lunes, 20 de octubre de 2014

Ingeniería Militar: “La Trinchera Carlista”

La trinchera ha sido una estructura bélica ampliamente utilizada en todos los conflictos. Sencillas en su construcción y notablemente eficaces, en un principio se desarrollaron para dificultar y ralentizar el ataque enemigo, quedando el soldado protegido tras ellas por muros, empalizadas y parapetos. De hecho, será necesario llegar a un estado avanzado del siglo XIX, con el advenimiento de los fusiles rayados, cuando los militares se den cuenta del grave error que supone agruparse en apretadas filas, cuando se tiene que hacer frente a fuerzas “atrincheras” dotadas de fusilería “moderna”.
A finales del XIX se había producido una rápida evolución armamentística, que había dejado obsoletas todas las tácticas militares utilizadas hasta el momento. Las “grandes potencias” no dudaban en enviar observadores a las zonas en conflicto con un claro objetivo: comprobar sobre el terreno cómo funcionaban los nuevos adelantos bélicos. De hecho todos los ejércitos “modernos” de finales del XIX y principios del XX mostraron su propia evolución en relación con la ingeniería militar y los elementos de fortificación; apostando fuertemente por los “campos atrincherados”, que llegarían a su máxima expresión durante la I Guerra Mundial.
Se puede afirmar que la última Guerra Carlista sirvió como banco de pruebas para el desarrollo de la “trinchera moderna”, con óptimos resultados, especialmente para el campo carlista. Ya hemos comentado que se trata de “guerra moderna”, con una amplia presencia de fusiles y artillería de retrocarga. Sin embargo, el ejército carlista, en comparación con el liberal, exhibía algunas desventajas logísticas: dificultades para armar a sus hombres de forma homogénea, una fuerza de artillería eficaz, pero escasa en número, y por último, una notable carestía y problemática para reponer el elevado consumo de municiones que acarreaba el utilizar fusiles de retrocarga y cartucho metálico. De hecho, al soldado carlista se le aleccionaba para economizar sus municiones, tomando el ataque a la bayoneta como un principio y no como un último recurso. Como ejemplo:
“Orden general del 19 de Febrero de 1874, en San Salvador del Valle.—Estando atrincheradas todas nuestras fuerzas que ocupan la primera línea de nuestras posiciones, prohíbo absolutamente, y los jefes de los cuerpos serán responsables, que se rompa el fuego á más distancia que á cien metros, y esto en el caso de que el enemigo se presente en el orden cerrado, pues haciéndolo en el abierto ó de guerrillas debe despreciarse, aunque la distancia sea de veinte pasos; porque mucho más nos hemos de hacer respetar conservando nuestras municiones que consumiéndolas inútilmente, y en último caso, haremos uso de las bayonetas para rechazarlos y obtener una victoria que de seguro ha de conducir á nuestro Soberano al solio de sus mayores.—Los jefes leerán esta orden general á sus respectivos batallones. El Comandante General interino Nicolas Ollo”.

Pedro Ruiz Dana
Posiblemente el mejor resumen de datos referentes a la evolución de las fortificaciones carlistas la encontramos en las publicaciones que el militar Pedro Ruiz Dana realizó tras la finalización de la guerra. En su libro “Estudio de la Guerra Civil” presenta un repaso de la evolución de los trabajos de defensa emprendidos por el ejército carlista, teniendo en cuenta la supremacía artillera de las tropas gubernamentales. Dana establece que si bien desde prácticamente el principio de la guerra el ejército carlista no funcionaba en masas compactas, lo que dificultaba la acción de la artillería, las defensas fueron siendo mejoradas a medida que transcurría la contienda.

“[…] en Montejurra, el 7 de Noviembre, ya combatieron (los carlistas) en orden disperso, siempre en la defensiva táctica, y sus masas aprovechando los pliegues del terreno á cubierto de los fuegos de nuestra artillería. En este combate por primera vez habían construido algunos atrincheramientos en la falda de Montejurra y Monjardin, valiéndose de setos y vallados que separan las heredades y formando en ellas parapetos ordinarios con tierra y piedra. Como tenían bastante relieve presentaban blanco á nuestra artillería, que les causó gran destrozo. […]”

Al respecto un veterano carlista, Jose Antonio Ysac Arteaga Ybarburu (Donostia 1853 – 1934) comentaba sobre sus primeras fortificaciones:

 “Las trincheras eran de tepes. Con poca profundidad dentro. Las granadas de cañón las agujereaban y traspasaban. Teníamos que estar acurrucados”.

No tenía que ser nada fácil para los soldados soportar un desgaste artillero en semejante condiciones; lo que obligó al Cuerpo de Ingenieros a trabajar en el plano de la mejora defensiva. Continuamos con la información recogida por Ruiz Dana.

“Comprendiendo que los efectos de nuestra artillería habían de serles fatales, con el fin de inutilizarlos y ponerse á cubierto dé sus fuegos dedicaron toda su atención á perfeccionar las trincheras y obras de campaña. Las condiciones especiales de sus tropas , poco aguerridas y consistentes (tal vez sería más preciso hablar de tropas con poca artillería y escasas municiones), les hacía por necesidad adoptar aquel género de combate; y nosotros, sin estudiar detenidamente el efecto de la nuevas armas de fuego, seguíamos creyendo que en la ofensiva táctica y en el ataque á la bayoneta estribaba, como en otro tiempos, el éxito del combate y daba la victoria.”

Los mandos de ambos ejércitos provenían de las mismas escuelas militares, se conocían, en muchos casos eran incluso amigos, así que presentaban idénticas y desfasadas tácticas militares: “ofensiva táctica y ataque a la bayoneta”. Pero mientras el ejército carlista, por pura necesidad de supervivencia, se vio en la obligación de actuar en la mayoría de las situaciones a la “defensiva”, el ejército gubernamental siguió enviando a sus hombres al asalto directo. El propio Ruiz Dana lo reconoce:
“Los crueles escarmientos no eran bastantes para hacer desistir de tan errado proceder y modificarlo convenientemente. En Diciembre del mismo año, en él combate de Velabieta, los enemigos, siempre por necesidad en la defensiva, han mejorado ya sus atrincheramientos; construyen una zanja, pero no para que sirva de foso, sino para ocultar en ella á los defensores' con la tierra forman delante un pequeño parapeto. La zanja es bastante ancha, un metro y medio, y el parapeto presenta un blanco á nuestra artillería que les hace gran daño. Sitian Bilbao, y para oponerse al ejército, que desde Santander acude á su socorro, llenan de trincheras todo el valle de Somorrostro, de la misma anchura que las de Velabieta, pero ya no zanja, sino que le forman con tepes de muy pequeña altura para que presente el menor relieve posible, y por lo tanto el menor blanco á la artillería. […] los atrincheramientos son líneas continuas enlazadas por reductos […]. Desde los combates del mes de Febrero á los de Marzo (los carlistas) no habían descansado ni un momento en la construcción de nuevas trincheras, y aún seguían haciéndolas después de los del segundo de aquellos meses, pero con importantes modificaciones. La zanja era más profunda, lo necesario para cubrir á un hombre; con la tierra extraída no formaban parapeto ninguno, sino que, al contrario, la esparcían; de este modo, aleccionados por la experiencia, hacían ineficaces los fuegos y los efectos de nuestra artillería; no solo no presentaban estas trincheras blanco alguno, sino que se ignoraba su existencia, hasta que el día de combate nos sorprendía el fuego que hacían desde ellas. Era tal su número que no era posible que las tropas marchasen ál asalto sin que sintiesen los terribles efectos de los fuegos de ambos flancos y algunas veces los de retaguardia. […].

Hemos llegamos a una fase crucial, aparece el primer “campo atrincherado moderno” de la guerra carlista. En los campos de Somorrostro, entre febrero y abril de 1874, uno de los ingenieros carlistas, José Garín, acuciado por la necesidad de proteger un frente de batalla extenso en longitud, con escasas tropas y poca artillería, desarrolla un tipo de trincheras que serán observados con notable interés por militares, tanto nacionales como internacionales. Apalategui recogió el siguiente comentario:

“Gracias a Garín se debió principalmente la excelente orientación del atrincheramiento de Somorrostro. Me contaba (Marcelino) Saleta (militar del ejército gubernamental):
-Cuando en marcha desde Castro Urdiales desembocamos ante el campo atrincherado de Somorrostro y contemplamos aquellas trincheras, que no había manera de enfilarlas, nos preguntábamos todos: «Pero ¿quién ha dirigido la construcción de esas trincheras?». «Pepe Garín» se nos contestó”.

José Garín Vargas
No me puedo resistir a insertar una pequeña biografía del diseñador de este campo atrincherado de Somorrostro. José Garín Vargas Zúñiga (Manila 1841 – Madrid 1907) pertenecía a una familia aristocrática sevillana. Su padre, Vicente Garín González, era brigadier del ejército y su madre, María del Carmen Vargas Zúñiga y Federighi, hermana de la Condesa de Oliva, María del Amparo de Vargas Zúñiga y Federighi.

Comenzó estudios de seminarista pasando a la ingeniería militar en Guadalajara. Cuando terminó la carrera quedó como profesor en la misma Academia. Para 1866 ya tenía el grado de capitán de ingenieros. Respecto a su carácter y convicciones religiosas su hija contaba:

Era muy aficionado al teatro; pero como hubiese alguna escena inconveniente, no tenía el menor reparo en levantarse de la butaca y salirse del teatro en medio del abucheo general. Por no sé qué caso, fue desafiado. Garín se negó a batirse, alegando la prohibición de la Iglesia. Por entonces no se toleraba entre militares el no aceptar un desafío y se le hizo el vacío, y aun se creyó llegado el caso de arrojarle del Cuerpo (de Ingenieros). Garín por nada se intimidó”.

Durante la sublevación de 1866 del cuartel de artillería de San Gil contra la reina Isabel II en Madrid, Garín se ofreció para tomar al asalto una de las barricadas que los golpistas habían colocado.

“Había una barricada en la (Calle) Preciados, entrada a la Puerta del Sol. Se ofreció Garin a asaltarla. Se le dieron dos compañías y él marchó a su cabeza por la Calle de Leganitos, teniendo la suerte de entrar dentro de la barricada. Aquel día se acabó el pleito del desafío”.

A los 28 años ya tenía el grado de comandante. Pero con la revolución de 1868, y tras el derrocamiento de Isabel II, la familia presionó para que no sirviese a los intereses del nuevo gobierno, por lo que se retiró del servicio militar durante el mandato de Prim, para seguidamente pasarse al campo carlista. Tras el alzamiento carlista sus bienes fueron confiscados. Durante la guerra formó parte destacable del Cuerpo de Ingenieros, aportando sus conocimientos no solo en el campo militar, sino también como profesor en la Academia de Ingenieros que los carlistas habían instaurado en Bergara.

Se casó con una joven estellesa: Jacoba Modet Ibargoitia (†1899). Tras la guerra pasó a Francia donde estuvo varios años exiliado en Burdeos, dando lecciones de matemáticas y castellano, con una exigua paga. Su mujer comentaba: “El único obsequio que recibí de mi marido mientras estuvimos en Burdeos, fue cada domingo un pastel de 10 céntimos”.

La pareja retornó finalmente a Madrid donde continúo dando clases, pero nunca quiso volver a incorporarse al ejército. Allí nacieron 4 hijos: José, Juan (1883 – 1922), Amparo (1889 – 1945) y María.

Soldados en trinchera.
 Fotograma tomada de la película  "Vacas"
Ya anciano veraneó en Zumaia con sus hijos Amparo y José. Este último comentaba: “A mí me es imposible ser carlista, sabiendo, que mientras mi padre, después de sacrificar carrera y hacienda, vivía en Burdeos ganando 2 francos diarios, al mismo tiempo estaba D. Carlos en París, dado a una vida de juergas y francachelas”.

Para finalizar esta biografía un último apunte anecdótico. Su hijo Juan, ingeniero de minas fue unos de los precursores de la espeleología en España, así como un reputado arqueólogo.

Y tras este pequeño paréntesis, comentar que el campo atrincherado de Somorrostro no pudo ser tomado al asalto por las tropas gubernamentales, sino que ante el peligro de quedar copados por un acertado movimiento envolvente, las tropas carlistas se vieron en la obligación de retirarse de sus trabajadas defensas. 

Continúa Dana Ruiz explicando: “En la batalla de Estella ocurrida en el mes de Junio de 1874; toda la divisoria, de aguas entre el río Ega y su afluente el Iranzu estaba cubierta de trincheras de las adoptadas en Somorrostro; pero aquí no forman ya líneas continuas, sino que sólo tenían 15 á 20 metros de longitud y sus extremos en forma de corchete; todas las alturas, laderas y puntos culminantes los tenían literalmente cubiertos de trincheras; ocupaban y defendían aquellas que les convenía, según por donde marchasen las tropas al asalto; los efectos de la artillería son completamente nulos contra semejantes .defensas; es materialmente imposible poder meter las granadas en una zanja de medio metro de anchura; sus defensores, al verlas caer de cerca, se ocultan en el fondo de la zanja y al estallar el proyectil sus cascos pasan por encima sin ofenderlos; prontamente se incorporan y continúan haciendo fuego. El efecto de la artillería sobre este género de trincheras es tan ineficaz, se ha anulado de tal modo, que una batería de 40 piezas emplazada para batirlas de Montemuro no logró los efectos que se esperaban. […]”.

Finalmente afirma lo siguiente: 

“Especial estudio merece esta guerra, por la aplicación que puede tener en al porvenir el sistema de trincheras. […] Los carlistas han desplegado en esta guerra un lujo de atrincheramientos de campaña que merece estudiarse detenidamente; tal es su importancia y tales los efectos que con semejante clase de obra pueden obtenerse”.
Alexander Tulloch
¿Y qué pensaban los militares extranjeros de la “trinchera carlista”? Sir Alexander Bruce Tulloch (1838-1920) era oficial de inteligencia militar de Inglaterra. Ingresó en los Royal Scots en 1855, sirviendo en la guerra de Crimea, India, China y Egipto. Posteriormente trabajó en el Departamento de Inteligencia siendo enviado en misiones de observación a Bélgica, Creta y España. Recibió distintas distinciones militares, escribiendo varios libros y artículos sobre cuestiones militares. Pues bien, en su libro “Recollections of forty years service” comentaba lo siguiente respecto a lo que había vivido en la última Guerra Carlista:

The men of both armies had had so much experience in field fortification, and more particularly trench construction, that they did not require assistance from engineers in that respect. The trenches, with their covered passages and protection against enfilade fire, were models of what trenches in such a country ought to be,-very different from the amusing little playthings in our service, at that time known as half hour and one-hour shelter – trenches”.

Tulloch muestra su admiración por el tipo de atrincheramientos generados, tratando de forma jocosa las estructuras que su propio ejército construía en esos momentos. Sin embargo, encontramos otro comentario de la misma procedencia en el libro “Defence and attack” del teniente coronel H. Schaw del Cuerpo de Ingenieros Reales:

He (Tulloch) stated that on one occasion, he was present with a Spanish Force attacking some Carlist trenches, a line regiment was in front, when it arrived within a certain distance, the Carlists (a Navarre Battalion) rushed from the trench with levelled bayonets, the line regiment broke and ran, the Carlists killing many of them; behind the line regiment was a battalion of “Cazadores”, who allowed the runaways to pass through their ranks, then closed up and met the Carlists with the bayonet also; a regular hand-to-hand fight of some minutes took place, the Carlists were driven back, and the position was carried.

There can be no doubt that had the Carlists continued to fire steadily from their trench, they would not have been driven out of it, and the losses of the assailants would have been far greater”.
Para Tulloch y Schaw era difícilmente compresible que unas tropas que habían trabajado denodadamente en construir un efectivo elemento defensivo, salieran del mismo para proceder a un ataque a la bayoneta. La trinchera “moderna” ya estaba desarrollada, sin embargo, la oficialidad todavía mantenía tácticas del pasado. Estos ejemplos fueron bastante comunes por parte de ambos ejércitos, donde los mandos no dudaban en calificar como poco “honrosa” y carente de gloria el permanecer agazapado en trincheras.
Tras la finalización de la guerra la estructura defensiva fue incorporada a muchos manuales de fortificación.  Son varias las referencias que hemos localizado gracias a la colaboración de Jose Angel Brena Alonso, donde se describe el funcionamiento, construcción y uso de las “trincheras carlistas”. Entre estos tratados de ingeniería militar cabe citar: "Nociones de Fortificación de Campaña" publicado en 1882, de Jose Villalba Riquelme (1856 -1944), “Fortificación de Campaña y Permanente” (1888) de Jose Maria Soroa Fernandez (†1930), “Lecciones de Fortificación” (1898) de Joaquin de la Llave Garcia (1853 – 1915) y en ese mismo año, “Fortificación de Campaña” de Eusebio Torner de la Fuente (1861 -1913).

Según indica el ingeniero militar Joaquin de la Llave Garcia, “el reglamento táctico de 1881 admitió la “trinchera carlista” con el nombre de zanja-trinchera”; si bien también indicaba que “en realidad, su origen es anterior a nuestra guerra civil (carlista), pues fue ya propuesta en Austria hacia 1872 por el coronel de ingenieros Candella; después fue también empleada por los turcos en 1877” .

"Trinchera carlista" según manual de Nociones de
Fortificación de Campaña (1882)
En cualquier caso las descripciones se repiten insistiendo en su carácter de elemento de fortificación de sencilla concepción: una zanja de 1,40 metros de profundidad, sin parapeto, y de 50 á 60 centímetros de anchura, donde las tierras resultantes de la excavación se esparcen, de modo que no puedan ser apreciadas desde lejos. “Los soldados se colocan en una sola fila y apoyan sus fusiles en el terreno natural para hacer fuego; y cuando se ven muy expuestos al de la artillería enemiga, se agachan dentro de la trinchera, que por otra parte se encuentra poco expuesta á los efectos de las granadas y del shrapnel por su poquísima anchura y ningún blanco”. En contrapartida a su manifiesta utilidad, Joaquin de la Llave no dudaba en afirmar: “Este género de trinchera exige un trabajo excesivo para su construcción, por la necesidad de hacer desaparecer las tierras, por la gran profundidad y pequeña anchura de la zanja, que dificulta la ejecución, y por los detalles que necesita”.

Más extensa es la descripción de “trinchera carlista” que realizó el ingeniero militar Eusebio Torner y que a continuación transcribimos: 

“En la última guerra carlista emplearon los partidarios del pretendiente unos atrincheramientos, constituidos cuando ya se llegó a hacerlos con toda perfección, como sigue:

Por lo que se refiere al perfil, eran unas trincheras sin parapeto, ó con uno de muy poca altura hecho de hiladas de tepes; de anchura suficiente para circular por ella de frente, ó dejar paso a la espalda arrimándose á uno de los taludes; y de profundidad tal, cuando la naturaleza del terreno lo permitía y no se ponía parapeto que descubriese solo la cabeza, aunque alguna vez fuera mayor, quedando un hombre enteramente oculto.

En los taludes de la excavación, había alternadamente pequeños socavones para poner los pies y salir pronto al exterior, ó para elevarse más sobre el terreno cuando convenía descubrir mejor sus inmediaciones; empleándose también para este objeto piedras colocadas en el fondo. Para hacer fuego el tirador se elevaba sobre el fondo de la trinchera, descubriendo solo la cabeza, o se servía de pequeñas miras ó ranuras, abiertas en el suelo.
Para hacer el trazado se seguían generalmente las curvas de nivel, huyendo de las enfiladas y dominándose y flanqueándose sus diversos trozos, según los accidentes del terreno, cuyos escarpados barrancos y quebradas utilizaban con singular acierto. Al principio eran estas líneas largas; después no formaban ya líneas continuas y sólo tenían 15 á 20 m. de longitud.

Recreación de una trinchera carlista.
Tomado del "Diario de Navarra"
La entrada á las trincheras se hacía generalmente por las extremidades, que estaban en fórmula de corchete y terminaban á la espalda de las posiciones, o en barrancos o vertientes ocultas. Para evitar el que desde lejos fueran visibles, además de esparcir y ocultar la tierra que provenía de la excavación, cubrían alguna vez con ramaje o tepes el corte posterior, cuando por la pendiente del terreno llegaba a descubrirse por alguna parte; de tal manera resultaban ocultos así, que no se descubrían ni con anteojos, pues tomaron también la precaución de no situarlas en líneas que formaran horizonte. Estas defensas no se ocupaban en general hasta que se divisaban tropas, para ellos enemigas, y como todas las alturas, laderas y puntos culminantes los tenían literalmente cubiertos de trincheras, ocupaban y defendían aquellas que les convenía, pero no de un modo cualquiera, sino con arreglo á instrucciones que se dieron á oficiales y soldados, sobre el modo de utilizar sus ventajas. Gran número de baterías ayudaban muchas veces á la defensa de las trincheras, y hay que confesar que unas y otras estaban construidas con inteligencia y perfección.

Efectivamente: ocultas como se hallaban de las vistas, y dada su pequeña anchura, los efectos de la artillería eran completamente nulos por la pequeñísima probabilidad de que caiga un proyectil en una zanja de medio metro de anchura, y porque los proyectiles que caían cerca no causaban bajas en la mayor parte de las ocasiones, por la rapidez y facilidad con que los defensores podían ocultarse, y dejar pasar los cascos por encima. Este efecto era tan pequeño, que una batería de 40 piezas, emplazada para batir las construidas en Monte Muro, no logró los efectos que se esperaban.

Sin embargo, presentan un trabajo excesivo para su construcción, por la necesidad de hacer desaparecer las tierras, por la gran profundidad y pequeña anchura de la zanja en algunos casos, que dificulta la ejecución, y por los detalles que necesitan; es decir, que constituye un atrincheramiento de posición, no del campo de batalla como algunos equivocadamente le han considerado. Este inconveniente, los carlistas en la mayor parte de los casos, no lo encontraron; porque por lo regular sus ingenieros las trazaban, y los pueblos, según las instrucciones que recibían, quedaban encargados de excavarlas tranquilamente, siendo muy raro que los batallones carlistas ayudasen á abrirlas como en Somorrostro y Oteiza”.

Tropas Norteamericanas en una trinchera
durante la guerra Hispano-Amricana
La “trinchera carlista” será común en la Guerra Hispano-Americana (1898) e incluso en la Filipino-Estadounidense de 1899. Según queda recogido en el Annual Reports of the War Department de 1900 de los Estados Unidos, los filipinos tomaron “prestada” esta estructura utilizándola en la defensa de la denominada “línea de Paruao”. Según consta en un despacho enviado al general Venancio Concepción al cargo de la defensa de dicha línea: 
“ […] in order to defend those positions as long as possible, beating with a rine fire at known ranees the railroad track and the Malmlacat cart road, in combination with other similany located and similarly constructed trenches among the most elevated positions of the highland of Iba, so that the defenders thereof may be able to dominate with their fire the line of attack indicated. In each case the profile known as the “Carlist trench" or “ Zanja trench " should be used”.
Habían transcurrido 25 años desde la batalla de Somorrostro donde se habían sentado las bases de la estructura de defensa conocida como “trinchera carlista”. Faltaban tan sólo 15 para el comienzo la I Guerra Guerra Mundial.

Entrada Actualizada: 18/01/2016

2 comentarios:

  1. Si debían ser buenas las trincheras de Montaño que se reutilizaron durante la guerra civil, aunque en este caso no hubo grandes combates. Por la zona de Santa Juliana hay "líneas sospechosas" que, en atención a los grabados, podrían ser restos de estas trincheras carlistas. Un saludo. Armando

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  2. Tanto Santa Juliana, como San Pedro de Somorrostro estaban convertidos en fuertes reductos. Es muy probable que esas "lineas sospechosas" sean parte de las defensas. No estaría demás hacer una georeferenciación de las mismas.
    Un saludo y perdona el retraso en contestar.

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