lunes, 20 de octubre de 2014

Ingeniería Militar: “La Trinchera Carlista”

La trinchera ha sido una estructura bélica ampliamente utilizada en todos los conflictos. Sencillas en su construcción y notablemente eficaces, en un principio se desarrollaron para dificultar y ralentizar el ataque enemigo, quedando el soldado protegido tras ellas por muros, empalizadas y parapetos. De hecho, será necesario llegar a un estado avanzado del siglo XIX, con el advenimiento de los fusiles rayados, cuando los militares se den cuenta del grave error que supone agruparse en apretadas filas, cuando se tiene que hacer frente a fuerzas “atrincheras” dotadas de fusilería “moderna”.
A finales del XIX se había producido una rápida evolución armamentística, que había dejado obsoletas todas las tácticas militares utilizadas hasta el momento. Las “grandes potencias” no dudaban en enviar observadores a las zonas en conflicto con un claro objetivo: comprobar sobre el terreno cómo funcionaban los nuevos adelantos bélicos. De hecho todos los ejércitos “modernos” de finales del XIX y principios del XX mostraron su propia evolución en relación con la ingeniería militar y los elementos de fortificación; apostando fuertemente por los “campos atrincherados”, que llegarían a su máxima expresión durante la I Guerra Mundial.
Se puede afirmar que la última Guerra Carlista sirvió como banco de pruebas para el desarrollo de la “trinchera moderna”, con óptimos resultados, especialmente para el campo carlista. Ya hemos comentado que se trata de “guerra moderna”, con una amplia presencia de fusiles y artillería de retrocarga. Sin embargo, el ejército carlista, en comparación con el liberal, exhibía algunas desventajas logísticas: dificultades para armar a sus hombres de forma homogénea, una fuerza de artillería eficaz, pero escasa en número, y por último, una notable carestía y problemática para reponer el elevado consumo de municiones que acarreaba el utilizar fusiles de retrocarga y cartucho metálico. De hecho, al soldado carlista se le aleccionaba para economizar sus municiones, tomando el ataque a la bayoneta como un principio y no como un último recurso. Como ejemplo:
“Orden general del 19 de Febrero de 1874, en San Salvador del Valle.—Estando atrincheradas todas nuestras fuerzas que ocupan la primera línea de nuestras posiciones, prohíbo absolutamente, y los jefes de los cuerpos serán responsables, que se rompa el fuego á más distancia que á cien metros, y esto en el caso de que el enemigo se presente en el orden cerrado, pues haciéndolo en el abierto ó de guerrillas debe despreciarse, aunque la distancia sea de veinte pasos; porque mucho más nos hemos de hacer respetar conservando nuestras municiones que consumiéndolas inútilmente, y en último caso, haremos uso de las bayonetas para rechazarlos y obtener una victoria que de seguro ha de conducir á nuestro Soberano al solio de sus mayores.—Los jefes leerán esta orden general á sus respectivos batallones. El Comandante General interino Nicolas Ollo”.

Pedro Ruiz Dana
Posiblemente el mejor resumen de datos referentes a la evolución de las fortificaciones carlistas la encontramos en las publicaciones que el militar Pedro Ruiz Dana realizó tras la finalización de la guerra. En su libro “Estudio de la Guerra Civil” presenta un repaso de la evolución de los trabajos de defensa emprendidos por el ejército carlista, teniendo en cuenta la supremacía artillera de las tropas gubernamentales. Dana establece que si bien desde prácticamente el principio de la guerra el ejército carlista no funcionaba en masas compactas, lo que dificultaba la acción de la artillería, las defensas fueron siendo mejoradas a medida que transcurría la contienda.

“[…] en Montejurra, el 7 de Noviembre, ya combatieron (los carlistas) en orden disperso, siempre en la defensiva táctica, y sus masas aprovechando los pliegues del terreno á cubierto de los fuegos de nuestra artillería. En este combate por primera vez habían construido algunos atrincheramientos en la falda de Montejurra y Monjardin, valiéndose de setos y vallados que separan las heredades y formando en ellas parapetos ordinarios con tierra y piedra. Como tenían bastante relieve presentaban blanco á nuestra artillería, que les causó gran destrozo. […]”

Al respecto un veterano carlista, Jose Antonio Ysac Arteaga Ybarburu (Donostia 1853 – 1934) comentaba sobre sus primeras fortificaciones:

 “Las trincheras eran de tepes. Con poca profundidad dentro. Las granadas de cañón las agujereaban y traspasaban. Teníamos que estar acurrucados”.

No tenía que ser nada fácil para los soldados soportar un desgaste artillero en semejante condiciones; lo que obligó al Cuerpo de Ingenieros a trabajar en el plano de la mejora defensiva. Continuamos con la información recogida por Ruiz Dana.

“Comprendiendo que los efectos de nuestra artillería habían de serles fatales, con el fin de inutilizarlos y ponerse á cubierto dé sus fuegos dedicaron toda su atención á perfeccionar las trincheras y obras de campaña. Las condiciones especiales de sus tropas , poco aguerridas y consistentes (tal vez sería más preciso hablar de tropas con poca artillería y escasas municiones), les hacía por necesidad adoptar aquel género de combate; y nosotros, sin estudiar detenidamente el efecto de la nuevas armas de fuego, seguíamos creyendo que en la ofensiva táctica y en el ataque á la bayoneta estribaba, como en otro tiempos, el éxito del combate y daba la victoria.”

Los mandos de ambos ejércitos provenían de las mismas escuelas militares, se conocían, en muchos casos eran incluso amigos, así que presentaban idénticas y desfasadas tácticas militares: “ofensiva táctica y ataque a la bayoneta”. Pero mientras el ejército carlista, por pura necesidad de supervivencia, se vio en la obligación de actuar en la mayoría de las situaciones a la “defensiva”, el ejército gubernamental siguió enviando a sus hombres al asalto directo. El propio Ruiz Dana lo reconoce:
“Los crueles escarmientos no eran bastantes para hacer desistir de tan errado proceder y modificarlo convenientemente. En Diciembre del mismo año, en él combate de Velabieta, los enemigos, siempre por necesidad en la defensiva, han mejorado ya sus atrincheramientos; construyen una zanja, pero no para que sirva de foso, sino para ocultar en ella á los defensores' con la tierra forman delante un pequeño parapeto. La zanja es bastante ancha, un metro y medio, y el parapeto presenta un blanco á nuestra artillería que les hace gran daño. Sitian Bilbao, y para oponerse al ejército, que desde Santander acude á su socorro, llenan de trincheras todo el valle de Somorrostro, de la misma anchura que las de Velabieta, pero ya no zanja, sino que le forman con tepes de muy pequeña altura para que presente el menor relieve posible, y por lo tanto el menor blanco á la artillería. […] los atrincheramientos son líneas continuas enlazadas por reductos […]. Desde los combates del mes de Febrero á los de Marzo (los carlistas) no habían descansado ni un momento en la construcción de nuevas trincheras, y aún seguían haciéndolas después de los del segundo de aquellos meses, pero con importantes modificaciones. La zanja era más profunda, lo necesario para cubrir á un hombre; con la tierra extraída no formaban parapeto ninguno, sino que, al contrario, la esparcían; de este modo, aleccionados por la experiencia, hacían ineficaces los fuegos y los efectos de nuestra artillería; no solo no presentaban estas trincheras blanco alguno, sino que se ignoraba su existencia, hasta que el día de combate nos sorprendía el fuego que hacían desde ellas. Era tal su número que no era posible que las tropas marchasen ál asalto sin que sintiesen los terribles efectos de los fuegos de ambos flancos y algunas veces los de retaguardia. […].

Hemos llegamos a una fase crucial, aparece el primer “campo atrincherado moderno” de la guerra carlista. En los campos de Somorrostro, entre febrero y abril de 1874, uno de los ingenieros carlistas, José Garín, acuciado por la necesidad de proteger un frente de batalla extenso en longitud, con escasas tropas y poca artillería, desarrolla un tipo de trincheras que serán observados con notable interés por militares, tanto nacionales como internacionales. Apalategui recogió el siguiente comentario:

“Gracias a Garín se debió principalmente la excelente orientación del atrincheramiento de Somorrostro. Me contaba (Marcelino) Saleta (militar del ejército gubernamental):
-Cuando en marcha desde Castro Urdiales desembocamos ante el campo atrincherado de Somorrostro y contemplamos aquellas trincheras, que no había manera de enfilarlas, nos preguntábamos todos: «Pero ¿quién ha dirigido la construcción de esas trincheras?». «Pepe Garín» se nos contestó”.

José Garín Vargas
No me puedo resistir a insertar una pequeña biografía del diseñador de este campo atrincherado de Somorrostro. José Garín Vargas Zúñiga (Manila 1841 – Madrid 1907) pertenecía a una familia aristocrática sevillana. Su padre, Vicente Garín González, era brigadier del ejército y su madre, María del Carmen Vargas Zúñiga y Federighi, hermana de la Condesa de Oliva, María del Amparo de Vargas Zúñiga y Federighi.

Comenzó estudios de seminarista pasando a la ingeniería militar en Guadalajara. Cuando terminó la carrera quedó como profesor en la misma Academia. Para 1866 ya tenía el grado de capitán de ingenieros. Respecto a su carácter y convicciones religiosas su hija contaba:

Era muy aficionado al teatro; pero como hubiese alguna escena inconveniente, no tenía el menor reparo en levantarse de la butaca y salirse del teatro en medio del abucheo general. Por no sé qué caso, fue desafiado. Garín se negó a batirse, alegando la prohibición de la Iglesia. Por entonces no se toleraba entre militares el no aceptar un desafío y se le hizo el vacío, y aun se creyó llegado el caso de arrojarle del Cuerpo (de Ingenieros). Garín por nada se intimidó”.

Durante la sublevación de 1866 del cuartel de artillería de San Gil contra la reina Isabel II en Madrid, Garín se ofreció para tomar al asalto una de las barricadas que los golpistas habían colocado.

“Había una barricada en la (Calle) Preciados, entrada a la Puerta del Sol. Se ofreció Garin a asaltarla. Se le dieron dos compañías y él marchó a su cabeza por la Calle de Leganitos, teniendo la suerte de entrar dentro de la barricada. Aquel día se acabó el pleito del desafío”.

A los 28 años ya tenía el grado de comandante. Pero con la revolución de 1868, y tras el derrocamiento de Isabel II, la familia presionó para que no sirviese a los intereses del nuevo gobierno, por lo que se retiró del servicio militar durante el mandato de Prim, para seguidamente pasarse al campo carlista. Tras el alzamiento carlista sus bienes fueron confiscados. Durante la guerra formó parte destacable del Cuerpo de Ingenieros, aportando sus conocimientos no solo en el campo militar, sino también como profesor en la Academia de Ingenieros que los carlistas habían instaurado en Bergara.

Se casó con una joven estellesa: Jacoba Modet Ibargoitia (†1899). Tras la guerra pasó a Francia donde estuvo varios años exiliado en Burdeos, dando lecciones de matemáticas y castellano, con una exigua paga. Su mujer comentaba: “El único obsequio que recibí de mi marido mientras estuvimos en Burdeos, fue cada domingo un pastel de 10 céntimos”.

La pareja retornó finalmente a Madrid donde continúo dando clases, pero nunca quiso volver a incorporarse al ejército. Allí nacieron 4 hijos: José, Juan (1883 – 1922), Amparo (1889 – 1945) y María.

Soldados en trinchera.
 Fotograma tomada de la película  "Vacas"
Ya anciano veraneó en Zumaia con sus hijos Amparo y José. Este último comentaba: “A mí me es imposible ser carlista, sabiendo, que mientras mi padre, después de sacrificar carrera y hacienda, vivía en Burdeos ganando 2 francos diarios, al mismo tiempo estaba D. Carlos en París, dado a una vida de juergas y francachelas”.

Para finalizar esta biografía un último apunte anecdótico. Su hijo Juan, ingeniero de minas fue unos de los precursores de la espeleología en España, así como un reputado arqueólogo.

Y tras este pequeño paréntesis, comentar que el campo atrincherado de Somorrostro no pudo ser tomado al asalto por las tropas gubernamentales, sino que ante el peligro de quedar copados por un acertado movimiento envolvente, las tropas carlistas se vieron en la obligación de retirarse de sus trabajadas defensas. 

Continúa Dana Ruiz explicando: “En la batalla de Estella ocurrida en el mes de Junio de 1874; toda la divisoria, de aguas entre el río Ega y su afluente el Iranzu estaba cubierta de trincheras de las adoptadas en Somorrostro; pero aquí no forman ya líneas continuas, sino que sólo tenían 15 á 20 metros de longitud y sus extremos en forma de corchete; todas las alturas, laderas y puntos culminantes los tenían literalmente cubiertos de trincheras; ocupaban y defendían aquellas que les convenía, según por donde marchasen las tropas al asalto; los efectos de la artillería son completamente nulos contra semejantes .defensas; es materialmente imposible poder meter las granadas en una zanja de medio metro de anchura; sus defensores, al verlas caer de cerca, se ocultan en el fondo de la zanja y al estallar el proyectil sus cascos pasan por encima sin ofenderlos; prontamente se incorporan y continúan haciendo fuego. El efecto de la artillería sobre este género de trincheras es tan ineficaz, se ha anulado de tal modo, que una batería de 40 piezas emplazada para batirlas de Montemuro no logró los efectos que se esperaban. […]”.

Finalmente afirma lo siguiente: 

“Especial estudio merece esta guerra, por la aplicación que puede tener en al porvenir el sistema de trincheras. […] Los carlistas han desplegado en esta guerra un lujo de atrincheramientos de campaña que merece estudiarse detenidamente; tal es su importancia y tales los efectos que con semejante clase de obra pueden obtenerse”.
Alexander Tulloch
¿Y qué pensaban los militares extranjeros de la “trinchera carlista”? Sir Alexander Bruce Tulloch (1838-1920) era oficial de inteligencia militar de Inglaterra. Ingresó en los Royal Scots en 1855, sirviendo en la guerra de Crimea, India, China y Egipto. Posteriormente trabajó en el Departamento de Inteligencia siendo enviado en misiones de observación a Bélgica, Creta y España. Recibió distintas distinciones militares, escribiendo varios libros y artículos sobre cuestiones militares. Pues bien, en su libro “Recollections of forty years service” comentaba lo siguiente respecto a lo que había vivido en la última Guerra Carlista:

The men of both armies had had so much experience in field fortification, and more particularly trench construction, that they did not require assistance from engineers in that respect. The trenches, with their covered passages and protection against enfilade fire, were models of what trenches in such a country ought to be,-very different from the amusing little playthings in our service, at that time known as half hour and one-hour shelter – trenches”.

Tulloch muestra su admiración por el tipo de atrincheramientos generados, tratando de forma jocosa las estructuras que su propio ejército construía en esos momentos. Sin embargo, encontramos otro comentario de la misma procedencia en el libro “Defence and attack” del teniente coronel H. Schaw del Cuerpo de Ingenieros Reales:

He (Tulloch) stated that on one occasion, he was present with a Spanish Force attacking some Carlist trenches, a line regiment was in front, when it arrived within a certain distance, the Carlists (a Navarre Battalion) rushed from the trench with levelled bayonets, the line regiment broke and ran, the Carlists killing many of them; behind the line regiment was a battalion of “Cazadores”, who allowed the runaways to pass through their ranks, then closed up and met the Carlists with the bayonet also; a regular hand-to-hand fight of some minutes took place, the Carlists were driven back, and the position was carried.

There can be no doubt that had the Carlists continued to fire steadily from their trench, they would not have been driven out of it, and the losses of the assailants would have been far greater”.
Para Tulloch y Schaw era difícilmente compresible que unas tropas que habían trabajado denodadamente en construir un efectivo elemento defensivo, salieran del mismo para proceder a un ataque a la bayoneta. La trinchera “moderna” ya estaba desarrollada, sin embargo, la oficialidad todavía mantenía tácticas del pasado. Estos ejemplos fueron bastante comunes por parte de ambos ejércitos, donde los mandos no dudaban en calificar como poco “honrosa” y carente de gloria el permanecer agazapado en trincheras.
Tras la finalización de la guerra la estructura defensiva fue incorporada a muchos manuales de fortificación.  Son varias las referencias que hemos localizado gracias a la colaboración de Jose Angel Brena Alonso, donde se describe el funcionamiento, construcción y uso de las “trincheras carlistas”. Entre estos tratados de ingeniería militar cabe citar: "Nociones de Fortificación de Campaña" publicado en 1882, de Jose Villalba Riquelme (1856 -1944), “Fortificación de Campaña y Permanente” (1888) de Jose Maria Soroa Fernandez (†1930), “Lecciones de Fortificación” (1898) de Joaquin de la Llave Garcia (1853 – 1915) y en ese mismo año, “Fortificación de Campaña” de Eusebio Torner de la Fuente (1861 -1913).

Según indica el ingeniero militar Joaquin de la Llave Garcia, “el reglamento táctico de 1881 admitió la “trinchera carlista” con el nombre de zanja-trinchera”; si bien también indicaba que “en realidad, su origen es anterior a nuestra guerra civil (carlista), pues fue ya propuesta en Austria hacia 1872 por el coronel de ingenieros Candella; después fue también empleada por los turcos en 1877” .

"Trinchera carlista" según manual de Nociones de
Fortificación de Campaña (1882)
En cualquier caso las descripciones se repiten insistiendo en su carácter de elemento de fortificación de sencilla concepción: una zanja de 1,40 metros de profundidad, sin parapeto, y de 50 á 60 centímetros de anchura, donde las tierras resultantes de la excavación se esparcen, de modo que no puedan ser apreciadas desde lejos. “Los soldados se colocan en una sola fila y apoyan sus fusiles en el terreno natural para hacer fuego; y cuando se ven muy expuestos al de la artillería enemiga, se agachan dentro de la trinchera, que por otra parte se encuentra poco expuesta á los efectos de las granadas y del shrapnel por su poquísima anchura y ningún blanco”. En contrapartida a su manifiesta utilidad, Joaquin de la Llave no dudaba en afirmar: “Este género de trinchera exige un trabajo excesivo para su construcción, por la necesidad de hacer desaparecer las tierras, por la gran profundidad y pequeña anchura de la zanja, que dificulta la ejecución, y por los detalles que necesita”.

Más extensa es la descripción de “trinchera carlista” que realizó el ingeniero militar Eusebio Torner y que a continuación transcribimos: 

“En la última guerra carlista emplearon los partidarios del pretendiente unos atrincheramientos, constituidos cuando ya se llegó a hacerlos con toda perfección, como sigue:

Por lo que se refiere al perfil, eran unas trincheras sin parapeto, ó con uno de muy poca altura hecho de hiladas de tepes; de anchura suficiente para circular por ella de frente, ó dejar paso a la espalda arrimándose á uno de los taludes; y de profundidad tal, cuando la naturaleza del terreno lo permitía y no se ponía parapeto que descubriese solo la cabeza, aunque alguna vez fuera mayor, quedando un hombre enteramente oculto.

En los taludes de la excavación, había alternadamente pequeños socavones para poner los pies y salir pronto al exterior, ó para elevarse más sobre el terreno cuando convenía descubrir mejor sus inmediaciones; empleándose también para este objeto piedras colocadas en el fondo. Para hacer fuego el tirador se elevaba sobre el fondo de la trinchera, descubriendo solo la cabeza, o se servía de pequeñas miras ó ranuras, abiertas en el suelo.
Para hacer el trazado se seguían generalmente las curvas de nivel, huyendo de las enfiladas y dominándose y flanqueándose sus diversos trozos, según los accidentes del terreno, cuyos escarpados barrancos y quebradas utilizaban con singular acierto. Al principio eran estas líneas largas; después no formaban ya líneas continuas y sólo tenían 15 á 20 m. de longitud.

Recreación de una trinchera carlista.
Tomado del "Diario de Navarra"
La entrada á las trincheras se hacía generalmente por las extremidades, que estaban en fórmula de corchete y terminaban á la espalda de las posiciones, o en barrancos o vertientes ocultas. Para evitar el que desde lejos fueran visibles, además de esparcir y ocultar la tierra que provenía de la excavación, cubrían alguna vez con ramaje o tepes el corte posterior, cuando por la pendiente del terreno llegaba a descubrirse por alguna parte; de tal manera resultaban ocultos así, que no se descubrían ni con anteojos, pues tomaron también la precaución de no situarlas en líneas que formaran horizonte. Estas defensas no se ocupaban en general hasta que se divisaban tropas, para ellos enemigas, y como todas las alturas, laderas y puntos culminantes los tenían literalmente cubiertos de trincheras, ocupaban y defendían aquellas que les convenía, pero no de un modo cualquiera, sino con arreglo á instrucciones que se dieron á oficiales y soldados, sobre el modo de utilizar sus ventajas. Gran número de baterías ayudaban muchas veces á la defensa de las trincheras, y hay que confesar que unas y otras estaban construidas con inteligencia y perfección.

Efectivamente: ocultas como se hallaban de las vistas, y dada su pequeña anchura, los efectos de la artillería eran completamente nulos por la pequeñísima probabilidad de que caiga un proyectil en una zanja de medio metro de anchura, y porque los proyectiles que caían cerca no causaban bajas en la mayor parte de las ocasiones, por la rapidez y facilidad con que los defensores podían ocultarse, y dejar pasar los cascos por encima. Este efecto era tan pequeño, que una batería de 40 piezas, emplazada para batir las construidas en Monte Muro, no logró los efectos que se esperaban.

Sin embargo, presentan un trabajo excesivo para su construcción, por la necesidad de hacer desaparecer las tierras, por la gran profundidad y pequeña anchura de la zanja en algunos casos, que dificulta la ejecución, y por los detalles que necesitan; es decir, que constituye un atrincheramiento de posición, no del campo de batalla como algunos equivocadamente le han considerado. Este inconveniente, los carlistas en la mayor parte de los casos, no lo encontraron; porque por lo regular sus ingenieros las trazaban, y los pueblos, según las instrucciones que recibían, quedaban encargados de excavarlas tranquilamente, siendo muy raro que los batallones carlistas ayudasen á abrirlas como en Somorrostro y Oteiza”.

Tropas Norteamericanas en una trinchera
durante la guerra Hispano-Amricana
La “trinchera carlista” será común en la Guerra Hispano-Americana (1898) e incluso en la Filipino-Estadounidense de 1899. Según queda recogido en el Annual Reports of the War Department de 1900 de los Estados Unidos, los filipinos tomaron “prestada” esta estructura utilizándola en la defensa de la denominada “línea de Paruao”. Según consta en un despacho enviado al general Venancio Concepción al cargo de la defensa de dicha línea: 
“ […] in order to defend those positions as long as possible, beating with a rine fire at known ranees the railroad track and the Malmlacat cart road, in combination with other similany located and similarly constructed trenches among the most elevated positions of the highland of Iba, so that the defenders thereof may be able to dominate with their fire the line of attack indicated. In each case the profile known as the “Carlist trench" or “ Zanja trench " should be used”.
Habían transcurrido 25 años desde la batalla de Somorrostro donde se habían sentado las bases de la estructura de defensa conocida como “trinchera carlista”. Faltaban tan sólo 15 para el comienzo la I Guerra Guerra Mundial.

Entrada Actualizada: 18/01/2016

domingo, 5 de octubre de 2014

Bandera del 6º Batallón de Guipúzcoa: Pérdida y Localización

Cuando el pretendiente Carlos VII cruzó la frontera el 28 de febrero de 1876, junto con los girones que quedaba de su ejército, salvaguardaba muchas de las banderas que habían acompañado a sus huestes, así como algunas arrebatas al enemigo. Estas emblemas, convertidas en recuerdos de tiempos gloriosos, pudieron ser admiradas en el Salón de Banderas del palacio Loredán (Venecia) hasta 1909, cuando la reina consorte Doña Berta de Rohan, acuciada por la necesidad de mantener su estilo de vida, decidió que todos los elementos de una guerra que ella no había vivido, pasaran a ser subastados.

Salón de Las Banderas
tomado del Estandarte Real
Las banderas fueron descolgadas y convertidas en lotes para su puja; bandera del 6º de Navarra, estandarte del regimiento de Caballería de Borbón de la División de Navarra, banderas del 1º, 3º y 5º  de Vizcaya, 3º y 8º de Guipúzcoa, 1º de Castilla, 4º y 5 º de Castilla, 5º de Navarra, 4º de Álava...

Indudablemente en el Salón de las Banderas no estaban todas. Algunas habían “desaparecido”, al menos momentáneamente, con la disolución del ejército carlista, la más de las veces escondidas por oficiales que se negaban a entregar al enemigo los emblemas de sus batallones. Entre ellas encontramosla del 6º Batallón de Guipúzcoa, “Cazadores de San Ignacio de Loyola”, que quedó bajo la custodia de  Francisco Rodriguez Vera, capitán de artillería, posteriormente brigadier y finalmente, Mariscal de Campo de los ejércitos del pretendiente, laureado y condecorado en varias ocasiones. Podemos encontrar una elaborada y extensa biografía de Francisco Rodríguez Vera en el blog de Juan Lopez Docon, de donde vamos a tomar unos pequeños retazos para contextualizar el problema que nos atañe.

Salón de Las Banderas
tomado del Estandarte Real
Francisco nació en Orihuela en 1838 creciendo en Hellín (Albacete) donde su familia tenía su casa solariega. A los 14 años de edad comienza su carrera militar dentro del cuerpo de artillería. En 1862 tiene ya el grado de capitán participando en las campañas de Santo Domingo. Al retornar a la Península queda destinado al 4º Regimiento Montado de Artillería en Madrid, donde permanece hasta 1871. En ese momento abandona la vida castrense para internarse como novicio en un monasterio de la Orden de la Trapa en Burdeos. No abrazará durante demasiado tiempo la vida monacal, ya por principios morales, decide ofrecer sus servicios al Pretendiente “para combatir la anarquía y la iniquidad y defender el orden y la justicia”.

En el campo carlista destacó notablemente como oficial de artillería, haciendo buen uso de los escuálidos medios con los que contaba. Fue herido en batalla dos veces, en Somorrostro y en Irún, la segunda de notable gravedad que le llevaría a ir perdiendo paulatinamente la visión. En las postrimerías de la guerra, estuvo al mando del 5º y 6º Batallón de Guipúzcoa, obteniendo una sonada victoria sobre las tropas liberales en Mendizorrotz: Sin embargo, con la “deshecha” del ejército carlista fue incapaz de mantener la cohesión de sus batallones, pasando el ya Mariscal de Campo a Francia a través del puerto de Aldudes; y junto con él “una bandera bordada por las religiosas de la Compañía de María del Colegio de Vergara, que por el anverso ostentaba una imagen de la Inmaculada  y de San Ignacio de Loyola”. Se trataba de la bandera del 6º Batallón de Guipúzcoa “Cazadores de San Ignacio de Loyola”.

Ya en el exilió siguió sirviendo a su Rey. Los viajes y embajadas se suceden, para finalmente retornar a España; eso sí, cruzando la frontera con la “bandera oculta, cosida al capote”. Afincado finalmente en Hellín y sin renunciar a su pensamiento carlista, conservó la bandera. Murió en 1913 a los 75 años de edad.

Rodriguez Vera
tomado de "Historia Fotográfica de la
última Guerra Carlista
Volvemos a Gipuzkoa. Al comienzo de 1920, el padre Apalategui era profesor de los estudiantes jesuitas en Loiola donde enseñaba historia universal y de España, cuidando también del archivo y biblioteca. Acababa de comenzar con la recopilación de información, datos y materiales relacionados con la última Guerra Carlista; una “cacería” que cortó la disolución de los jesuitas por parte de la República en 1932. De sus escritos se desprende que pretendía generar con ello un museo en el propio colegio de Loiola.

No tardo en ponerse tras la pista de la bandera, realizando la siguiente anotación referente a Jose Millán que había sido cura en Hellín:

Me habló hace algunos años aquí en Loyola de que existía en Hellín la bandera carlista que había pertenecido al 2° (Se trata de un error de anotación realmente es el 6º) de Guipúzcoa. La llevó allí el brigadier Rodríguez Vera, que era de Hellín. Me añadió que la familia de  Rodriguez Vera no tenía inconveniente en desprenderse de dicha bandera, con tal que se diese cierta limosna a no sé qué hospital”.

Sin lugar a dudas, la bandera del 6º  tenía un importante significado simbólico para Apalategui, ya que portaba el sobrenombre de “Cazadores de San Ignacio de Loyola”, así que no dudo en utilizar su condición de jesuita, estudioso, con buenos contactos sociales, para recabar información y hacerse con aquella enseña.

Barón de Sangarrén
El 25 de septiembre de 1924, Apalategui visitó en su palacio de Lasao (Zestona) a María Blanca Porcel Guirior, Marquesa de Villa Alegre y San Millan, viuda ya por aquel entonces del Ramón Altarriba  Villanueva, Conde de Altarriba y Barón de Sangarrén y a la postre, reconocido oficial carlista. La entrevista con esta aristocrática familia tiene dos objetivos: obtener información y objetos para el museo, así como sondear sobre la posibilidad de que la Marquesa se haga cargo de la “limosna para el hospital”.

-La bandera del 2° (Nuevo error de anotación, se trata del 6º) de Guipúzcoa, que se conserva en Hellín (a donde la llevó Rodríguez Vera), la dan a cambio de una limosna a un hospital.

-Yo me encargo de ello.

Dos días después informa a Jose Millan de sus progresos, si bien, por algún motivo omite la respuesta de la Marquesa.

Ahora se torna necesario ponerse en contacto con los descendientes o familiares de Rodriguez Vera en Hellín. De nuevo su condición de profesor del colegio San José en Valladolid durante los años de1905 a 1918 le ha permitido conocer a numerosas personas, entre ellas a la Madre María Ceballos que actualmente es religiosa de la Enseñanza de Hellín. Gracias a ella obtiene la dirección de Remedios Marín de Burunda, sobrina de Rodriguez Vera. Ese mismo mes, el 18 de diciembre, envía una carta a  Remedios, informando de sus proyectos y  días después, el 3 de enero de 1925 recibe contestación:

“Muy reverendo padre y de todo mi respeto: Ante todo pido a V. mil perdones por haber demorado tanto contestar a su muy estimada; la causa ha sido querer dar a V. una contestación que le fuera agradable prácticamente, para lo que escribí a mi tía, hermana de mi tío Javier (q. e. p. d.) y la única que podía tener alguna cosa útil para ese Museo.

Mi tía está invernando fuera de aquí y dice que hasta que regrese no sabe si habrá algo que pueda interesarle, para lo que habrá que esperar llegue Abril o Mayo.

Nosotros tenemos un objeto digno de un Museo, pero han concurrido tantas circunstancias y dificultades para poder tenerlo, que nos hemos encariñado un poquito con él, pero desde luego se lo ofrezco, si no ahora mismo, un poquito más tarde.

Puede V creer, reverendo padre, que me ha proporcionado una gratísima satisfacción tener ocasión de ponerme a sus órdenes, y a las MM. de la Enseñanza de ésta recibir noticias de V; así me encargaban ayer se lo dijese MM. Lojendio y Ceballos. Si alguna vez viniese V por estas tierras, tendríamos mucho gusto en hospedarlo; como otros PP. nos han dispensado ese honor, nos atrevemos a pedirlo.
Mi esposo saluda a V. y le ruega le tenga presente en sus oraciones; su muy atta. s. s. q. b. s. m.:

Remedios Marín de Ga. de Burunda”

Apalategui todavía no había informado de sus intenciones respecto a la bandera. De hecho, la propia Remedios omite nombrarla, si bien, índica que: “Nosotros tenemos un objeto digno de un Museo, pero han concurrido tantas circunstancias y dificultades para poder tenerlo, que nos hemos encariñado un poquito con él, pero desde luego se lo ofrezco, si no ahora mismo, un poquito más tarde”. ¿Qué objeto puede ser digno de un museo? ¿A qué circunstancias y dificultades alude? Indudablemente la simbología de la bandera atraía numerosas miradas y a buen seguro, su tenencia por parte de la familia Rodriguez Vera era muy probablemente discutido por parte del aparato político carlista.

Será en la carta que Apalategui escribe a Remedios, el 14 de enero de 1925, donde agradece las atenciones, la posibilidad de hospedaje y aborda finalmente la cuestión de la bandera. Sin embargo sus anotaciones en referencia a los progresos se ralentizan y el tiempo pasa. Es muy probable que Remedios preguntarse a su tía Manuela Rodríguez Vera sobre la posibilidad de entregarla y que esta se negase, o, que la familia no estuviera en disposición de entregarla.
Julian Elorza Aizpuru

Un año después fallece Manuela. Pero… ¿Qué ha pasado con la bandera? ¿Está en manos de la familia? Apalategui descubre que no ha sido el único gipuzkoano interesado en la bandera. Julian Elorza Aizpuru, aizpeitiano, presidente de la Diputación de Gipuzkoa y de tendencias carlistas, hacia ya una década que había mantenido conversaciones con el entonces Arcipreste de Hellín en relación con la bandera. Entre los papeles de Apalategui se archiva la contestación que el 8 de noviembre de 1915 remitía el entonces arcipreste de Hellin, Jeronimo Gadea Ruiz, a Julian Elorza:

 “Muy señor mío y buen amigo:

Mil perdones, amigo mío, no es mía toda la culpa. El fotógrafo que conserva el cliché no me ha mandado hasta ahora esas copias, que, como verá, llegan tarde y mal.

Gratísimos recuerdos conservamos de esa hermosa tierra y de los excelentes amigos de Vasconia, a quienes nunca sabremos olvidar. Nada he sabido desde nuestra visita del Sor. Simó (de la bandera). Respecto de la breve reseña histórica q. V. me pidió puedo decirle:

La poseía el Brigadier carlista D. Javier Rodríguez de Vera, q. falleció hace tres años (d. e. p.). D. Carlos se la había pedido tres veces, negándose siempre a dársela el general. Poco antes de morir me dijo: «v. es el dueño de la bandera ... Quisiera que esa enseña sagrada pudiese ser útil a las Escuelas Parroquiales, lo que podrá ocurrir si llegase a manos de alguien q. tuviese la caridad de dotar (v. g.) a las Escuelas de una máquina de imprenta, para que los hijos pobres del Pueblo, después de aprender el Catecismo, aprendiesen también un medio de ganarse el pan ... ».

Desde aquella fecha han sido incontables los que directa o indirectamente, con buenas y con malas formas, me han pedido la bandera. En algunas ocasiones se me ha ofrecido dinero, quizás el suficiente para cumplir la voluntad del finado; pero no era para los partidarios de la Causa y por eso no acepté; porque mi parecer siempre ha sido que por nada del mundo salga de los suyos tan hermosa y santa reliquia. Hubo un momento en q. arreciaron los pretendientes en su demanda, amenazándome unos, dudando otros de la rectitud de mi intención y hasta injuriando cobardemente la memoria del general; y entonces, para dar fin a todo esto, me marché a Madrid en busca del Jefe Delegado Sor. Marqués de Cerralbo, para entregarle la bandera, dejando a su arbitrio y voluntad el cumplimiento de los deseos del Brigadier.

Fui antes a darle cuenta a D. Severino Aznar, quien juzgó q. era más justo q. hiciese la entrega al Jefe de Valencia, puesto q. Hellín pertenece a esta Región. La bandera quedó (en) casa del Sor. Aznar, y el Sor. Simó dijo en carta q. lo haría todo por cumplir la voluntad del finado y adquirir para Valencia la enseña sagrada. Sé que estaba trabajando. Después nada sé.

Si les hubiese conocido a Vds. antes de empeñar mi palabra, en las mismas condiciones, o sea dejando a su conciencia el cumplimiento de la voluntad del ilustre finado, la hubiese entregado a Vds., pues pienso q. nadie con más derecho q. ese pueblo puede y debe poseerla; hoy, como verán, no está en mi mano desdecirme de lo dicho. Pienso, no obstante, q. si V. trata este asunto con el Sor. Simó (siempre como cosa de Vds.), él, que es tan bueno y tan caballero, se convencerá de la razón q. les asiste y hará dejación del derecho adquirido por mi palabra de honor.

Por lo demás no se apure v., pues yo no le he de exigir ni clase ni calidad de imprenta. Conocido por V. el fin, me basta.

Que así sea, mi querido amigo Julián, que posea el piadosísima pueblo de Azpeitia la bandera del Batallón de Loyola, ya que su mayor timbre de gloria, después de su piedad, es haber sido la cuna del insigne, del gloriosísimo Ignacio de Loyola.

Perdón otra vez por mi tardanza. Saludos muy afectuosos a los buenísimos amigos de ésa, en especial a la familia Legorburu, y V. ruegue al Señor por su h. s. y amigo, afmo. en Jesucristo:

Jerónimo Gadea”

De la carta se desprende que la bandera se encontraba en litigio desde la muerte de Rodríguez Vera: por una parte, los intereses de la familia, por otro lado, el arcipreste indica que le fue cedida a él al morir Rodriguez Vera; y por último, el propio entramado del partido carlista que busca hacerse con ella. El arcipreste indica que la bandera se encuentra en casa del sociólogo tradicionalista Severino Aznar Embid, si bien, Manuel Simó Marín, presidente de la Comunión Tradicionalista de Valencia, reclama para su región la enseña.  

El 8 de septiembre de  1928, José Aguirre capellán fundador de la “Enseñanza de Hellín”, le informa a Apalategui que la bandera sigue en depósito de Severino Aznar.

Un año después Apalategui vuelve a tener noticias de la familia. El 17 de agosto de 1929 el marido de la Remedios, Balbino Garcia de Burunda  se pone en contacto con el jesuita a través del capellán antes mencionado. Su misiva indica lo siguiente:

“Sr. D. José Aguirre:

Mi distinguido amigo: Recibí su atenta carta y siempre tengo sumo gusto en tener noticias de V. y desearé que antes de partir para el Norte, reciba V. estas letras para que pueda ser intérprete con el P. Apalategui.

Desde que murió tía Manuela q. e. p. d., se nos entregó de hecho la bandera, de la que fue depositario por algún tiempo el Sr. Amat (Aznar?), y desde luego Remedios se la ofreció a el P. Apalategui para el museo que está formando, la que tiene interés en entregarle en persona y mientras tanto disfrutamos esta obra de arte e histórica. Aunque faltemos, se entregará para este fin. Fotografía no tenemos de ella.

Así que puede V. ser transmisor de esta decisión que tenemos el matrimonio.

Remedios saluda a V. atentamente y V. sabe que es su siempre afmo y buen amigo q. e. s. m.

Balbino G. de Burunda”.

Todo parece indicar que existe una decisión en firme de entregar la bandera a Apalategui. Poco sabemos de la luchas que han sucedido en el seno de las ramas del carlismo en relación con la simbólica enseña, pero hay que tener en cuenta que la familia formada por Balbino Garcia de Burunda Rebagliato y Remedios Marin, tenía un elevado peso específico en la sociedad y política dentro  de Hellín. No en vano, Balbino fue cargo electo en el ayuntamiento en representación del Partido Liberal y presidente del Circulo Liberal. Resulta llamativo que la bandera del 6º de Guipúzcoa, símbolo de uno de los batallones carlistas, hubiera acabado en manos de un insigne liberal vía herencia, al estar casado con la sobrina del oficial Rodriguez Vera. ¿Tuvo la condición política del matrimonio algo que ver con la decisión de entregarla finalmente a Apalategui para su museo y alejarla de manos tradicionalistas?

El 8 se septiembre de 1929 Apalategui agradece la misiva de la familia. Han trascurrido 5 años desde los contactos iniciales con la familia y casi 15 desde la carta que dirigió el Arcipreste de Hellín a Julián Elorza.

Pero… ¿Llegó a manos de Apalategui la bandera? En sus crónicas no se cita. Sabemos que tras su muerte parte de su patrimonio pasó a la Diputación de Gipuzkoa, mientras que otra parte quedó en Loiola. Preguntamos al museo de San Telmo. Negativo. Lo intentamos con Loiola y recibimos esta contestación:

“En nuestro archivo conservamos la bandera a la que creo que usted se refiere (le adjuntamos una foto) y una parte considerable del fondo de documentos de carlismo del P.  Apalategui, […]”.

Bandera del Batallón de Cazadores de San Ignacio de Loyola, 6º de Guipúzcoa.
Cortesía del Archivo y Biblioteca del Santuario de Loiola.
Aunque no hay constancia de su regreso a Loiola, todo parece indicar que nos encontramos ante la “perdida” bandera. En excelente estado de conservación, con los colores nacionales del momento, no en vano, Carlos VII iba a ser rey de Las Españas del XIX; en el centro y para diferenciarse de las banderas liberales que portaban los mismos colores, la imagen de San Ignacio. En euskera rodeando la figura: “Gure Patroi Andia Izan Zaite Gure Guiaria” y debajo “Batallon de Loyola 6º de Guipuzcoa”. En los extremos 4 flores de lis y en la zona superior otra imagen religiosa. No disponemos de foto del reverso, pero es bien probable que aparezca el lema: “Dios, Patria, Rey”.

Así termina, por el momento, el periplo de la bandera que una vez fue alzada como enseña del Batallón de Cazadores de San Ignacio de Loyola, 6º de Guipúzcoa. Curioso y azaroso viaje en el espacio y el tiempo.