzo llegó a Durango y el resto del mes se dedicaron a marchar y contra marchar por las Encartaciones, atentos a cualquier posible movimiento de flanqueo a la línea de Somorrostro. El 23 de ese mes durmieron en Llodio y el 24 llegaron a Somorrostro, siendo inmediatamente desplazados a los parapetos sobre la barriada de Las Cortes, en el extremo izquierda de la línea carlista. Su presencia allí no pudo empezar peor: la tarde del 24 de marzo, sobre las 16:00 horas, estando todavía los hombres formados a la espera de formalizar el relevo a un batallón de Castilla en la hondonada del Portillo de Las Cortes, una granada de cañón reventó entre de la tropa causando varios muertos y numerosos heridos.

Localización de "Las Cortes". (GoogleEarth)
En 1874 la pequeña meseta donde se sitúan los caseríos del barrio de Las Cortes presentaba una inusitada actividad y movimiento poblacional asociado a la construcción del ferrocarril de Galdames. Según explicaba Pablo Aspizu Munduete20, el teniente coronel del 1º de Guipuzcoa, Matías Ichaso, dejó tan solo dos compañías en la trinchera y repartió las otras seis que completaban el batallón, por las zonas avanzadas que llegaban hasta el río Barbadun, pernoctando los mandos en las casas de Las Cortes. 

Al bajar estas compañías a la ribera del río a custodiar el paso de La Baluga, cuyo puente habían destruido, advirtieron un inusual movimiento de tropas liberales en la orilla opuesta, comunicándoselo inmediatamente a Ichaso. Se hallaba éste en la cocina de la casa torre que el marques de Villarías poseía en Las Cortes, departiendo con el teniente coronel Carpentier. Carpentier, de origen catalán, era mando del 7º de Guipúzcoa, cuyos soldados habían participado activamente en la obras de defensa de la zona. Al recibir el aviso, Ichaso inquieto por lo anómalo de la situación, se inclinaba por trasmitirlo a sus superiores, pero Carpentier le disuadió: “Dos meses llevo yo aquí y no ha ocurrido nada. Aquí no pueden subir”. Al amanecer del día 25 las tropas avanzadas subieron de nuevo a Las Cortes y se distribuyeron en los parapetos sobre la barriada: medio batallón se colocó en la vertiente que miraba a Somorrostro y la otra media, en una trinchera superior, en la vertiente opuesta. Poco tiempo después, el ejército liberal comenzaba el desgaste artillero previo al avance de sus tropas. 

José Antonio Ysac Arteaga Ybarburu21 formaba parte de la 3º Compañía del 1º de Guipúzcoa y aquella mañana se encontraba en los parapetos que miraban hacia Somorrostro: “Cuando clareo el día, la carretera en frente la vimos negra. Marchaban una gran fuerza hacia las Carreras y otra hacia nosotros. Comenzaron los cañones a tirarnos. Nosotros, cuerpo a tierra. La trinchera era de tepes. Con poca profundidad dentro. Las granadas de cañón las agujereaban y traspasaban. Teníamos que estar acurrucados. Los muchachos de dos en dos metros, muy pocos para hacer frente a tantos. La fuerza se detuvo en la colina que teníamos delante. Nos hacían fuego a discreción. También las guerrillas tiraron cuesta arriba.”
Asalto a Las Cortes. (Le monde Illustré)

De igual modo se referían a la situación en la que se encontraban José Luís Yraeta Badiola22, José del caserío Zumeta23, Eugenio del caserío Nordekua24 todos ellos de azkoitianos e Ignacio de la casa Txapinene25  del barrio donostiarra de Altza: “El parapeto era malo, hecho con tepes, muy delgado, al que atravesaban las balas de un lado a otro. Detrás de la pared de tepes, la trinchera tenía poca profundidad, a lo sumo hasta el pecho. Para disparar nos poníamos de rodillas. Las granadas de cañón nos llevaban los tepes por los aires”.

Agachados, aguantando el violento cañeo, los hombres veían como las tropas liberales se aproximaban a su posición. Los mandos del 1º de Guipuzcoa comenzaron a vociferar ordenes: “¡Hasta que no estén a 40 pasos no tiréis!”. Los voluntarios acobardados por lo que se les venía encima clamaban: “¡Hagamos fuego!”, pero bien sabían que el castigo por desobedecer la orden de disparar antes de tiempo era abandonar de la protección del parapeto y avanzar unos metros encarando al enemigo. Carlos Alcorta26, capitán de la 3º Compañía, arengaba a sus hombres fuera de la barricada exponiéndose a los disparos. Eugenio, del caserío Nordekua, describió que mientras el resto de la tropa permanecía agazapada tras el parapeto le gritaban: “¡Muchacho, estate quieto y métete aquí!”. No tardó en caer muerto.

Cuando finalmente las tropas liberales alcanzaron la distancia convenida, se dio la orden de abrir fuego. Se llegaron a realizar dos descargas, pero ya era tarde. José del caserío Zumeta recordaba de esta forma los hechos: “Venían para arriba haciendo fuego. Fuego y adelante, con gran coraje. A cien metros pararon y se desplegaron a derecha y a izquierda como para pillarnos en medio. Hicimos por fin fuego. Pero los liberales continuaron su avance”. José Antonio Arteaga añadía: “Seguían adelante a rastras o como fuese; los jefes los golpeaban con el sable.” José Luís Yraeta afirmaba: “En un principio los liberales recularon, pero como eran tantos, los de atrás empujaron a los de adelante y siguieron avanzando”. 

El 1º de Guipúzcoa comenzó a retroceder, abandonado su posición. José Antonio Arteaga se justificaba: “Éramos demasiado pocos para contenerlos y nos iban rodeando por la derecha y por la izquierda. Nos ordenaron recular. De haber permanecido allí cinco minutos más, hubiéramos perecido todos. Según se dijo, la 1º Compañía había flaqueado y por la brecha se había colado el enemigo situándose a su espalda. Otros, decían que habían subido por una hondonada a nuestra derecha y que por eso habían ganado la espalda”. José del caserío Zumeta había visto morir a su capitán y escuchaba a sus compañeros gritar: “¡Estamos perdidos!" En ausencia de mandos comenzaron a huir: “Al poco, íbamos todos monte arriba”. La desbandada del 1º de Guipuzcoa era total, arrastrando incluso aquellos que se encontraban al otro lado de la vertiente, y que solo habían sentido silbar las balas sobre sus cabezas. Eugenio del caserío Nordekua y los que junto a él se encontraban no tardaron en unirse al resto: “Cuando las otras compañías se retiraron, nosotros empezamos: se han ido los demás, y ¿Nosotros hemos de quedarnos aquí? Vámonos también nosotros”. El propio Matías Ichaso, el teniente coronel del batallón, huía también a pie, ya que “su caballo que un chico llevaba de la brida, recibió un balazo y allí se fue al galope, cuesta arriba entre los soldados”.

Los liberales saltaron al parapeto abandonado e intentaron seguir avanzando. Sin embargo, las tropas carlistas colocadas sobre el 1º de Guipúzcoa, no tardaron en hacer acto de presencia para contenerles. José del caserío Zumeta comentaba: “Íbamos todos monte arriba. Allí arriba estaban quietos los alaveses, como el cazador a la espera. Allí nos detuvimos, formamos de nuevo y volvimos a hacer fuego.” José Antonio Arteaga añadía: “Aparecieron entonces arriba nuestros batallones: castellanos, alaveses,... A calar las armas, ¡Qué ruido de hierro! Calaban la bayoneta y tiraban para adelante. Si hubieran llegado 10 minutos antes, hubiéramos salido vencedores. Se detuvieron los unos a la par de los otros, disparándose mutuamente, con la rodilla en tierra”.

Avance las tropas de Primo de Rivera sobre las posiciones carlistas. (Imagen original del autor)
El 1º de Álava “Cazadores de Vitoria” al mando de Ruperto Viguri, acometió a las tropas liberales en una temeraria carga a la bayoneta. Entre los voluntarios de este batallón se encontraba Emilio Valenciano Díaz27, un asturiano nacido en Olloniego de 23 años: “Participé en varios combates a la bayoneta, en uno de ellos murió mi viejo amigo Cayetano Díaz, de Ceceda”.

El 3º de Castilla, “Cazadores de Burgos”, en esos momentos con solo dos compañías sobre los guipuzcoanos al mando del comandante León Sáez Manero, un antiguo sargento de Infantería de Marina, aguantó la embestida en sus posiciones al precio de 19 bajas: “No teníamos propiamente una trinchera, sino una tapia baja, donde agazaparnos”.

Otro batallón castellano, el 1º de Castilla “Cazadores del Cid”, al mando de Maximinao del Pino y Juan Pérez Nájera, avanzó sus posiciones, encontrándose en el camino con los fugitivos de 1º de Guipúzcoa. La 1º compañía de este batallón ocupó las posiciones cercanas al parapeto perdido, donde se sostuvo todo el día con graves pérdidas. 

La enconada defensa de estos batallones hizo que el general Primo de Rivera cometiese el error de no seguir presionando por el cordal e inclinó sus tropas a la izquierda con la idea de pasar a retaguardia de la línea carlista por la parte del valle del Manzanar. Allí se encontró con el 1º de Aragón “Almogávares del Pilar” al mando de Carlos González Boet28, donde se trabó de nuevo la lucha. El propio Apalategui cuenta una anécdota sobre la presencia de los aragoneses en Somorrostro: “Les enviaron de Madrid un nuevo jefe que no era del gusto de los muchachos y manifestaron que no lo aceptarían. Formaron y el nuevo jefe comenzó a dar órdenes, entonces lo chicos echaron los fusiles al suelo y dijeron que no los recogerían. En castigo tuvieron que marchar a Somorrostro”. Entre los soldados aragoneses se encontraba Martín Ignacio Asurmendi Elizalde29 que había pertenecido a la partida del cura Santa Cruz y tras el apresamiento del cura en Bera, entró a formar parte del 2º de Guipúzcoa. Estando en Azpeitia llegó el batallón de aragoneses: “Los aragoneses para andar por los montes y demás necesitaban algunos vascos y decidieron destinar a ellos a algunos de nuestro batallón”. Comentaba Martín: “Las armas (de los aragoneses) eran muy malas: trabucos y grandes navajas. Fueron a Eibar a por buenas armas, pero no hubo suficiente para todos y unos 200 siguieron con los trabucos”. 

Soldados carlistas. (Fotograma de "Vacas")
Cuando la situación se tornaba delicada para los carlistas, con todas las fuerzas disponibles en la zona trabadas en el combate, aparecieron el 3º y 6º Batallón de Navarra. A las 6 de la mañana, cuando había comenzado el ataque liberal, los mandos carlistas apercibidos que la ofensiva principal era en Las Cortes, dieron orden de reforzar las posiciones con el 6º de Navarra, “Batallón del Rey Don Juan”, al mando de brigadier Juan Yoldi un navarro de Tierra Estella (Muere en Madrid en 1883, fue coronel en el ejército con Isabel II, participo en la primera carlistada) y el 3º de Navarra, “Batallón del Príncipe Don Jaime”, con Simon Montoya Ortigosa30, a la cabeza del mismo. Las tropas se pusieron rápidamente en marcha, pero en ausencia de guías, les costó 3 horas alcanzar la zona asignada. Sobre las 9:00 o 9:30, Montoya y el 3º de Navarra; se encontraron en las cercanías del Portillo de Las Cortes a varios mandos que le hicieron saber de la apurada situación en la que se encontraba el frente y rápidamente comenzó a distribuir a sus hombres en espera de la llegada del 6º de Navarra. En ese proceso se encontraba Montoya cuando finalmente apareció Yoldi con el 6º, asumiendo inmediatamente el mando de ambos batallones. Yoldi ordenó a Montoya descender hacia el valle del Manzanar, “Baje usted con una compañía y cargue contra el enemigo donde le encuentre”. Con su batallón a medio distribuir y desenfilado, Montoya tomó dos compañías, la 3º y 4º Compañía, cumpliendo las órdenes dadas. Mientras bajaba por el valle que forma el río Jarillo, cuenta el historiador Pirala, como los navarros se mezclaron con las tropas aragonesas que se encontraban en ese momento disputando duramente los parapetos cercanos al caserío Mendikute, también conocido por el nombre de Castil. Cargando a la bayoneta se reconquistaron dos parapetos y el propio caserío donde se rindieron 4 o 5 soldados liberales. Martín Asurmendi, junto a las tropas aragonesas, formó parte de este asalto: “A cuchillo y no a bayoneta, a navaja entraron. Yo me vi pelando con un sargento. Lo derribe. Un oficial traía la espada en alto para golpear mi cabeza, pero yo me eche para atrás y me dio en la nariz. He aquí la cicatriz”. Un gastador (soldados escogidos por su fortaleza física para preparar el terreno al resto del batallón) del 3º de Navarra tenía intención de matar a uno de los prisioneros, siendo detenido por un teniente. El gastador se volvió comentando: “¿No me deja usted mojarla?”, indicando con la bayoneta al prisionero .

Trinchera carlista. (Cuadro de
José Cusachs y Cusachs)
Una vez recuperados los parapetos en el Manzanar e incendiado el caserío Mendikute para impedir su fortificación, repelido el intento de avance del ejercito liberal por esa zona, aragoneses y navarros no hacían en aquel valle más que tener bajas inútiles ya que estaban dominados por la altura del Portillo, donde los liberales mantenían el frente; por lo que precedieron a la evacuación de sus fuerzas. El general Primo de Rivera no volvió tampoco a intentar descender al valle, porque de igual forma que ellos controlaban la zona al estar posicionados en una línea más elevada, lo mismo ocurría con las fuerzas carlistas, donde el 3º de Navarra se habían situado perfectamente para batirlo. Montoya y sus dos compañías, subieron de nuevo al Portillo de las Cortes, donde descansaba el 6º. El resto del 3º de Navarra estaba en los parapetos más próximos a los liberales, donde recibían una lluvia de plomo de una batería de montaña que les disparaba a bocajarro. En aquellos momentos de tensión, llegó hasta Yoldi un correo con ordenes directas del general Lizarraga que observaba los movimientos de las tropas desde la zona del pico Ventana, y sin poder contenerse contestó al correo: “Diga usted a su general que desde allí no se pueden dar bien las ordenes, que desde aquí veremos lo que conviene hacer y que lo mejor que podía hacer era volver por la honra que ha perdido con sus guipuzcoanos, perdiendo esta posición para fastidiarnos a todos.” A las 2 y media de la tarde se agotaron al 3º sus municiones y fue relevado por el 6º. 

Mientras tanto, el mariscal Serrano Acebrón al mando de los restantes 8 batallones liberales, había visto ascender a Primo de Ribera y ya dueño de la trinchera del ferrocarril, avanzó según el plan previsto ocupando los caseríos de Las Cortes. Sin embargo, una vez allí, se encontró bruscamente detenido en la planicie de la barriada. La orografía del terreno impedía un fácil progreso y su mando superior, el general Primo de Rivera, no solo no había conseguido desalojar a los carlistas de las alturas que dominaban Las Cortes sino que además, al inclinarse hacia la zona del Manzanar había dejado aisladas las tropas de Serrano Acebrón, obligándole a improvisar una defensa entre las casas y levantar parapetos con los cuerpos de las cabezas de ganado que en Las Cortes se encontraban. Según contó Pablo Aspiazu: “Hicieron dos trincheras con carneros y ovejas. Unas 400 cabezas ganados se amontonaron para formar una doble pared. Entre las casas Galíndez y Aranaza se formó un montón de plomo”.
Posiciones de las tropas al atardecer del 25 de marzo. (Imagen original del autor)
Habiendo desaparecido el empuje inicial de la acometida liberal y teniendo ya una visión global de la situación de las tropas enemigas, los carlistas fueron distribuyendo sus fuerzas, cercando la tropas liberales en los caseríos de Las Cortes: Se colocó el 1º de Castilla en el bosque de castaños que llegaba hasta Las Cortes, haciendo fuego a unos 30 metros de las casas. Por el lado de Sopuerta, en el monte Los Cuetos, se colocó el 5º de Álava, mientras que el 3º de Guipúzcoa “Cazadores de Tolosa”, junto con los restos del 1º de Guipúzcoa, se trasladó al pico La Cruz, tomando posiciones cercanas al 1º de Álava. José Luís Yraeta comentaba: “Mientras hacíamos fuego más arriba, estábamos en la trinchera 46 chicos, y nos quedamos con 45 cartuchos. Estando al lado lo alaveses, ellos tenían Remington, pero sus cartuchos los metimos en nuestros fusiles Berdan y muy bien”.

Ya por la tarde, habiendo experimentado numerosas bajas, Acebrón apremió a su mando superior, Primo de Rivera, a seguir avanzando y despejar así las posiciones carlistas que impedían moverse a sus tropas . Sin embargo, el general Primo de Rivera no podía continuar: los carlistas habían tenido tiempo suficiente para movilizar sus batallones y reforzar sus posiciones, frenando la acometida inicial e imposibilitando cualquier nuevo avance. Los mandos liberales se justificaban: "Acostumbrados a economizar municiones dejaban avanzar tranquilamente a nuestros soldados hasta que los fusilaban por medio de oportunas descargas cerradas. Este sistema, y la situación de sus trincheras proporcionado una serie de fuegos cruzados impidieron dar una paso mas” . El general Primo de Rivera, con un cierto aire derrotista, envió un mensaje al presidente/general Serrano, Duque la Torre, que se encontraba en la casa Otamendi junto al castillo de Muñatones, dirigiendo las operaciones: “Fracasó el objetivo de la operación. Disponga VE de estas tropas como tenga por conveniente”. El presidente Serrano notablemente contrariado con la noticia, le incitó a mantener la presión sobre la derecha carlista, prometiéndole más tropas y cañones, pero fueron tantas las objeciones de Primo de Rivera, que finalmente le autorizó para que el grueso de sus tropas pasase al centro. A las 6 de tarde, el fuego de fusilería se fue apagando, poniéndose fin a la batalla del 25 de marzo.

El ejército liberal había fracasado en su intento de flanquear las defensas carlistas por los Montes de Triano. El general Primo de Rivera sólo había conquistado la primera trinchera en la zona del Portillo y Serrano Acebrón ocupaba en precario la barriada de Las Cortes. Loma con sus tropas había llegado a las primeras casas de Las Carreras y Letona se atrincheró en la barriada de San Martín. Los carlistas conservaban posiciones dominantes sobre las que habían perdido, durmiendo en el suelo de sus defensas sobre los mismos puntos que al terminar el combate.

Durante el 26 y 27 de marzo, las fuerzas liberales, habiendo sido desbaratados sus planes de desbordar por la izquierda y la derecha, intentaron romper el centro de la defensa carlista por San Pedro de Abanto, la zona más fortificada y mejor defendida. La sangría de hombres y material que supuso semejante decisión fue de tal envergadura que el asalto a Las Cortes del día 25 quedó relegado como una mera anécdota para la mayoría de los historiadores. José del caserío Zumeta siguió los acontecimientos de aquellos días observando los movimientos de las tropas con los prismáticos de su malogrado capitán Carlos Alcorta: “Mientras los cañones y los fusiles disparaban, el estrépito era ensordecedor, y grande también la humareda. No se oía otra cosa. Pero cuando anocheció y se hizo alto el fuego, entonces comenzamos a oír gemidos. Y a la mañana, ¿Qué es lo que vieron nuestros ojos? Como cuando un campo, recién segado el trigo, se ve lleno de fajos, así apareció aquel entorno”.

Epílogo

Durante los dos siguientes días, los voluntarios del 1º de Guipúzcoa estuvieron realizando fuego desde las trincheras del Pico Ventana. José Antonio Arteaga contaba: “El 26 y 27 estuvimos en las trincheras de arriba, haciendo fuego desde allí. Los relevos cada cuatro horas. Nos turnábamos con los alaveses. Desde la trinchera monte arriba y monte abajo, al descubierto. Allí teníamos el mayor número de bajas. A uno de Andoain una granada le destrozó el brazo, y él se lo sujetó con la otra mano y siguió para adelante. Le amputaron el brazo pero se curó. Al que herían en la zanja no se le podía sacar hasta que se hiciera oscuro. Vimos a un alavés herido haciendo promesas a Dios… Allí estuvo hasta la noche”. 

Algunos de los muchachos del 1º no se reincorporaron al batallón hasta días después sufriendo castigo “de palos” por su conducta durante la batalla. Los mandos, Illarrazu e Ichaso, fueron relevados y su causa vista en el Tribunal Supremo de Guerra en Bergara. Ichaso pasó a Francia y no volvió con Lizarraga hasta dos años después, mientras que el veterano Illarrazu permaneció en el ejército con algún mando menor. 

José Inocencio Emparan Erize (Azpeitia 1845 – 1889), asumió el cargo de teniente coronel del 1º de Guipúzcoa. Inocencio había formado parte de los mandos del 1º previo a su disolución, para posteriormente recalar en el 8º de Guipúzcoa. Los soldados no le profesaban especial simpatía, según relataba Antonio Alberdi de Azkoitia: “Porque yo y otros tres chicos habíamos faltado al Rosario de la tarde, Emparan decidió que se nos debían propinar 25 palos”. Juan José Recondo Yparraguirre (Errezil 1848) voluntario del 8º de Guipúzcoa, contaba que estando en Somorrostro, Teodoro Rada “Radica”31  y sus hombres se rieron de él y sus muchachos al verlos correr en una zona despejada durante un relevo de tropas, “Emparan se enfado mucho. Le dijo cosas tremendas a Radica”. Al día siguiente, “Ahora verán los navarros y todos si somos o no cobardes. Y a cuatro compañías les hizo calar las bayonetas y saliendo de la trinchera, atacó al enemigo. Tuvieron que aguantar un recio fuego. Cayeron 12 chicos: 5 muertos y 7 heridos. A los jefes superiores les pareció mal lo hecho. Le quitaron el mando y le sometieron a juicio pero al final le perdonaron. Luego paso al 1º Guipúzcoa” José Recondo añadía: “Era demasiado duro con los chicos y le perjudicaba el exceso de bebida”. 

Cuando el 1º volvió a Gipuzkoa el batallón había perdido casi la mitad de sus efectivos. José Luís Yraeta Badiola comentaba: “Cuando volvimos a la provincia, no éramos sino 446; 893 cuando marchamos; volvimos la mitad menos uno; 447 muertos o en el hospital de Balmaseda”.

Según el Jefe del Estado Mayor de las tropas liberales en Somorrostro, José López Domínguez (Marbella 1829) el ejército liberal tuvo el día 25 de marzo 483 bajas. El fracaso del ataque en la zona de las Cortes provocó una serie de cruces de acusaciones aireadas en la prensa de la época entre el propio José López Domínguez, Francisco Calatrava representando al mariscal de campo Serrano Acebrón, y José Primo de Rivera a favor de su hermano Fernando .

Las Cortes permanecieron en manos de los liberales poco tiempo. El capitán de artillería carlista Javier Rodríguez Vera32 recibió órdenes de trasladar las 4 piezas de las secciones de Álava y Guipúzcoa hasta el cerro del Pico Ventana para batir sus caseríos. El día 27 de marzo los mandos del ejército liberal decidieron evacuar el pueblo siendo reconquistado por el 5º de Álava.

A finales del mes de abril, el ejército carlista se vio en la obligación de abandonar sus posiciones para evitar quedar copados al desbordar los liberales el frente por el puerto de las Muñecas. El sitio de Bilbao quedó oficialmente levantado el 2 de mayo de 1874.

Panorámica de la batalla. (La Ilustración Española y Americana)


Bibliografía

APALATEGUI, Francisco. Relatos de guerra de carlistas y liberales Vo.I y II:. Kultura Zuzendaritza Nagusia, Donostia, 2005.

BASTIDA DE LA CALLE, Maria Dolores. 1989. José Luis Pellicer, corresponsal artístico en la última guerra carlista. Espacio, Tiempo y Forma, Serie Vil, Hª del Arte, t. 2, 1989, págs. 343-376

BREA, Antonio. Campaña del norte de 1873 á 1876 / por Antonio Brea. Barcelona: Biblioteca Popular Carlista, 1897

La Ilustración Española y Americana. Nº XIV, Año XVIII, Madrid, 15 de abril de 1874, página 214
CUERPO DE ESTADO MAYOR DEL EJÉRCITO: Narración Militar de la Guerra Carlista de 1869 a 1876. Imp. y Lit. del Depósito de la Guerra, Madrid, 1883-1889 (14 vol.), volúmenes I a VII.

Enciclopedia Digital Auñamendi (http://www.euskomedia.org/)

HERNANDO, Francisco. La campaña Carlista, 1872 à 1876: Recuerdos de la Guerra Civil. París: Jouby y Roger, A. Roger y Chernoviz, 1877

IGLESIA, Eugenio de la. Recuerdos de la Guerra Civil: Apuntes sobre el levantamiento del sitio de Bilbao en 1874, la defensa de Cuenca, una excursión por el ejército del Centro / Por Eugenio de la Iglesia. Madrid : [s.n.], 1878 (Imprenta de Pedro Abienzo)

LOPEZ DOMINGUEZ, José. San Pedro de Abanto y Bilbao: Operaciones del ejército del Norte, mandado por el Capitán General Duque de la Torre, en 1874 / por el General López Domínguez. Madrid: [s.n.], 1876 (Establecimiento tipográfico, dirigido por José Cayetano Conde)

PIRALA Criado, Antonio. Historia contemporánea Segunda parte de la Guerra Civil: anales desde 1843 hasta el fallecimiento de Don Alfonso XII. Madrid, Felipe González Rojas, 1892-1895

RUIZ DANA, Pedro. Estudio crítico sobre la última Guerra Civil. Madrid: A. de San Martín, imp. 1882-1887

TESTIGO OCULAR, Un. El Sitio de Bilbao en 1874 / por un testigo ocular; precedido de un prólogo por Gumersindo Vicuña. Madrid: Casa Editorial de Medina y Navarro, [1874?]

VEGA INCLAN, Miguel de la. Relación histórica de la última campaña del Marqués del Duero / homenaje de honor militar que tributan a la memoria de tan esclarecido caudillo Miguel de la Vega Inclán, José de Castro y López y Manuel Astorga; con una introducción escrita por José Gómez de Arteche. Madrid: Depósito de la Guerra, 1874

Entre Otros…..





1 Francisco Apalategui Igarzabal (Donostia 1867 - Loiola 1948). Jesuita, su interés por las guerras carlistas le llevó a recopilar a lo largo de parte de su vida objetos e infinidad de documentos, así como testimonios de los veteranos de la contienda. Llegó a realizar hasta 5 excursiones por la zona de Somorrostro recabando datos e información sobre la batalla.

2 Castor Maria Andechaga Toral fue bautizado en 28 de marzo de 1801 en la iglesia de La Degollación de San Juan Bautista de Gordexola. Veterano de la primera guerra carlista, era muy apreciado por las tropas vizcaínas, especialmente por los batallones encartados. Su muerte, en la batalla de las Muñecas, está registrada el libro de finados de la iglesia de San Vicente Martir de Sodupe, el 30 de abril de 1874.

3 Torcuato Mendiry Corera (Allo 1813 - 1881). Veterano de la primera guerra, fue nombrado comandante en jefe de las fuerzas de Álava y en 1875, fue ascendido a Jefe del Estado Mayor General del Ejército Real del Norte. Algunas de sus decisiones militares fueron ampliamente contestadas lo que provocó su destitución.

4 Gerardo Martínez de Velasco. De origen castellano, fue nombrado comandante militar de Álava al comienzo de la contienda, posteriormente lo fue de Bizkaia, para comandar los batallones castellanos durante las batallas de Somorrostro. Posteriormente recibió la orden de pasar a Aragón y Valencia para reconstruir allí las tropas carlistas. Al acabar la guerra, se exilió a Francia.

5 Antonio Lizarraga Esquiroz (Pamplona 1817 – Roma 1877). Al comienzo de la contienda fue el comandante general de los carlistas gipuzkoanos y enfrentado al cura Santa Cruz tuvo que pacificar una revuelta promovida por sus partidarios. En 1874 fue nombrado comandante general de Aragón y posteriormente desempeñó los cargos de jefe de Estado Mayor de Carlos VII y capitán general de Cataluña. Fue hecho prisionero al caer la ciudadela de Seo de Urgel, pero al acabar la guerra se le permitió acompañar al exilio a su rey Carlos VII, muriendo en Roma al poco tiempo. Por su fuerte carácter religioso, le apodaban “el Santón”.

6 Nicolás Ollo Vidaurreta (Ibero 1816 – Somorrostro 1874). Veterano de la primera guerra carlista y de la guerra de África, fue por méritos propios uno de los generales más carismáticos del campo carlista, siendo comprado con la figura de Zumalacarregui. Era dueño del molino y balneario de aguas termales de Ibero y publicó en 1867 el libro “Pamplona Aguas y baños minero-medicinales de Ibero”.

7 José Luís Pellicer (Barcelona 1842 - 1901). Compaginó su obra como pintor con su importante producción de obra gráfica, especialmente destinada a la publicación en prensa. Actuó como corresponsal de guerra para la revista La Ilustración Española y Americana durante las batallas de Somorrostro.

8 Francisco Serrano y Domínguez (Isla de León, Cádiz 1810- Madrid 1885). Militar de carrera se distinguió en la 1º carlistada donde obtuvo el nombramiento de capitán y la Cruz de San Fernando. Tras su estancia en la Capitanía General de Cuba (1859-1862) regresó con el título nobiliario de Duque de la Torre. Aceptó el cargo de Presidente del Poder Ejecutivo de la I República, llegando a Somorrostro en el intento de sacar réditos políticos de una “cómoda” victoria sobre las fuerzas carlistas.

9 Juan Bautista Topete y Carballo (San Andrés Tuxtla, México 1821- Madrid 1885). Marino, militar y político español, vicealmirante de la Real Armada Española, héroe de la Primera Guerra del Pacífico y un personaje curtido en numerosas batallas, varias veces condecorado. Estuvo al frente de los batallones de Marina en Somorrostro.

10 José Maria Loma Argüelles (Salinas de Añana 1820 – 1893). Veterano del bando liberal de la primera guerra carlista y de la guerra de África fue uno de los pocos generales liberales de origen vasco y más activos en la última guerra carlista. Recibió el título de Marques del Oria.

11 José Maria Badiola Jauregui (Azkoitia 1845 – Somorrostro 1874). Mikelete gipuzkoano. Se casó en Zarautz en 1871 con Maximiana Alcorta Lacunza. Al estallar de nuevo la guerra, solicitó a su padre, Antonio Badiola Arana voluntario de la 1º carlistada, que permaneciese en el caserío familiar. En enero de 1874 moría su único hijo de tan solo dos años de edad. En febrero se presentó voluntario para ir al frente de los mikeletes a Somorrostro. El 27 de marzo de 1874 cayó muerto durante el asalto a los caseríos de Murrieta.

12 Alejandro Argüelles-Meres de la Riva (Limanes, Asturias 1838 – Oviedo 1899). Estudio bachillerato en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Oviedo, continuando luego en la Escuela de Ingenieros Militares de Guadalajara hasta que en 1865 pasa a prestar sus servicios en el Ejército. No estando de acuerdo con la teoría revolucionaria de 1868, se retira de la vida militar, volviendo a tomar las armas en defensa de Carlos VII; alcanzando la graduación de general. Al finalizar la guerra, se exilia en Francia, volviendo a España donde desempeñó el puesto de profesor de matemáticas en varias academias privadas que fundó, primero en Valladolid y después en Toledo, al mismo tiempo que ejercía la labor de periodista para publicaciones de carácter derechista. Como representante provincial del aspirante al trono escribió en su defensa cuantiosos artículos en los periódicos provinciales.

13 José Garin Vargas. De familia sevillana, pero nacido en Manila en 1841. Era sobrino de la Condesa de Oliva de Gaitán. Comenzó estudios de seminarista pasando a la ingeniería militar en Guadalajara. Siguiendo los consejos de su tía se retiró del servicio militar durante el gobierno de Prim, para seguidamente pasarse al campo carlista, siendo una de sus figuras más relevantes. En Somorrostro dispuso las obras de fortificación y atrincheramiento, siendo herido en uno de los reconocimientos. Se casó con una joven estellesa de apellido Modet. Tras la guerra pasó a Francia donde estuvo varios años exiliado con su familia en Burdeos, dando lecciones de matemáticas y castellano. Nunca quiso volver a incorporarse al ejército. Ya anciano veraneó en Zumaia con sus hijos.

14 Fernando Primo de Rivera y Sobremonte (Sevilla 1831 – Madrid 1921). En 1844 ingresó en el Colegio General Militar y tres años más tarde alcanzó el grado de subteniente y se licenció. Se distingue por sus servicios militares, ascendiendo y siendo condecorado varias veces. Combatió a las primeras partidas carlistas y tomó parte en la en la mayoría de grandes batallas de la guerra, siendo herido en Somorrostro. Tras recuperar Estella, Alfonso XII, le concedió el título de Marqués de Estella, además de la Laureada de San Fernando. Nombrado capitán general de Filipinas en 1895, cargo que ya ocupó entre 1880 y 1883, consiguió empujar a las montañas a las tropas de Emilio Aguinaldo con quién firmó en 1897 el Pacto de Biak-na-Bato por el que el insurgente filipino se comprometía a exiliarse en Hong Kong.

15 Antonio López de Letona (Sevilla 1821). Entró en la carrera militar en 1836, participando en los últimos combates de la 1º guerra carlista. Se distinguió por sus servicios militares. En 1859 fue nombrado gobernador civil de La Habana y posteriormente comandante general y gobernador civil del Departamento Oriental. Ya en la Península ocupó altos cargos en la política. Al comenzar de nuevo la guerra venció a los carlistas en Mañaria, y participó en numerosas acciones. Al terminar la guerra fue Director General de Caballería, Capitán General de Madrid y posteriormente senador del Reino por la provincia de Soria.

16 Manuel Ignacio Santa Cruz Loidi (Elduaien 1842 – Pasto, Colombia 1926). Estudió en el seminario de Vitoria y fue ordenado sacerdote, siendo nombrado párroco de Ernialde en 1866. Conspirador a favor de Carlos VII fue detenido y escapó de la justicia varias veces. Huyó a Francia para retornar y formar una partida que realizará la guerra al margen de las órdenes del ejército regular. Detestado por sus acciones por los propios carlistas fue expulsado a Francia, de donde regresó sublevando a algunos batallones. Sofocada la rebelión, finalmente volvió a Francia, abandonando la guerra y dedicándose a sus labores sacerdotales. Los últimos años de su vida vivió como misionero en Pasto, Colombia.

17 Jose Juan Lino Irazu Orendain (Ordizia 1846). Al comenzar la guerra formó parte de una partida de voluntarios que operaba entre Zumarraga y Tolosa. Una vez formados los batallones, fue asignado a ingenieros y ascendido a sargento. Tras terminar la guerra trabajó como fondista del Hotel Loiola.

18 Matías Ichaso. Nacido en Puente la Reina, participó en la guerra de África, siendo posteriormente inspector de policía en Donostia. Por la distribución de propaganda carlista acabó en la cárcel, siendo liberado para seguidamente pasar a servir bajo las órdenes de Lizarraga.

19 Ignacio Illarrazu. Veterano de la 1º carlistada, fue herido 6 veces en batalla. Ya en la acción de Eraul, tenía el grado de capitán, donde fue herido de nuevo en la muñeca.

20 Pablo Aspizu Munduete (Muskiz, 1859). Pastor y alcalde pedáneo del barrio de Las Cortes. De padres azkoitianos, vivió en la Habana durante 10 años. Tenía 14 años durante las batallas de Somorrostro y fue una fuente notable de información para el padre Apalategui cuando visitó Somorrostro en 1926.

21 Jose Antonio Ysac Arteaga Ybarburu (Donostia 1853 – Donostia 1934). Nació en el caserío Aztiñenea siendo el segundo hijo de una familia de 6 hermanos. Voluntario carlista, tras servir en las partidas, recaló en el 1º de Guipuzcoa. Durante las batallas de Somorrostro fue ascendido a sargento y condecorado. Terminada la guerra emigró a Galicia donde aprendió el oficio de jardinería. De vuelta a Gipuzkoa, fue capataz de los jardineros del municipio de Donostia. Se casó con una viuda, Anastasia Maiz Orobengoa, con dos hijos, levantando su propia casa frente Aztiñenea, al otro lado del Urumea, a la que llamó Anastisi-enea. El caserío Aztiñenea sigue hoy en día en pie.

22 José Luís Yraeta Badiola (Azkoitia 1853). Segundo hijo de una familia de 11 hermanos, del caserío Oairte (Azkoitia). Al comenzar la guerra entró a forma parte de la partida de Basterrica y posteriormente se incorporó a la 3º Compañía del 1º de Guipúzcoa. Se casó al terminar la guerra con Maria Dorotea Eguizabal Bastida. Sus descendientes siguen habitando en Oiarte.

23 José del caserío Zumeta. En varias ocasiones el padre Apalategui identifica a los veteranos con su nombre de pila y el nombre del caserío que habita. A falta de otros datos biográficos resulta imposible identificarlos en los archivos parroquiales. En 1924 José habitaba en el caserío Zumeta de Azkoitia. Se unió a las partidas carlistas en 1873, bajo las órdenes de Carlos Alcorta. Participó en la acción de armas que hirió al jefe de los mikeletes gipuzkoanos Antonio Urdampilleta, que combatía a las partidas carlistas de la provincia. Se integró en el 1º de Guipúzcoa tras su reestructuración.

24 Eugenio del caserío Nordekua. En 1922 trabajaba como alpargatero en Azkoitia, habitando el caserío Nordekua. Participó en los levantamientos previos como voluntario de diferentes partidas. Finalmente se agrupó en la partida de Carlos Alcorta, ejerciendo como asistente del mismo. Cuando se formaron los batallones se integró en el 5º y posteriormente en el 1º de Guipúzcoa.

25 Ignacio de la casa Txapin-ene. Nacido en torno a 1849, en 1931 vivía en la casa Txapin-ene del barrio de Altza (Donostia). Fue voluntario en la partida de Santa Cruz. Se integró en el 1º de Guipúzcoa.

26 Carlos Alcorta. Azkotiano En 1873 ya estaba casado, viviendo en Eibar. Carecía de estudios, pero estuvo al mando de una partida de voluntarios carlistas. Por los excesos cometidos por su partida fue encerrado por los propios mandos carlistas y sus hombres incorporados al 7º de Guipúzcoa. Puesto en libertad terminó como capitán de la 3º Compañía del 1º de Guipúzcoa.

27 Emilio Valenciano Díaz (Olloniego, Asturias 1851 – Olloniego 1934). De familia tradicionalista se licenció en derecho en la universidad de Oviedo en 1870. Al estallar la guerra, formó parte de una partida de 24 hombres que fue rápidamente disuelta y encarcelada, siendo enviado junto con otros carlistas a cumplir presidio en las Islas Canarias. Fugado en un vapor, recaló en Francia en junio de 1873. De allí paso de nuevo la frontera presentándose como voluntario y con el grado de alférez fue destinado a la 3º Compañía del 1º Batallón de Álava. Al acabar la guerra se exilió con el grado de comandante. En Francia llegó a conocer a Julio Verne e incluso le acompañó en un vuelo en globo. Regresó a España en 1877, acogiéndose a la amnistía y en 1880 marchó a Filipinas donde fue alcalde, juez de paz y capitán de las milicias locales. Por su comportamiento en la guerra de Filipinas fue condecorado. De nuevo en España ejerció como abogado y dirigió el periódico carlista “Las Libertades”. Fue juez de primera instancia en Oviedo, y en 1924 fue nombrado jefe de los carlistas de Asturias por el pretendiente D. Jaime. Ya anciano y retirado, fue fusilado junto al párroco de su pueblo, durante la revolución de octubre 1934.

28 Carlos Gonzalez Boet (Brujas 1841-1882). De padres españoles, optó por la carrera militar ascendiendo al grado de capitán en 1859, siendo destinado a Cuba. Sus notables excesos en la pacificación de la isla le llevaron a ser relegado del servicio, siendo preso en Puerto Príncipe. De allí escapó disfrazado de sacerdote y viajó a España para servir al pretendiente Carlos VII. Operó fundamentalmente en la zona del Bajo Aragón y Maestrazgo. Exiliado en Francia junto a Carlos VII sufrió un procesó judicial en Italia, siendo acusado de robar un toison de oro a la esposa del pretendiente. Fue absuelto de esta acusación. De nuevo en España, fue preso y deportado a La Habana, donde murió.

29 Martín Ignacio Asurmendi Elizalde (Ataun 1855). Era el menor de una familia de 5 hermanos. Con 16 años se unió a la partida del cura Santa Cruz. Acabó en el 2º Batallón de Guipúzcoa, siendo sorteado entre la tropa para servir de guía a los batallones aragoneses. Tras Somorrostro, marchó con ellos hacia Aragón, volviendo para formar parte del 6º de Guipúzcoa, a las órdenes de Cipriano López Blanco. Tras la guerra se casó en Donostia con Maria Ramona Yturriza Mugica, trabajando en el servicio de limpieza del ferrocarril del Plazaola, en las estación de Amara.

30 José Maria Montoya García (Lanciego 1811-Vitoria 1900). Veterano de la 1º carlistada, llegó al grado de comandante del ejército carlista. Se exilió tras el abrazo de Bergara con el pretendiente a Francia, volviendo a España tras la amnistía de 1841. Participó de nuevo en la sublevación carlista pasando de las partidas a teniente coronel jefe del 3º Batallón de Álava. Fue nombrado gobernador del castillo de Lapoblación (Navarra), que defendió tenazmente hasta el 2 de marzo de 1876.

31 Teodoro Rada “Radica” (Pamplona 1823 – Somorrostro 1874). En el periodo entre ambas guerras carlistas trabajó como maestro de obras en Tafalla. Al comenzar la última carlistada organizó el 2º Batallón de Navarra, al que consideró como “propio” y al frente del cual logró fama por su arrojó con las cargas a la bayoneta y el cuerpo a cuerpo, colocándose él mismo a la cabeza de sus hombres en esos momentos. Su muerte en Somorrostro, junto con la del general Ollo, supuso un fuerte golpe para la moral de las tropas navarras.

32 Javier Rodríguez Vera (Orihuela 1838 – Hellin 1913). A los 14 años entró en el cuerpo Nacional de Artillería, siendo nombrado Teniente en 1859 y Capitán en 1862. Participó en la guerra de Cuba y Santo Domingo. De vuelta a España, decidió abandonar la carrera militar por la religiosa, pero al estallar la guerra carlista tomó de nuevo las armas a favor del pretendiente. Se le confirió el mando de la Sección de Artillería donde consiguió notable fama. En Somorrostro dirigió las secciones de artillería de Álava y Guipúzcoa. Fue herido gravemente en el Pico Ventana. Continuó la guerra combatiendo al frente de la artillería, siendo ascendido y condecorado varias veces. Tras la derrota carlista se exilió a Francia, donde se dedicó a viajar por Europa, América y Oceanía. Al retornar a España no quiso servir al rey Alfonso XII, pasando sus últimos años en Hellin. A causa de las heridas sufridas en la guerra fue perdiendo progresivamente la vista, hasta quedar completamente ciego.