viernes, 7 de abril de 2017

Campaña de Somorrostro: La Batalla de “Las Muñecas”

En 2016 el Gobierno de Cantabria ha publicado la memoria de Actuaciones Arqueológicas en Cantabria 2004-2011, donde se recogen las intervenciones arqueológicas de carácter científico que entre los años 2004 y 2011 han contribuido a un mejor conocimiento de la historia de Cantabria. Entre los trabajos de arqueología antigua (y no tan antigua) que componen el volumen, se incluye la Prospección arqueológica del área relacionada con la Batalla las Muñecas de la Guerra Carlista (1872-1876) - Elaboración de un inventario arqueológico basado en un Sistema de Información Geográfica. Bajo este largo título se resume un estudio que, en el momento de su realización, supuso una pionera aproximación al conocimiento de los campos de batalla en la provincia de Cantabria; dentro de un ámbito histórico poco trabajado, pero que ya cuenta con citas de referencia como las clásicas de Emilio HerreraFernández Benítez y Sánchez Gómez, a las que se suman las relativamente recientes publicaciones de Ramón Villegas, y a las que se incorporará, en breve plazo, el trabajo que Rafael Palacio está cerrando en relación con la última guerra carlista en Cantabria.

Defensas liberales en Bilbao
Archivo Diputación Foral de Bizkaia
Ya hemos citado en varias entradas del blog las Batallas de Somorrostro: Una campaña de guerra estática que a lo largo de los primeros meses de 1874 desangró a una importante parte de la juventud enrolada por voluntad o por obligación en los ejércitos carlista y liberal, y donde en materia de ingeniería militar, se perfeccionó la guerra de trincheras. En el contexto de esta campaña nos encontramos con la Batalla de Las MuñecasAcción de Las Muñecas o Paso de Las Muñecas que hace referencia a las operaciones militares que comenzaron un 27 de abril de 1874 con el objetivo por parte del ejército liberal de tomar posesión del puerto de montaña de “Las Muñecas” dentro del municipio de Castro Urdiales. Este punto, límite provincial entre el territorio cántabro y Bizkaia, permitía un acceso rápido y directo al valle del Barbadun y posibilitaba el flanqueo del campo atrincherado que los carlistas mantenían en Somorrostro. 

A pesar de la relevancia que tuvo esta confrontación por el control de este elemento geográfico dentro de la Campaña de Somorrostro, no son precisamente abundantes las descripciones pormenorizadas de lo ocurrido en las faldas y cerros que daban paso a “Las Muñecas”; y prácticamente son nulas las narraciones de los propios combatientes. El Padre Apalategi apenas recogió en sus notas un par de registros donde los veteranos relataron detalles de aquella acción. Inevitablemente esto supone una pérdida de “humanización” en el relato que ha llegado hasta nuestros días, donde la épica, la táctica, los números y los "grandes" generales toman el protagonismo, dejándonos por el camino la “microhistoria” de varios miles de hombres que lucharon aquel día. 

Aprovechando que en este mes de abril de 2017 se cumple el 143 aniversario de esta batalla, se presenta una reconstrucción de los hechos basada en la distinta bibliografía y relatos consultados, completados con algunos datos aportados por los trabajos de prospección realizados en el campo de batalla en el 2011.

A modo de anécdota: al igual que ocurrió en la I Guerra Carlista con la Batalla de Ramales, será en territorio cántabro y no en el vasco-navarro, donde se fraguará la lucha que determinará notablemente el devenir de la guerra en el Norte. Y a  modo de curiosidad: en ambas batallas tendrá un papel destacado el mismo oficial carlista.

Los Comienzos

Francisco Serrano, Duque de la
Torre
Tal y como ya describimos en la entrada al blog “Serrano, Concha y Villegas: El Levantamiento del Sitio de Bilbao”, Francisco Serrano y Domínguez, Duque de la Torre, Presidente del Poder Ejecutivo de la efímera I República y general en jefe del Ejército del Norte había llegado al teatro de operaciones de Somorrostro con refuerzos y numerosa artillería, en sustitución del derrotado general Domingo Moriones Murillo; pero las perspectivas de un éxito fácil sobre la “pandilla de sacristanes, mal armados, peor vestidos y deficientemente mandados”, se evaporaron ante la visión del campo atrincherado que los carlistas habían construido en Somorrostro. Con un Bilbao donde seguían lloviendo proyectiles carlistas, una opinión pública que clamaba por una victoria contundente y corresponsales extranjeros cubriendo la evolución del frente en Somorrostro, Serrano no podía permitirse fallo alguno que hiciera peligrar, no sólo su reputación, sino también el gobierno que encabezaba. Sin embargo, la batalla de San Pedro de Abanto (Marzo de 1874) supuso que tras tres días de enconada lucha, los ejércitos quedaran tremendamente vapuleados, con los carlistas aferrándose a su terreno, y los liberales, habiendo realizado pequeños avances que no justificaban en modo alguno el precio en sangre y material pagado en los campos de Somorrostro.

Hospital de sangre en el Norte. Álbum Siglo XIX
Ante la posibilidad de quedar estancando en aquella situación, Serrano retomó el plan de flanqueo que había sido desarrollado inicialmente por el general cántabro Juan José Villegas Gómez.

Es la figura de Villegas un gran olvidado y damnificado de la historia contemporánea en Cantabria: Siendo un republicano convencido, durante el proceso de restauración monárquica en la figura de Alfonso XII, su persona quedó relegada a un segundo plano de la actividad política-militar del momento. Era un gran conocedor del terreno donde se estaba luchando y de la capacidad de resistencia del ejército carlista, apostando por movimientos estratégicos que se alejaran del asalto a la bayoneta calada sobre fuerzas atrincheradas y haciendo reiterados llamamientos (con muy poca repercusión) sobre la necesidad de terminar con la guerra entrando en Bizkaia por el valle del Kadagua; y en detrimento de hacer de Navarra el teatro de operaciones principal por el que apostaban el resto de grandes generales.

Manuel Gutierrez de la Concha.
Tomado de euskomedia.org
Serrano, haciendo parcialmente suyas las recomendaciones de Villegas y convencido ya de la inutilidad de estrellar su fuerzas ante el muro de Somorrostro escribió al Ministro de Guerra en Madrid la siguiente carta: “Creo indispensable recurrir a un movimiento estratégico que al menos desguarnezca de fuerzas enemigas la línea envolvente que tenemos en nuestro frente de ataque. En este concepto, ante una necesidad apremiante creo conveniente que el nuevo cuerpo de ejército que se organice se sitúe en los pueblos de los alrededores de Santoña y se mueva en dirección de Valmaseda, por caminos y valles a la vista de los montes de Galdames, de manera a amagar y cortar al enemigo su retirada envolviéndole por su flanco izquierdo. Es de esperar que aquél acuda en defensa de su amagado flanco y combinado el movimiento de nuestro tercer cuerpo con el ataque de frente en los términos posibles, se obtenga un satisfactorio resultado”

El Presidente/Militar perfilaba ya la necesidad apremiante de crear un nuevo cuerpo de ejército, con más hombres y más material para destinar al Norte con el claro objetivo de “adelgazar” la línea de defensa carlista en Somorrostro. Todo parecía indicar que fuera el propio Villegas el encargado de dirigir este nuevo cuerpo de ejército. Sin embargo, confabulaciones de carácter político dirigidas desde Madrid y aceptadas por Serrano, determinaron que el 4 abril se hiciera oficial el nombramiento de Manuel Gutiérrez de la Concha e Irigoyen, Marqués del Duero, como oficial al cargo del nuevo ejército.

Logística y Planificación

Embarque de tropas en Santander. Álbum Siglo XIX
Concha partió inmediatamente de Madrid en un tren especial hacia Santander acompañado de su estado mayor y del 5º Batallón de Carabineros. El día 8 llegará a la capital cántabra donde le espera Villegas para ponerle en antecedentes en todo lo relativo a la estrategia que había concebido. En este punto, es necesario hacer hincapié en la altruista actuación del cántabro: en una época donde la carrera política y militar estaban profundamente imbricadas, Villegas cedió completamente el protagonismo de la empresa que él mismo había puesto sobre la mesa, acatando en todo momento la órdenes que le fueron dadas.

Tras unos días bajo la tutela de Villegas, el día 13 abril, Concha abandonó la capital en un vapor con destino Castro Urdiales; si bien no desembarcará hasta 3 días después en el pequeño puerto de la villa marinera, debido al mal estado de la mar. Una vez allí es conducido al cuartel general de Somorrostro donde le espera Serrano con el objetivo de visitar y estudiar “las líneas avanzadas del campamento y las posiciones ocupadas por el ejército enemigo”.

Concha procedió a desgranar ante Serrano “su plan” (o mejor expresado, el plan de Villegas) que según recoge Pirala: “[…] desde la primera conferencia manifestose el marqués del Duero partidario de una operación combinada entre el cuerpo del ejército a sus órdenes y el que guarnecía la línea de Somorrostro, indicando que su movimiento fuera por el valle de Carranza, dominándolo y caer sobre Sodupe y Valmaseda, mientras que las tropas del primero y segundo cuerpo operaban por el puerto de las Muñecas, a partir de Castro y Otañes, y amagando sobre el campo atrincherado de San Pedro”. Es decir, sin desviarse un ápice del guión que Villegas había marcado, Concha pretendía desplazar todas las tropas hacia la derecha, bordeando la línea de Somorrostro. En el caso de tener éxito, prácticamente la totalidad del ejército carlista del Norte quedaría cercado.
Esbozo del 1º plan trazado por Concha para la superación de la linea de Somorrostro
y levantamiento del Sitio de Bilbao
Pero Serrano, que había tenido tiempo de madurar el planteamiento inicial que Villegas había puesto sobre su mesa hacia ya un tiempo, niega con la cabeza. La empresa así trazada, además de un quebradero logístico, la consideraba demasiado temeraria. El general Lopez Dominguez en su libro Operaciones del Ejército del Norte dejó constancia de lo siguiente: “En aquella reunión se desestimó lanzar una ataque demasiado a la derecha, por el valle de Carranza, ya que a decir del duque se debilitaba nuestro ataque en todos los puntos, extendiendo demasiado la derecha, que debería marchar aisladamente, para cuyas operaciones no se tenían fuerzas bastantes, ni medios de transporte suficientes, insistía el general en jefe en que la opción más segura sería mover los cuerpos de ejército en contacto, para que pudieras auxiliarse mutuamente, extendiendo menos la líneas táctica, para que no faltasen los medios”

Desembarco de víveres y municiones en Castro Urdiales.
Albúm siglo XIX
Tras dos días en las posiciones avanzadas en Somorrostro, el 18 vuelve Concha a la zona de retaguardia en Castro Urdiales, posicionando en la “Quinta de Miramar” su cuartel general. Desde allí siguió en contacto permanente con Serrano, accediendo a regañadientes a no desplegar sus tropas "en exceso" a la derecha, pero siempre insistiendo en las repercusiones que el éxito "de su plan" originaría en el devenir de la guerra. 

Mientras, el 3º Cuerpo de Ejército se fue formando y concentrando, parcheando la falta de tropas con el despliegue de unidades militarizadas destinadas al mantenimiento del orden; no dudando Lopez Dominguez en hacer la siguiente afirmación: “[…] reunidos todos los cuerpos y medios de refuerzo que el gobierno pudo, dejando para ello desguarnecido el país entero, pues hasta la guardia civil y carabineros fue moviliza en tercios y batallones para operar en Vizcaya”

Las tropas van llegando en ferrocarril hasta Santander y de allí marchan por la costa o son embarcadas hasta sus correspondientes zonas acantonamiento: Laredo, Liendo, Castro Urdiales, Colindres, Limpias y Ampuero; mientras que se reubican en Ontón, Mioño y Sámano, ocho batallones que han sido retirados de la línea de Somorrostro. Estos últimos fueron revistados y arengados por Concha en las planicies de Sámano el 19 de abril, marchando seguidamente el general a la población de Laredo, con la pretensión de coordinar y organizar todas las fuerzas y especialmente, la inmensa logística en pertrechos y transportes que se precisa. Desde allí el general Concha escribirá esta carta que nos transcribe Pirala: “[…] Estoy en extremo ocupado y sin descansar un instante, organizando los elementos tan diversos de este ejército y atendiendo a todos sus detalles, principalmente a la instrucción de los batallones de carabineros y guardia civil, que por primera vez se ven reunidos, y que van presentando muy buen aspecto, y están muy animosos como las demás tropas, ocupados en ejercicios diarios, y al mismo tiempo que los entretienen útilmente, les hace irse desprendiendo del sentimiento natural de haber dejado a sus hijos, pues la mayor parte de los carabineros y muchos de los guardias civiles son casados. Estoy deseando emprender las operaciones, que tengo suspendidas por falta de transportes; pero que muy pronto podré empezarlas. Habló muy largamente con el duque de la Torre y convinimos en apreciaciones hallándole en muy buenas ideas. […]”.

Arsenio Martinez. Tomado de
Foro Dinastías
Concha era muy consciente que la premura y la necesidad de hombres había determinado que un buen porcentaje del nuevo Cuerpo de Ejército lo formasen reclutas que no habían terminado su instrucción, además de presentar grandes unidades de guardia civil y carabineros; hombres cuyas funciones estaban más relacionadas con el mantenimiento del orden que con las maniobras militares. Además, la necesidad de desplazar tropas de otros lugares estratégicos, como las procedentes directamente del frente de Somorrostro, y acantonarlas en las cercanías de Castro Urdiales será criticado por otros generales liberales, ya que facilita a los carlistas el conocimiento del lugar de inicio de la hostilidades. Por su parte, la prensa carlista no dudará en comentar que se “han vaciado las cárceles” para llenar de hombres esta nuevo Cuerpo de ejército. Pero no únicamente de soldados bisoños se ha nutrido este bloque, también se han “rescatado” oficiales de renombre, pero poco afines a la República, que al igual que Concha parecen más proclives a una restauración monárquica que a una república, como es el caso de Arsenio Martinez Campos.

Los nuevos batallones fueron obligados a realizar una acelerada instrucción militar. Según relató en una de sus crónicas el corresponsal del periódico El Imparcial, Mariano Araus Perez: “[…] no cesan sus batallones de instruirse con ejercicios que duran la mayor parte de día. Desde hace tres días se ejercitan en el tiro al blanco, dando por resultado un prodigiosos acierto, como lo demuestran las columnas colocadas a cerca de 1000 metros cubiertas completamente de balazos”. También Eugenio de la Iglesia hizo referencia a este factor: “[…] las tropas del tercer cuerpo se dedicaban asiduamente a perfeccionar su instrucción militar. Los batallones de más reciente creación y los de guardia civil y carabineros que, aunque compuestos de excelentes soldados, carecían de la necesaria unidad y cohesión para batirse en línea, debían, en efecto, prepararse convenientemente para la campaña que iba a emprender”. Pero por si acaso, y para evitar una “posible baja combatividad” en estas tropas, se dieron las siguientes órdenes: “Si algún soldado en los fuegos marchando disparase desde la retaguardia de la línea dando una prueba de aturdimiento o poco ánimo, se le obligará a seguir con solo un cartucho en el punto más próximo al enemigo, sin perjuicio de ser juzgado en consejo de guerra si hubiese causado alguna baja entre los que marchan en su puesto”.

Campamento liberal en Somorrostro. Álbum Siglo XIX
El 20 de abril, el corresponsal ingles Mr. McGraham corresponsal del diario The Evening Star describía el siguiente panorama en las zonas de acantonamiento de las tropas: “[…] Me acerqué a Castro, y no es fácil imaginar un lugar como éste respecto a la suciedad, barro o algo peor. […] Cerca de 700 enfermos y heridos republicanos se hallan en esta ciudad; los ruidos de los trenes militares, la intendencia, departamentos de municiones, vapores que llegan o marchan, carretas cargadas, guías de mulas perjurando, los oficiales gritando a sus hombres, y la población civil apenas se las arreglan para caminar por estas estrechas calles, tan deslucidas y abandonadas que ni siquiera podrían llamarse calles […]”. Tras dejar atrás esta visión tan deprimente, Mac Graham se desplaza a Laredo: “[…] estaba amaneciendo cuando entramos en Laredo y los soldados salían de sus alojamientos mientras sonaban toques de corneta. Me dicen que se encuentran unos 9000 soldados en una ciudad que no llega a los 3.000 habitantes […]. Laredo es una ciudad con calles limpias y bonitas, al pie de una colina y protegida por varias montañas; debe ser una agradable residencia de verano, a juzgar por las preciosas villas con que cuenta, cerca de la playa. En una de estas villas está el cuartel general del marqués del Duero, y las tropas acuarteladas, además de aquí, en Colindres, Ampuero, en Santoña y en los pueblos de alrededor. He visto artillería, con cañones de montaña, y me dicen que el 3º Cuerpo tendrá 32 piezas artilleras, y cerca de un millar de jinetes, en húsares y lanceros. Los guardias civiles y carabineros (que constituyen las unidades principales del ejército de Concha) son soldados veteranos y tienen la confianza del Mando, pero ellos no están a gusto, y piensan que un convenio o rápida restauración de D. Alfonso pondrá fin a esta guerra. Se quejan de tener que hacer trabajos denominados mecánicos, ya que fueron antes gendarmes, o en misiones de aduanas. También he visto bastantes ingenieros. Creo que deben estar esperando a contar con suficientes municiones y provisiones.[…] El general Concha está deseoso de recibir cuanto necesita para ponerse en marcha, y ha considerado el día 25 o 27 como fechas más apropiadas, pero creo que no estarán a punto ni la intendencia ni los arsenales de municiones. […]”.

Carros utilizados para el transporte. Álbum Siglo XIX
Por su parte, Araus en su crónica del 23 de abril al diario El Imparcial afirmaba: “[…] Creo ya inminente el choque de nuestro ejército con las fuerzas rebeldes. El movimiento extraordinario que por toda partes se nota, el envío a Somorrostro de municiones sacadas de los almacenes de Castro, la premura con que se remiten a esta población los vivieres destinados para el 3º Cuerpo de ejército, y en fin, cierta órdenes dadas a los cuerpos que forman la tercera división ya cantonada hoy en Mioño, todo indica la proximidad del encuentro preparado durante un mes. No se crea por eso que mañana mismo van a emprenderse los movimientos de nuestro ejército, quizá se demoren tres cuatro, cinco días, porque falte alguno de esos elementos de mero detalle, cuyo concurso en necesario; pero de todos modos, las operaciones no se aplazaran a mi juicio más allá de la semana actual. […]”.

Concha mantiene contacto directo con Serrano informándole de los avances, que son contestados “aprobando cuanto indicaba”, pero recordando “e insistiendo siempre en no dar demasiado desarrollo al ala derecha, en el primer movimiento entre otras cosas por la carencia de transportes […]”. Lo cierto era que se habían comprado, requisado, pagado o alquilado carros, con sus correspondientes arrastres animales para el transporte de toda la intendencia y pertrechos necesarios.

El 3º Cuerpo de Ejército Liberal

Organización del 3º Cuerpo de Ejército. Tomado de
Narración Militar de la Guerra Carlista 
Para el 26 de abril, en un alarde de movilidad que el ferrocarril ha permitido y que los carlistas han sido incapaces de frenar, ya se han reunido todas las fuerzas que forman el 3º Cuerpo de Ejército liberal del Norte. Esta formado por 26 batallones fragmentados en 3 divisiones, varias baterías de artillería (14 Plasencia y 6 Krupp), varias compañías de ingenieros y caballería, con un total de 16.596 hombres. La primera división queda acantonada en Guriezo, la segunda en Limpias, Ampuero y Sámano, y la tercera en Sámano, Onton y Mioño con dos batallones en Guriezo. El cuartel general en Laredo, y los ingenieros y artillería montada en Castro Urdiales. 

Este 3º Cuerpo de Ejército sumado al 1º y 2º que ya se encontraban en Somorrostro bajo el mando de Serrano, hace que las tropas destacadas para la liberación de Bilbao asciendan a 33.000 hombres, a los que se añadían los efectivos de la armada, que colaboraba con sus baterías al cañoneo de la línea carlista, además de ayudar en el trasporte de material y tropas.

Las Dudas Carlistas

Joaquin Elío.
Álbum Siglo XIX
Los carlistas contaban con sus propios informantes, siendo plenamente conscientes de la creación de un nuevo ejército ante sus propias narices y de la urgente necesidad de tropas y material para hacerles frente. La muerte del general en jefe de las tropas en Somorrostro pocos días antes, Nicolas Ollo Vidaurreta, había sumido al estado mayor carlista en un estado de falta de iniciativa. Se asignó a un delicado de salud, Joaquin Elío Ezpeleta la complicada tarea de seguir los movimientos de estas tropas y según relata el por entonces oficial de artillería carlista Antonio Brea: “[…] dejando en Somorrostro al General Dorregaray al frente de las tropas que guarnecían dicha línea, tomó (Elío) el mando de una División de once batallones, y se situó con el General Lizárraga en Traslaviña, como punto céntrico de la nueva línea de defensa que estableció en esta forma: El General Andéchaga, con dos batallones de Encartados, en Talledo (1º y 2º de Encartaciones); el Brigadier Yoldi, con los cántabros, en Muñecaz (sic) (1º y 2º de Cantabria); el Brigadier Aizpurúa, con los batallones 7.° y 8º de Guipúzcoa, en Villaverde; y el General Martínez de Velasco, desde Santa Cruz de Arcentales hasta Carranza, con los cuatro batallones de Castilla y el de Asturianos [...]". Salvando el pequeño refuerzo que suponía el pequeño batallón de Asturias, que rondaban las 500 plazas, lo cierto era que el ejército carlista se veía incapaz de incorporar más hombres o material a la zona, con prácticamente el 90% del Real Ejército del Norte ya comprometido con la línea de Somorrostro y el Sitio de Bilbao.

A pesar de las evidencias claras que presumían un ataque desde Castro Urdiales, Elío observaba con preocupación otros movimientos de tropas liberales que amagan por otros pasos de las Encartaciones, y que ponían en peligro la villa de Balmaseda, abriendo el valle del Kadagua; en tal concepto, se estaban construyendo atrincheramientos en todos los pasos de la carretera desde Gibaja a Villaverde. Según cita Pirala: “Sostenía Elio, contra la opinión de los jefes carlistas subalternos, cuando se hablaba de las operaciones, que Concha no cometería la torpeza militar de forzar el paso de las Muñecas, que cuando más haría una tentativa para llamar la atención, pero que su objetivo debía ser Valmaseda, y si envío a Andechaga con sus dos batallones a ocupar Talledo, fue más bien para que estuviera observando al enemigo y le diera parte de sus movimientos”

Mariano Araus, Corresponsal del "Imparcial".
Álbum Siglo XIX
Por su parte el corresponsal Araus escribía el 27 de abril: “[…] Indudablemente los carlistas andan un tanto desconcertados acerca del plan de campaña próximo a realizarse por nuestro ejército. En una de mis anteriores cartas procuré describir las posiciones que habían tomado y estaban fortificando para defender el paso de las Muñecas. Cuando recorrí, hace cuatro días, ese terreno, ví, como os decía, muchas fuerzas enemigas, así en el punto más culminante de la carretera como en las alturas que dominan el pueblo de Otañez (sic), donde han construido fuertes trincheras. En mi expedición de ayer a los mimos lugares el cuadro había cambiado. Siguiendo la carretera de Valmaseda, hoy completamente desierta, llegamos hasta Otañez, […] subiendo desde allí a la grande altura de Setares, pues yendo desarmados, hubiera sido una temeridad seguir adelante, exponiéndonos a caer en manos de los aduaneros situados en el mismo Otañez. Desde la cima de Setares puede examinar perfectamente y en toda su vasta extensión el teatro de las operaciones desde la sierra de Trucios hasta los límites de los montes de Triano, donde se apoya el ala izquierda enemiga en la línea de San Pedro de Abanto. Hasta ese momento no había podido formar un juicio exacto de las formidables defensas que para el paso de nuestro ejército pueden oponer los carlistas en toda esta zona de Vizcaya. […] Las carreteras se hallan flanqueadas casi sin interrupción por alturas inaccesibles privadas de toda vegetación, desde las cuales pueden a mansalva fusilar a los soldados del progreso. Si por ventura hay un monte, una colina, una cañada cubierta de frondosos árboles que purifican la atmósfera y embellecen el suelo, dando a estos valles el aspecto encantador que tantos escritos han descrito entusiasmados; y esos árboles pueden servir a nuestro ejército para facilitar el acceso a las trincheras enemigas con menos pérdidas, no tarda mucho tiempo en verse subir hasta el cielo una espesa y ancha humareda que dura tres o cuatro días, al cabo de los cuales el perímetro ocupado antes por un hermosos bosque ofrece a los ojos del espectador una mancha negra que llena de tristeza el ánimo. Desde nuestro punto de observación ¡cuántos bosques, cuantos sotos, cuantos chapurrales se veían quemados y aun humeantes! Hasta los arboles de carretera han sido arrasados, y parte el alma ver en lo alto de las Muñecas una interminable líneas de troncos cortados a la altura de un metro, los cuales eran hace seis días otros tantos hermosos árboles, a causa de grandes sacrificios criados en aquellas alturas azotadas por los vendavales en invierno y abrasadas por el sol del estío. Ayer toda esta comarca estaba desierta. Apenas se veía de cuando en cuando algún carlista en lo más alto de la carretera y en las trincheras que dominaban el pueblo de Otañez. Sin embargo, se nos dijo en Castro que a la caída de la tarde habían llegado a Talledo, dos batallones carlistas procedentes de Sopuerta (El 1º y 2º de Encartaciones) más sin duda para arbitrar recursos que con el ánimo de tomar allí posiciones, porque el barrio se halla dominado desde las altura de Setares, ocupadas por nuestras tropas”.

Comienzo de las Hostilidades

Temporal de lluvia y viento en el frente de Somorrostro.
Álbum Siglo XIX
En la cambiante primavera del Norte, los ejércitos ya han conocido los padecimientos de fuertes temporales de agua que inundan trincheras y campamentos, para seguidamente dar paso a una ola de calor bajo la que se "cuecen" los soldados. Araus recoge en sus crónicas: “[…] El cambio de tiempo hace sentir un calor prematuro y poco favorable para la salubridad del campamento: el primer día de calor hubo 140 bajas y no son muchos menso las que se producen diariamente en este valle casi cerrado a todos los vientos, y donde tanta gente se halla aglomerada”. Con un calor impropio de la primavera, comenzó el movimiento de las tropas del 3º Cuerpo.

Según relata Dominguez, el 26 de abril Serrano escribió a Madrid avanzado que ese mismo día empezará a mover sus fuerzas el Marqués del Duero y que el 27 esperaba entrevistarse con él en Castro Urdiales. Araus nos añade algún detalle adicional: “La anunciada conferencia entre el general Concha y el Señor Duque de la Torre va a celebrarse esta tarde. Al efecto, ha llegado a Castro Urdiales a las 8 de mañana el señor Marques del Duero a bordo del vapor “Ferrolano” acompañado de un numeroso estado mayor […].” De allí, y ante la imposibilidad para Serrano de desplazarse a Castro Urdiales, marchó Concha a su encuentro en San Martín de Somorrostro.

La estrategia estaba claramente definida: un ataque de los Cuerpos 1º y 2º en el frente de Somorrostro, combinado con un avance del 3º para flanquear las defensas carlistas por el puerto de Las Muñecas: “Con arreglo á lo dispuesto, se hallaban ya en marcha el 27 las tropas del 3º Cuerpo, á fin de ocupar los pueblos de Otáñes y Santullan, desde donde, al día siguiente, habían de emprender el movimiento hacia el puerto de Las Muñecas, tomando la carretera y sus flancos, hasta dominarlo; después caerían sobre el valle de Sopuerta, siguiendo á Mercadillo, y desde este punto atacarían las posiciones de. Avellaneda y contribuirían por su izquierda al ataque de los montes de Galdames. Las fuerzas del campamento de Somorrostro, que debían combinar sus movimientos con el 3º Cuerpo, marcharían por la carretera, desde el valle de aquel nombre, flanqueando por la izquierda hasta el pueblo de Las Cortes sito en la falda de los montes de Galdames, y por la derecha, partiendo de las alturas de Arenillas y Peña Corvera, para atacar la posición ocupada por el enemigo, que se unía con la cordillera de Las Muñecas, debiendo enlazar su ataque con la izquierda del 3º Cuerpo y caer sobre el pueblo de Montellano. Entretanto, las baterías de las Carreras, las del Monte Janeo y las de las alturas de las Muñecas y de la falda de los montes de Galdames debían romper el fuego sobre las defensas enemigas, ocupando las tropas las trincheras, siempre en disposición de avanzar, conforme a la actitud del enemigo”.

Rafael Echagüe. Museo del Ejército
A las dos de la tarde, y mientras Concha y Serrano seguían conversando en San Martín de Somorrostro, la 1º División del 3º Cuerpo de Ejército al mando del donostiarra Teniente General Rafael Benigno Echagüe Bermingham dio comienzo a un lento y protegido movimiento: “[…] Dos batallones de carabineros han tomado el flanco de otros tres batallones que marchaban por la carretera. Al mismo tiempo el batallón situado en las alturas de Setares (Sierra de la Concepción), se corría siguiendo la línea más culminante del monte hasta dar vista al barrio de Talledo, peros sin bajar a él. De manera que las fuerzas de la carretera tenían perfectamente guardados sus flancos. Todos estos movimiento de avance se han ejecutado son resistencia alguna, hasta que al llegar casi a las casas de Otañez los batallones que marchaban por la carretera han sido recibidos a tiros por los carlistas. Pero apenas se ha entablado la lucha han acudido en defensa de los nuestros los carabineros que flanqueaban su derecha, mientras que el batallón avanzado de Setares defendía la carretera que sube a las Muñecas, obligando a los carlistas a retirarse precipitadamente […]”.

A las 4 de la tarde, el ejército liberal se había hecho dueño de Otañes desalojando a las compañías de encartados que allí se encuentran, al precio de 2 muertos y 15 heridos. Dos horas después avanza la 2º División mandada por el monárquico declarado Arsenio Martínez Campos, mientras que la 3º División se situa en las alturas de Setares y Pico Helguera, al mando del general Jose Reyes Mesa. Con esta disposición duermen las tropas a la espera del amanecer del día 28.

Prácticamente la totalidad de los 16.000 hombres que formaba este 3º Cuerpo de Ejército se concentraba en el cuello de botella que formaba la carretera de acceso a las Muñecas. Para los carlistas no debería de quedar duda alguna del lugar por donde iban a intentar romper su defensa. Araus explica en una de sus cartas del 27 de abril: “Con la marcha de las tropas del tercer cuerpo a Otañes y Santullan, el enemigo comprendió que nuestro ejército había de atacar el paso de las Muñecas. […] Es verdad que la posición de Las Muñecas se hallaba de antemano fortificada […]; pero de todos modos, sorprendidos por el rápido movimiento del tercer Cuerpo, su resistencia no podía ser tan tenaz como en otras circunstancias”.

Despliegue Carlista

Castor Andechaga. Museo de las
Encartaciones
Al amanecer del 28 de abril, Concha y su estado mayor se reunen en el Pico Helguera observando el terreno y trazando los planes de ataque. Frente a ellos se sitúa el pueblo de Talledo y a la derecha del mismo, un pequeño bastión carlista. Allí se encuentra el veterano Castor María Andechaga Toral que comprueba cómo sus dos batallones de encartados eran la primera línea de defensa ante un ejército de más de 15.000 hombres y artillería. 

Elío había recibido ya notificación directa de la pérdida de Otañes y de la apremiante necesidad de desplegar en la Muñecas todas las fuerzas disponibles. Al amanecer este general, siempre en compañía del general Antonio Lizarraga Esquiroz, parte de su lugar de acantonamiento en Arcentales con el objetivo de llegar hasta el mismo Talledo y observar con sus propios ojos la situación. Según relata Francisco Hernando Eizaguirre, secretario de Lizarraga: “Llegamos a las siete de la mañana por la carretera de Sopuerta y antes de bajar a Talledo vimos enfrente a nosotros, y sobre dicho pueblo, una fuerte columna enemiga entre la que distinguimos, tan cerca estábamos, muchos guardias civiles. Va a romperse el fuego en seguida, nos dijeron, y los generales, entonces se situaron en la carretera, entre el pueblo de Talledo donde estaba Andechaga, con sus dos batallones y el alto de las Muñecas que ocupaba Yoldi con los suyos”.

Por suerte, la marcha de los convoyes de suministros liberales llevan una gran retraso, lo que obliga al Marqués del Duero a dilatar el comienzo del movimiento de avance de sus tropas, disponiendo así los carlistas de un tiempo precioso para posicionarse y desplegarse: Juan Yoldi Royo junto con los Batallones 1º y 2º de Cantabria se quedará en el alto del puerto; el 7º de Guipúzcoa que llegará sobre las 9 de la mañana tomará posiciones a la izquierda de Andechaga, dejando algunas fuerzas en la carretera. De igual forma, se ordena que "sólo en el caso que se verifique el ataque" se desplazase a la zona Gerardo Martínez de Velasco, “que estaba con sus 4 batallones en Santa Cruz de Arcentales a dos leguas largas de Talledo”. De igual forma, se da aviso a las fuerzas carlistas de la derecha, es decir, a las que defienden la línea de Somorrostro “que en caso de ser solamente nosotros los atacados nos auxiliaran”. Del 8º de Guipúzcoa y del 1º de Asturias  únicamente se despliegan compañías sueltas, permaneciendo el grueso cubriendo lugares más distantes. Con esta disposición de fuerzas Hernando dejó escrito que “esperamos con calma al enemigo”
Despliegue carlista en el puerto de las Muñecas ante el 3º Cuerpo de Ejército Liberal
en la mañana del 28 de abril. 
La reunión del Estado Mayor del Marqués del Duero en el Pico Helguera se alarga hasta las 8 de la mañana, descendiendo seguidamente Concha a Otañes para ocuparse de cambiar la situación de algunas fuerzas, municionar las tropas y realizar trabajos de intendencia, mientras espera impaciente a la llegada demorada de una serie de suministros. La mañana presagia un día de calor sofocante y elevadas temperaturas.

Mientras, Andechaga se ha empeñado en defender el reducto construido en Talledo. Los propios carlistas fueron posteriormente críticos con esta decisión: “Este desdichado pueblo, situado a la falda de las Muñecas, tiene ante sí un barranco que le hace casi inaccesible, pero en cambio está completamente dominado por varios montes que a medio tiro de fusil se alzan sobre él. A pesar de eso, don Castor Andéchaga, sin calcular la fuerza del armamento moderno se había empeñado en sostenerlo, y en él estaba encerrado con parte de su fuerza. La otra ocupaba a su izquierda un pequeño cerro, trás el que se levantaban escalonados y a distancia de unos 500 metros uno de otro, una plataforma y un monte cónico más elevado. Forman tres posiciones de regular defensa estas tres alturas, mientras que Talledo, por estar en el hondo, no servía para nada más que para impedir la subida a las Muñecas. […]”. No es la primera vez que Andechaga, veterano de la 1º Guerra Carlista, da muestras de no entender las nuevas tácticas que lleva aparejado el advenimiento del armamento moderno, improvisando una fortificación en una zona difícilmente defendible, al alcance de fusiles y artillería. 

El corresponsal Araus que observaba desde el Pico Helguera el frente, describe así las posiciones carlistas: “A nuestra izquierda tenemos en una colina, casi a nivel de la que nos encontramos, una estribación del monte Mello sobre cuya cima ha construido el enemigo un bastión con dos líneas de defensa cuyos fuegos lo mismo defienden el acceso a la carretera por el valle que sube de Onton que el pueblo o barrio de Talledo, situado en la pendiente de Mello, casi a la altura del paso de las Muñecas, y como á media legua de su parte más elevada”. El resto de las fuerzas carlistas se situaban en el cordal que suben desde Otañes hasta el pico Haya, en el que levantaban escalonados y a una distancia de unos 500 metros, el uno del otro, 3 pequeños cerros: "[…] A nuestra derecha están las alturas a donde ayer se retiraron los carlistas las cuales forman una serie de estribaciones defendidas de arriba abajo, en términos de ser necesario tomarlas todas para dominar por este lado al enemigo. Entre nuestro punto de observación y las alturas de las derecha marcha la carretera, empezando desde Otañez, por una gran pendiente, que se acentúa al pasar frente a Talledo, que forma después varios zig-zags, llamados “los retornos”, y que en fin, dando la vuelta al monte Mello, llega hasta el alto se La Muñecas […].”

Ataque por el Ala Derecha Carlista

Habiendo finalmente reunido los convoyes de vivieres y transportes, Concha decidió dar comienzo a su ataque, notificándolo al Duque de la Torre a la una de tarde del 28 de abril.

Echagüe con la 1º División tendrá como objetivo las sucesivas alturas del cordal que partiendo de Otañes culminan en el Pico Haya. Por su parte, Martínez Campos con la 2º División atacará Talledo y deberá tomar posesión del pico Mello. Dos brigadas, las comandadas por Pedro Beaumont y Jorge Molina de la 2º y 3º División, avanzarán por la carretera para la protección y refuerzo de las dos divisiones. Por último, el Mariscal de Campo José de los Reyes con la 3º División, permanecerá en Otañes con órdenes para custodiar los convoyes, dar racionamiento de municiones, intendencia, etc. Siguiendo el plan convenido, Serrano ordena romper el fuego de artillería a las 14:00 horas para mantener la presión en toda la línea de Somorrostro y apoyar los movimientos de Concha con el envío de tropas por el monte Corbera hacia el Pico Mello.

Al cuarto de hora de ascensión, las guerrillas desplegadas por Echagüe se topan con las primeras defensas donde se escudan unas pocas compañías de bizkainos y tras media hora de batirlas con fuego de artillería, cazadores del Batallón de la Habana y Carabineros toman la posición. Según describe Araus: “[…] La mala situación de la artillería por la índole misma del terreno, impidió que los primeros tiros fuera certeros. Basto que al cabo de un rato cayeran en la primera trinchera dos granadas, para que los carlistas la abandonaran huyendo precipitadamente a situarse en la segunda y a la una y cuarenta y cinco minutos cuatro carabineros, según mi juicio, entraban en la trinchera […]". Unas segunda trinchera no tarda en caer: “El movimiento de avance ha continuado sin detenerse un solo momento nuestros soldados, y eso que se veían obligados a sufrir las balas enemigas, el calor y penoso del terreno. A las dos y cuatro la batería Plasencia, que avanzo hasta colocarse muy dentro del fuego carlista, logró poner tres granadas consecutivas en la segunda trinchera, y pocos momentos después era tomada por nuestra tropas, que han continuado avanzando para tomar las tercera altura, tras la cual se han parapetado los carlistas reforzados por dos batallones que se han corrido desde las Muñecas”.

Cañón de montaña de 8 cm. Modelo Plasencia 1874-76.
Tomado de Gran Atlas de la Artillería Española
Las fuerzas carlistas van retrocediendo, concentrándose en el reducto del Pico Henal donde el combate se hace más enconado, ya que los encartados reciben allí refuerzos de compañías de cántabros y guipuzcoanos. A las dos y cuarto, la artillería Plasencia comienza cañonear este bastión. Araus continúa con su descripción de la acción: “[…] Vista la resistencia que por este lado ofrecía el enemigo, se reforzó la división de Echagüe con otra brigada, [...]". Con la llegada de la brigada Molina de refuerzo, Echagüe ordena un movimiento de flanqueo por ambos lados del cerro, retirándose los carlistas del reducto ante la posibilidad de quedar copados.

Únicamente queda el pico Haya en manos carlistas, al que se dirigen las ya cansadas tropas de Echagüe. Juan Olavide, uno de los pocos veteranos que dieron al Padre Apalategui detalles de aquella lucha, comentaba: “Era un día de bochorno terrible. Los soldados fatigados, sin comer ni beber. A algunos les daba esa sonrisa de desfallecimiento. Algunos carabineros, hombres de edad, perecieron asfixiados”

Desde el punto de vista carlista, contamos con la descripción que realizó el secretario de Lizarraga, Francisco Hernando de lo sucedido en su ala derecha: “El combate en la izquierda se animaba cada vez más y para mantenerle tuvimos que enviar algunas compañías del 7° de Guipúzcoa y de los batallones cántabros. A la hora y media de combate ya no teníamos un soldado de reserva, pues todos eran pocos para atender a las tres columnas enemigas. Velasco no llegaba; nuestra ansiedad crecía, pero afortunadamente los ánimos de nuestros soldados no disminuían. Su número, sin embargo menguaba, y el de los enemigos iba en aumento porque aunque caían muchos, cubrían de sobra sus bajas con las reservas. A las cuatro, la plataforma de la izquierda tuvo que ser abandonada para replegarse las compañías que la defendían al montecillo cónico que ocupaba la tercera posición (Pico Haya). Allí, por fin, llegó Velasco, pero solo con los batallones 1° y 2° de Castilla, cuando le esperábamos con cuatro. Sin embargo, sostuvo la posición, […]” .

Comprobado por parte de la jefatura carlista que el peso del avance se está produciendo por Las Muñecas se ha llamado como refuerzo a los batallones de Velasco, que se incorporan a la defensa del Puerto sobre las tres de la tarde. Sin embargo, frente a los 4 batallones esperados, únicamente llegan el 1º de Castilla “Cazadores del Cid” y el 2º de Castilla “Cazadores de Arlanzón”. Elío actua de forma demasiado conservadora y la disposición de los efectivos disponibles no es en absoluto efectiva; a decir del autor del Estudio Critico de la Última Guerra Civil: “Tuvo la suerte el general Concha de que los carlistas, sin comprender una verdad axiomática, y es que los pequeños ejércitos deben batirse siempre concentrados, se opusieron divididos a su paso; por querer oponerse a todo, no tuvieron resistencia en ningún lado”.

Los carlistas se siguen defendiendo de forma tenaz en el Haya, agarrándose a su cima. Un oficial británico Alexander B. Tulloch presente como observador en los combates comentará: “Las tropas [liberales] no podían avanzar contra el terrible fuego que se hacía desde el reducto, teniendo que ponerse a cubierto”. En ese momento, y para sorpresa de todos, los voluntarios carlistas abandonan la defensa de las trincheras y parapetos para proceder a un ataque "a la bayoneta". Según consta en los relatos, varias compañías de castellanos saltaron de sus refugios y lanzándose ladera abajo hacen retroceder a las asombradas tropas de Echagüe, recuperando parte del terreno perdido y llegando hasta prácticamente al Pico Henal. Hernando no dudó en describir con la épica que el momento precisaba éste pasaje: “Los heroicos castellanos deseando desquitarse del tiempo que habían tardado en llegar, procuraron reconquistar la posición abandonada. Unas cuantas compañías, tres a lo sumo, lanzáronse denodadamente a la bayoneta: el enemigo, que ya ocupaba el alto, las recibió con terrible fuego desde que las vió moverse, pero ellas, despreciándole, siguieron avanzando con admirable decisión por la llanura que de un monte a otro se extendía, sin que detuviesen su empuje los estragos que las balas causaban en sus filas. La distancia se iba acortando; ansiosos seguíamos con los ojos, desde la altura donde estaban los generales, el avance de los castellanos y admirábamos su bravura, pensando que el éxito más completo iba a coronarla. Los nuestros habían llegado a la falda del montecillo y empezaban a subirle; el fuego se hacía a cien metros y ya los más ligeros, animando a los que venían detrás, se adelantaban hasta tiro de pistola de los republicanos e iban a cruzar con ellos sus bayonetas […]”.

Fueron momentos sumamente críticos para el general Echagüe: “No era suficiente el número de sus soldados a contener aquella avalancha que se les venía encima; había que infundir nuevos alientos a su gente para resistir su empuje sin retirarse, y esto sólo se conseguía con la llegada de nuevos refuerzos”

Ataque por el Ala Izquierda Carlista

Manuel Manrique Lara y Pazos.
Tomado de Ilustración Española
 y Americana
Mientras, en su línea izquierda los acontecimientos se desarrollaban favorablemente para los intereses liberales. Martínez Campos con su 2º División esperando en el Pico Helguera había comenzado su ataque dirigido a la conquista de Talledo. Llevaban desde las doce y media de la mañana intercambiando disparos y hostigando las trincheras localizadas en las cercanías del pueblo. Pero a esa distancia los pesados pero fiables fusiles Springfield carlistas, con los que están dotados la mayoría de fuerzas bizkainas, se muestran parejos a los flamantes Remington de las fuerzas liberales; por lo que la lucha en esta zona se convierte en un "toma y daca" de proyectiles que viajan de una colina a la otra.

A la una y media, y al mismo tiempo que se ha puesto en marcha la 1º División, Martínez Campos vista la necesidad de avanzar solicita voluntarios  para asaltar directamente a la bayoneta el reducto de Talledo. El 1º Batallón de Marina al mando del teniente coronel Manuel Manrique de Lara sale en su totalidad, a los que se suman distintos voluntarios de carabineros y personal del Batallón Valencia.

Estos soldados descienden del Pico Helguera para seguidamente atravesar un fondo de arroyo y afrontar el ascenso al reducto, sufriendo en el camino las descargas que efectúan los carlistas. Media hora después, las tropas encararan el repecho final que lleva a la trinchera. Según observó Araus: “[…] Despreciando las balas enemigas han llegado al barranco y sin descansar un momento han emprendido el ascenso al bastión, defendido por más de una batallón, a juzgar por el fuego que desde él se hacía. A la media hora el teniente coronel de marina, don Manuel Lara, con ocho hombres, llegó a la trinchera sable en mano cuando no había aun sido desalojada por el enemigo […]”. Por su parte, Tulloch, también testigo directo de la acción, describe así el momento: “Los "marines", encabezados por el Coronel Lara, saltaron sobre el parapeto de la trinchera, mientras éste les arengaba con su sable en mano”. Los soldados carlistas comienzan a huir pero sus oficiales, entre los que se encuentra Andechaga al grito de “¡Viva nuestro rey!” les hace volver a la trinchera. “Durante diez minutos se vio á Andechaga y al teniente coronel Lara frente a frente, excitando cada uno a los suyos: el segundo, para que apresuraran la subida de la pendiente, y el primero, para que volvieran a la trinchera que habían abandonado precipitadamente llenos de terror ante el arrojo de los nuestros. Puede decirse que ambos jefes estuvieron durante un momento entre dos fuegos. Por el momento pudo más Andechaga con los suyos, puesto que, volviendo a la trinchera antes que los marinos, pudieron ganar la altura, obligando a Lara y a aquel puñado de héroes a descender hasta el barranco, dejando tendidos a 4 hombres en su retirada”. Tulloch comentaç en su crónica que la llegada de los refuerzos del Regimiento de Valencia, permitió rehacer el ataque y de nuevo con Lara a la cabeza se ascendió hacia la trinchera. Esta vez Andechaga no pudo contener a sus hombres: “Andechaga se retiró el último, solo y con paso regular, y hasta pudo creerse que deseaba la muerte, puesto que, en vez de marchar por las sendas cubiertas de maleza que conducen á Talledo o al monte Mello, cruzó por medio de los sembrados, sobre cuyo verde claro se destacaban perfectamente los colores de su uniforme. Vestía pantalón grancé, bota de montar, un capote largo a la prusiana azul y boina del mismo color con borla blanca. Debe de tener bastante edad a juzgar por su barba, que me pareció muy blanca”

El regimiento Valencia entró en Talledo a los acordes del paso de ataque, al mismo tiempo que se daba la mano con la brigada Beaumont que subía al pueblo por las pendientes de la izquierda de la carretera, rodeando el monte Calaborco. Los carlistas se retiraron a una trinchera situada en la altura y desde donde hostilizaban el pueblo perdido y la carretera. “Una vez asegurado el flanco izquierdo Martínez Campos ordenó un movimiento a lo largo de la carretera, siendo reforzados por nuevas tropas y una batería Krupp, para acabar con las trincheras que hostilizaban la carretera”. A las seis de la tarde los carlistas también abandonan estas defensas: “Andéchaga denodamente se sostenía también en Talledo, a pesar del horrible fuego con que le acribillaban, pero como allí no hacía más que sufrir y las fuerzas enemigas de la derecha avanzaban e iban a envolverle, mandóle Elío que saliera y se replegara á las Muñecas para ampararse en las fuerzas de Yoldi.”

Todo parece indicar que la muerte del veterano general se produce en ese momento. Tulloch dejó constancia de lo siguiente: “Observamos a un oficial a caballo que se dirigía a una trinchera localizada entre una colina y la carretera, como si fuera a ordenar a sus hombres a retirarse. De repente se tambaleo en la silla y cayó de su caballo que se alejó galopando. Se observó a muchos hombres correr hacia el lugar, y en ese momento un proyectil de artillería estalló entre ellos, causando la muerte del cura de Sestao, su mano derecha”. Por su parte, Hernando relataba el hecho de la siguiente forma: “[…] Don Cástor Andéchaga desistía por fin de su empeño de defender á Talledo y sacaba sus fuerzas del pueblo antes de que las cercasen los republicanos, que por derecha e izquierda avanzaban. Habíalo ya hecho y salido a la carretera para ver el avance del enemigo, cuando éste, que observó el grupo que formaban Andéchaga y su estado mayor, hizo una descarga sobre él. Cayó en el acto muerto el desdichado general y su capellán, pero recogieron sus cadáveres y los pusieron en salvo”. El cuerpo de Andechaga es recuperado y, según ha recogido el historiador Javier de la Colina, fue llevado a Sopuerta en un burro confiscado al caserío el Pendiz (Sopuerta). Al igual que ocurrió con la muerte de otros grandes generales, surgirán distintas versiones del hecho, así Araus en su carta del 1 de mayo comunicaba: “[…] Anoche supe que su muerte ocurrió en Siro (sic) al hacer frente a una de nuestras guerrillas que después de pasar las Muñecas bajo algunos kilómetros por aquellas laderas. Al caer fue en su auxilio el cura de Sestao, su ayudante de órdenes y no bien se había bajado del caballo cuando fue muerto también por otra de nuestras balas. La bala había entrado a Andechaga por la sien derecha”

La desmoralización por la muerte de su general cunde entre las tropas encartadas, que según Hernando: “desmayaron y empezaron a desordenarse por la carretera, pero fueron contenidos en seguida por Lizárraga y las fuerzas del 7º de Guipúzcoa, que con el mayor orden y valor se mantenían firmes”.
Movimientos del 3º Cuerpo de Ejército en Las Muñecas
El Asalto Final

En el flanco derecho liberal, habíamos dejado a Echagüe súbitamente detenido por la irrupción en escena de las tropas castellanas. El general Concha, que seguía de cerca el movimiento de sus tropas, recibió el apremiante mensaje de Echagüe solicitando el envío inmediato de refuerzos. Pero con las dos brigadas que habían quedado de reserva empeñadas ya en el combate, Concha toma la decisión de agregar todos los efectivos asociados a su Estado Mayor al ataque. El corresponsal W. Gimenez Romera describía así la situación: “[…] Cuando llego el ayudante de Echagüe a la que posición que ocupábamos, el general Concha se agitaba impaciente por la tardanza en tomar lo que era objeto de combate (el Haya).
    - ¡Es una vergüenza, exclamaba, que ocho batallones carlistas tengan detenida aquí a una división del ejército español!
  -Mi general, dijo llegando en aquel momento el ayudante de Echague, la vanguardia necesita refuerzos a toda prisa.
   -No hay más refuerzo que nosotros, contesto el general; vamos todos.”

Gracias a la llegada de esta última reserva de hombres, estando a la cabeza el propio Concha, pudo finalmente  la 1º División contener y hacer retroceder a las tropas castellanas que en su ataque a la bayoneta habían desorganizado el inminente asalto al reducto del Haya. Según se describe en La Campaña Carlista: “Los castellanos tuvieron que renunciar a su empresa, cuando ya la consideraban asegurada, y emprendieron una retirada más heroica, si cabe, que había sido impetuoso el ataque, porque a pesar del mayor número de enemigos fueron retrocediendo paso a paso, haciendo fuego y con tal orden, que los republicanos no se atrevieron a lanzarse en su persecución y los dejaron llegar a donde estaba el resto de sus fuerzas sosteniendo la tercera posición (Pico Haya)

Finalmente se procedió al ataque del último reducto carlista. Según consta a Barrington Kennett, comisionado de la Cruz Roja, el propio Concha resultó contusionado durante este ataque: “Le entró una bala a través de la manga”; al igual que otros oficiales como Enrique Franch Trassera, oficial de una poca útil caballería en aquel terreno, que cayó herido en el hombro izquierdo de un balazo. La crónica periodística de Araus aseveraba: “El fuego fue tan violentó, que los robles quedaban sin ramaje y los troncos ennegrecidos por el humo de la pólvora”. El militar Tulloch también dejó constancia de algunas conductas destacables de los soldados liberales que reflejó en sus crónicas: “Fue durante la larga contienda por la posesión del reducto que pudimos observar y admirar la firme defensa hecha por un cuerpo de carabineros o guardas civiles que, muy probablemente, tenía la fortuna del día de ese lado. Las tropas no podían avanzar contra el terrible fuego del reducto, y tuvieron que echarse a tierra; pero un pequeño cuerpo de hombres, aparentemente no más de un centenar, bordeó el flanco derecho del reducto hasta una colina que lo dominaba. En ese momento, varios centenares de carlistas que se apresuraban como refuerzos, -sus líderes bien sabían el valor de la posición- apareció por un flanco a no más de 200 metros. Si los guardias o carabineros se hubieran retirado, los carlistas habrían atrapado la línea de ataque al reducto en flanco, y probablemente les hubieran arrollado; pero se mantuvieron firmes, y los carlistas, sin duda, engañados en cuanto al número de defensores en aquella estribación, retrocedieron después de un hacer un par de descargas”.

Hernando relató  los últimos momentos en la defensa del pico Haya desde el punto de vista carlista: “Aún defendían los castellanos tenazmente el montecillo, como última posición de la izquierda, así que no podían avanzar (los liberales) por aquel lado, pero como evacuado Talledo y avanzando por las Muñecas no teníamos fuerzas que oponerles, fue preciso abandonar el alto. Elío bajó a la carretera, y encargando á Lizárraga, que hasta entonces había estado con él, que dispusiese y dirigiese la retirada, se fue a Sopuerta. Lizárraga contuvo a los batallones encartados, procuró reanimarlos y con el mayor orden, al paso regular, bajó con las fuerzas también á Sopuerta ya al caer de la tarde, sin que el enemigo los persiguiera ni tratara de ir adelante”. Finalmente Velasco se retiró con sus batallones castellanos haciendo posteriormente el siguiente comentario: “[…] No quise, sin embargo, que el enemigo pudiera vanagloriarse nunca de haber hecho retroceder a los hijos de Castilla y continué sosteniendo la posición hasta anochecido, que les di orden de trasladarse conmigo á Traslaviña, habiendo antes pedido al brigadier Aizpurúa me enviase desde la posición que cubría alguna fuerza, como lo hizo, enviándome dos compañías de guipuzcoanos para con sus fuegos protegiera la retirada de los dos batallones castellanos que no tenían un solo cartucho, como lo hicieron”.

Estos guipuzcoanos, con el oficial Juan Aizpurua Abaroa al frente, fueron los últimos en abandonar sus posiciones, cubriendo la retirada del resto de las tropas. El azkoitiano Jose Tomas Echaniz Casteig era teniente del 8º de Guipúzcoa y en su relato trascrito por el Padre Apalategui describe que para ayudar al 7º se habían desplazado 4 compañías del 8º que se encontraban sobre el monte Zartzaga. Estas tropas se situaron “en un altozano, teniendo detrás una vaguada, y después nosotros, las otras compañías. Empezaron a hacer fuego, con la rodilla en tierra. Los liberales contestaban y seguían para adelante. En eso, los carabineros, avanzando por la derecha e izquierda de esas 4 compañías, por la vaguada que teníamos nosotros delante, empezaron rodearlas”. Aizpurua ordenó que se retirasen, pero con el ruido de los disparos no se escuchaban los toques de cornetas. Se gritó la orden de abrir fuego sobre los carabineros y fue cuando las compañías comprendieron que iban a ser cercadas, y echaron a correr. “Los más rápidos llegaron a nosotros”. Los últimos fueron hechos prisioneros. Continuando su relato: “Aquella noche nos quedamos en el alto del monte Zartzaga. También los liberales se hallaban arriba. Estando nosotros formados, nos dijo Aizpurua: 
  - Señores, ya veis en que situación nos encontramos. Si nos quedamos aquí, mañana por la mañana nos harán prisiones a todos ¿Qué podemos hacer? 
Entonces Enrique Urrutia Lartigue  dijo que quisiéramos o no, teníamos que marcharnos de allí. 
  – Pero si mis jefes –dijo Aizpurua- me piden cuentas de cómo he abandonado esta posición ¿saldréis vosotros en mi defensa?
  – Sí, eso sí.
  – Pues siendo así… ¡todos para abajo!”. 

Para entonces, las pocas compañías carlistas que al mando de Jose Navarrete estaban posicionadas en las estribaciones del pico Mello que miran a Somorrostro habían sido también desalojadas por las tropas al mando del general Palacios. Según cuenta Araus en sus crónicas: “[…] La división de vanguardia, al mando del general Palacios, recibió la parte más penosa de las jornada pues debía materialmente escalar la altura de Mello, donde han estado situadas las fuerzas de Navarrete desde el principio de esta campaña. […] Así fue que los carlistas de Navarrete (mandados por el veterano de la guerra civil don Jose Gutiérrez), atacados por el general Palacios y amenazados por la división Campos que le iba tomando las trincheras, base de su posición, tuvieron que abandonar con escasa resistencia esas formidables alturas, facilitando el que al anochecer se dicen la mano la divisiones de Martínez campos y Palacios, encima del paso de las Muñecas”.

Para el anochecer de aquel 28 de abril, todas las fuerzas carlistas habían abandonado sus pociones retirándose hacia Sopuerta. Concha remite al general Reyes, al mando de las tropas de retaguardia, la siguiente carta: “Comunique V. E. al Excmo. Sr. Duque de la Torre que la 1º División de este cuerpo ha tomado las posiciones de Las Muñecas, donde me encuentro, por la derecha y parte del centro. La 2º División, por la izquierda, ha encontrado un terreno insuperable; pero el enemigo queda rebasado completamente y tendrá que abandonarlo. La jornada muy calurosa y de gran fatiga en una subida constante de hora y media. No conozco las pérdidas. Acampo aquí”.

El Duque de la Torre contesta: “Recibido parte de V.E. y le felicito, como á las valientes tropas a sus órdenes. Cuando recibí su telegrama de Castro, que no ponía la hora de empezar el movimiento, lo dispuse todo, y a las dos de la tarde, oyéndose fuego de cañón por nuestra derecha, ordené la marcha de estas tropas, rompiendo el fuego la artillería de toda la línea, y al anochecer quedaron ocupado los pueblos de Montellano y Las Cortes, y tomadas las alturas que dominan á Peña-Corvera, que deben unirse con su izquierda. Al amanecer de mañana continuaré el movimiento, según las noticias que reciba de V. E. Trascribo a Guerra su parte. Acabo de recibirlo de mi derecha, está ya en contacto con la izquierda de V. E. Cuartel general, 28 de Abril a las once de la noche”.

El ataque combinado en la línea de Somorrostro y Muñecas había sido todo un éxito. El militar Tulloch aseveró en su libro: “La captura del paso prácticamente decidió la campaña a favor de las tropas nacionales”. Araus describía así los réditos de la victoria de aquel día: “[…] Nuestras fuerzas ocupan hoy toda la línea de montañas que e extiende desde el rio Somorrostro (Barbadun) hasta Trucios con distancia de más de cuatro leguas. Tomadas estas alturas puede decirse que dominaremos los valles de Carraza, Concha y Sopuerta, pudiendo atacar cómodamente las posiciones de Galdames, que por lo visto son la que más empeño tienen los carlistas en sostener[…]”.

Fragmento de mapa de la "Acción de las Muñecas". Álbum Siglo XIX.
Durante la noche cesó el fuego en toda la línea, comenzando todos los trabajos de intendencia para la prosecución de las operaciones al amanecer del 29. El Marqués del Duero vivaqueó en medio de las tropas a pesar de la lluvia que había comenzado a caer y que refrescaba el ambiente vivido aquel día.

Según los partes oficiales del ejército liberal la Batalla de Las Muñecas tuvo un coste de 45 muertos y 434 heridos: la 1º División, 29 muertos y 310 heridos; y la 2º, 16 muertos y 124 heridos. Se desconocen las perdidas carlistas, aunque los corresponsales describen que debieron ser elevadas. Solamente en el bastión de Talledo se contabilizaron 8 muertos y 18 heridos, además de numerosos prisioneros: “27 carlistas cogidos ayer en las trincheras han sido embarcados aquí para Santander”, destacando la muerte de Andechaga, que sumadas a las de Ollo y Radica en Somorrostro, supusieron un duro golpe para el estado mayor carlista y para la moral de sus voluntarios. Tulloch añadió un macabro detalle: “En el brezo, que, por cierto, se incendió al final de la acción, muchos de los heridos fueron quemados hasta la muerte”.

Grabado de la Batalla de Las Muñecas. Tomado de
"Relación histórica de la última campaña
del Marques del Duero (1874").
Fue el comienzo del final de la Campaña de Somorrostro, pero hasta el 2 de mayo todavía se escribirían más episodios de lucha y defensa para concluir el capítulo del levantamiento del Sitio de Bilbao y el abandono de la línea de Somorrostro. A  pesar de mantener prácticamente intacto su ejército y carácter combativo, para los carlistas fue un sonoro fracaso, existiendo una pequeña purga entre los altos mandos, que quedó reflejada en las páginas del libro Dorregaray y la traición del Centro: “Al hacerse público aquellos extraños sucesos (decisiones notablemente desafortunadas por parte de los generales al mando) , D. Carlos quería fusilar a Velasco y sumariar a Elío y los otros generales que tomaron parte en las Batallas de las Muñecas y Galdames; pero Dorregaray se opuso resueltamente, y las consecuencias se limitaron a que el general Elío marchase a Francia, Velasco al Centro, y poco después le siguió en este camino Lizarraga”.

Siguiendo el mismo hilo argumental, Javier de la Colina localizó en un caserío de Sopuerta un manuscrito titulado  "Apuntes para la Historia" escrito por un oficial carlista tras la finalización de la guerra. En las 12 páginas del documento, sin firma, ni fecha, se hacía una lectura muy crítica de muchas de las decisiones que se tomaron a lo largo de la guerra: comenzado con la falta de decisión en la Campaña de Somorrostro, el hecho de no empeñar todos lo batallones disponibles en Las Muñecas,  el "sistema de líneas" que obligaba a las tropas carlistas a luchar diseminadas, la inutilidad de todos los sitios sobre plazas fortificadas o la impericia para aprovechar la debilidad enemiga. Para ese oficial, que Colina ha identificado como Jose Manuel Gomez Solana, la pérdida de la guerra tenía un claro culpable: " [...]Sí, queridos compañeros de armas, no dudéis que la falta de dirección nos ha perdido, y porque no la ha habido también, os lo diré pese a quien pese y caiga sobre quien caiga, pues bien merece capítulo a parte, si quiera en la satisfacción a tanta sangre derramada y tantas familias arruinadas para un tan desastroso fin, debido no lo dudéis, a la ambición e intrigas de unos cuantos magnates, sin más bandera que sus torpes fines particulares,[...]".

Un Poco de Presente

Sobre ésta reconstrucción histórica de la Batalla de las Muñecas se realizó un trabajo de prospección arqueológica y generación de un inventario basado en Sistemas de Información Geográfica en el año 2011. Durante los trabajos de campo, tuvimos la posibilidad de entrevistarnos con habitantes de Talledo, como Julián Vivanco y Milagros Ugarte Zuloaga que por entonces tenían 90 y 83 años respectivamente, indicándonos que en su niñez solían acercarse a “refugios carlistas", donde siempre encontraban casquillos y balas con los que jugaban.

En un paisaje completamente alterado por las sucesivas plantaciones de pinos y eucaliptos, los mapas de distribución de hallazgos permitieron corroborar muchas de las afirmaciones que en el relato se realizan, clarificando algunos elementos poco conocidos o nunca planteados, y dejando algunas incógnitas. Pero esta sección, bien merece otra entrada al blog más específica,

A Modo de Conclusión

En la ladera del Pico Haya y en una zona de máxima pendiente, los hallazgos determinaron que al menos un soldado liberal había utilizado un afloramiento rocoso para parapetarse en su ascensión a la cima. Engarzada en una pequeña oquedad de aquella roca se localizó una vaina de cartucho Remington perfectamente conservada. La única explicación a que aquella vaina estuviera en ese lugar, era pensar que un soldado, tras hacer fuego con su flamante fusil monotiro,  hubiera abierto la recamara, extrajera la vaina de la misma y tras recogerla, la depositase en aquel hueco de su improvisado parapeto. Seguidamente recargó el arma con un nuevo cartucho, amartillo el percutor, saltó sobre la roca y siguió subiendo, envuelto en la humareda blanca de los disparos que a su alrededor se realizaban. Le quedaban escasos metros para alcanzar la cumbre.

Esa vaina se encuentra actualmente depositada en los fondos arqueológicos de museo de Cantabria.

Balas impactas de munición 50-70 para fusiles Springfield carlistas


sábado, 10 de diciembre de 2016

Los Fusilamientos de Endarlaza: Crónica de un Desastre Anunciado

El 4 de junio de 1873, un destacamento de carabineros que defendían un improvisado fortín en el puente de Endarlatsa, fueron fusilados tras rendirse a la partida del cura Santa Cruz. El dramático suceso tuvo una notable repercusión mediática, tanto nacional como internacional; y por supuesto, hubo notables discrepancias en la descripción de los hechos, supuestas motivaciones y posibles justificaciones que llevaron a Santa Cruz a dar aquella orden.

Antigua imagen del Puente de Endarlatsa. Archivo Municipal de Irun
Todavía hoy es complicado hacer una reconstrucción clara de lo ocurrido. En la bibliografía histórica de tintes liberales se describe el hecho como una atrocidad para la que no escatimaron adjetivos, ensalzándose la valentía de aquellos guardas fronterizos; mientras que la carlista tuvo que encontrar acomodo entre dar una justificación a lo ocurrido, al mismo tiempo que denostaba la acción de uno de sus más importantes cabecillas. Los relatos de los fusilamientos que han llegado a nuestros días son, en la mayoría de los casos, fruto de trabajos de recopilación cronológicamente bastante posteriores, teniendo un patrón común: la mayoría dicen basarse en testigos directos de lo ocurrido, no faltando los detalles novelizados y las interpretaciones subjetivas que dificultan la comprensión de lo sucedido aquel 4 de junio de 1873. 

En el Archivo de la Casa Zabala se encuentra una gran cantidad de documentos oficiales fechados en los primeros meses de 1873 relativos a los partes de comunicaciones internas entre las distintas comandancias y cuerpos militares liberales en la provincia de Gipuzkoa, incluidos miqueletes y carabineros. Entre esta gran cantidad de comunicaciones protocolarias y despachos militares manuscritos se localizan algunos legajos que de forma directa o indirecta aluden a los sucesos de Endarlatsa.

Sirva esta entrada para engarzar dicho material a la narración de los “fusilamientos de Endarlaza”, arrojando alguna luz y posiblemente creando nuevas sombras, en uno de los episodios más oscuros de la última guerra carlista.

Contexto Histórico-Geográfico

Oficial carlista revisando el pasaporte de un viajero.
Álbum Siglo XIX
Endarlatsa constituye una frontera provincial e internacional donde la importante vía de comunicación y transporte que une Gipuzkoa con Navarra salva el cauce del Bidasoa. La importancia estratégica de este punto viene dado por el siguiente dato: en los últimos 200 años, han sido cinco los puentes  que han salvado la distancia que separan ambas orillas.

Desde su edificación, los puentes de Endarlatsa han sido considerados como “elementos estratégicos”, ya sea de carácter civil o militar. De hecho, el ciclo de construcción, destrucción y reconstrucción de este viaducto, no solo viene dada por la necesidad de mejorar la comunicación y amplitud de la vía, sino por la obligatoriedad de reemplazar los destruidos durante la última guerra carlista y la guerra civil de 1936.

A lo largo de varios siglos este lugar contó con puestos de vigilancia y peaje, ya fuera de guardia foral o cuerpos centralizados, con el claro objetivo de controlar el tráfico de personas y materiales entre los territorios forales, requiriendo las correspondientes tasas aduaneras, así como para limitar y perseguir el inherente contrabando asociado a los pasos fronterizos. 

Por si esto fuera poco, desde mediados del XIX se estaba desarrollando una importante industria supeditada a los importantes cotos mineros localizados tanto en la vertiente navarra como gipuzkoana de la zona y que utilizaban el valle del Bidasoa para dar salida al hierro extraído. Una fuente de riqueza, la más de las veces en manos de gentelmans de la Gran Bretaña, obligada a cruzar este punto geográfico para alcanzar los puertos del Cantábrico.

En la primavera de 1872 la situación en esta zona era especialmente complicada, con una frontera que hervía con los preparativos del alzamiento carlista y un nerviosismo creciente en todos los estamentos sociales. Este escenario de conflicto inminente afectaba sobremanera a los cuerpos encargados de mantener el orden y controlar las fronteras, ya fuera miqueletes o carabineros, que con sus exiguas fuerzas trabajaban en el vano intento de contener a las cada vez más numerosas partidas carlistas. El 2 de mayo de ese mismo año, y contraviniendo los consejos de sus generales, Carlos VII había entrado precipitadamente en Navarra, llegando a la población de Bera arropado por la presencia de unos pocos miles de sus voluntarios. Dos días después esas mismas bisoñas tropas, voluntariosas pero mal armadas, eran dispersadas en Oroquieta en el primer encontronazo de importancia con fuerzas del ejército liberal. Carlos VII huirá al galope volviendo a Francia el 5 mayo, dejando atrás los rescoldos de un incendio no propagado. Las tropas carlistas levantadas en Bizkaia se rindieron tras el Convenio de Amorebieta del 25 de mayo y el resto, se dispersó. La “primavera carlista” había finalizado. 

Según comenta el historiador Aurelio Gutierrez, la consecuencia de este fallido primer levantamiento trajo consigo un refuerzo del control fronterizo en los pueblos de la montaña Navarra, estableciéndose en las mugas destacamentos de militares liberales. En Bera y en Edarlatsa fueron tropas del Regimiento Luchana, que permanecieron a lo largo del año de 1872, y donde según una orden del Jefe de Aprovisionamiento, “[…] toda la carne, vino y pan, sustento de la guarnición en Endarlaza y en el interior de Vera lo aporten entre los ayuntamientos de Vera y Lesaca, en la forma que ellos crean”. Pero transcurridos unos meses fueron de nuevo los cuerpos de aduanas y fuerzas del orden, las que retomaron el control de la zona.

Cotos y ferrocarriles mineros en el entorno
 de Irún. Blog "Historias del tren"
Para el capital extranjero dueño de los grandes cotos mineros de la zona, toda esta situación de desestabilización política y civil era un contratiempo notable para sus intereses; sin embargo, estaban decididos a mantener sus propios planes de desarrollo y productividad, ajenos a la guerra civil que se estaba consolidando. El Conde John de Kranchy, por aquel entonces director de las compañías inglesas de minas que operaban en Endarlatsa, presentaba el 8 de mayo de 1872 ante el ayuntamiento de Irún, y en pleno levantamiento carlista, el proyecto de construcción de un ferrocarril desde el puente de Endarlatsa hasta a la Estación del “Camino del Norte” de la villa, en nombre de la "Cia Spanish Hematite Iron Cº Ltd". Las labores para la construcción de la vía férrea comenzaron un mes después, bajo un ambiente de conflicto aparentemente apaciguado pero nunca controlado por las tropas liberales. En este estado de calma tensa, no exenta de enfrentamientos, las fuerzas carabineros y miqueletes siguieron soportando el peso de la persecución de las partidas carlistas, en un clima que se iba volviendo cada vez más violento a medida que los guerrillas iban tomando fuerza. En este ámbito de guerra abierta no declarada destacará, por méritos propios, la figura del Cura Santa Cruz.

Algunas Consideraciones sobre el Cura Santa Cruz

Mucho se ha escrito (y se escribirá) sobre este personaje envuelto en la leyenda más negra y violenta de la última Guerra Carlista. Su figura de guerrillero ha llenado cuartillas y libros; y ya en la era de las nuevas tecnologías lo encontramos ocupando numeroso espacio virtual con sus andanzas. Sus pertenencias forman parte de colecciones públicas o privadas; además de contar con su propia película y pastoral, no siendo pocas las canciones que versan sobre el mismo. Esta diversidad y multiplicidad de elementos que evocan su persona nos tiene que hacer reflexionar sobre la relevancia y la complejidad de la figura del cura Santa Cruz en el imaginario colectivo; a la que no deberíamos nunca descontextualizar del teatro donde escenifico los episodios de su vida más relevantes, o al menos, aquellos que más ríos de tinta hicieron correr: la última Guerra Carlista. En cualquier caso, el cura Santa Cruz representa mejor que nadie el antagonismo de dos concepciones bélicas que se simultanearon en la última Guerra Carlista: la guerrilla y la guerra; con sus dos formas de liderazgo: el popular y el oficial.
Famosa fotografía del Cura Santa Cruz y algunos de sus hombres tomada por L. Kornarzewski
en un huerto de Vera de Bidasoa. Museo  Zumalakarregi
El Padre Apalategui, jesuita al igual que Santa Cruz en los últimos años de su vida, reunió importante y diversa información sobre su persona, lo que le permitió hacer una labor crítica a las diferentes versiones que sobre las actividades del guerrillero cura se publicaban a principios del siglo XX; así como a elaborar su propia opinión del carácter, de las luces y sombras que habían rodeado a Santa Cruz en aquellos primeros compases de la guerra. Apalategui dejó descrito retazos de la eprsonalidad del cura donde se incluía su desconfianza, su rebeldía y unos principios a los que se ajustaba “sin medias tintas” y sin vacilar: “[…] en el mismo Santa Cruz no todo era valentía y buenas piernas, sino que tenía sus principios doctrinales in remilitari; principios discutibles, muy discutibles […]”

Fueron precisamente hombres como el cura Santa Cruz los que mantuvieron vivo el conflicto en los meses posteriores al Convenio de Amorebieta, mientras los soldados de carrera carlistas se afanaban en formar un ejército semejante al de sus enemigos. Pero al contrario de otros cabecillas que paulatinamente fueron regularizando sus partidas dentro de los batallones carlistas, Santa Cruz mantuvo su independencia dentro de su propia concepción de “guerra total”; comenzado un camino de divergencia que le llevará al enfrentamiento y a la ruptura con el estamento oficial militar carlista. A decir de Apalategui: “Creía Santa Cruz que la guerra consistía en esos pequeños lances guipuzcoanos. Palizas a liberales, multas a individuos tildados de afectos a liberales, fusilamientos a los que consideraba traidores con criterio a veces harto restrictivo, combates de escaramuza echando a correr en cuanto se acababan las municiones y se ponía de mal cariz la cosa. Todo ellos con poca gente, circunstancia que aducía él como digna de consideración, por el escaso gasto que ocasionaba al País. […] el cura y los suyos, siempre se creyeron con derecho a una independencia desconocida en la guerra organizada y ordenada por un directivo superior”.

Otra imagen del cura Santa Cruz y miembros de su partida.
Museo  Zumalakarregi
En los primeros meses de 1873 y con una sólida base establecida en los altos de Aritxulegi (Gipuzkoa), Santa Cruz hacía “su propia guerra” con “sus propias normas”, donde el ojo por ojo y la “guerra sin cuartel” formaban parte de un código ético de lucha que aterraba a sus enemigos y afianzaba la confianza que sus hombres depositan en su figura. De hecho, los voluntarios preferían colocarse bajo su bandera, antes que enrolarse en los batallones carlistas regulares. Según Apalategui: “[…] total 10 partidas (o alguna más). Cada una tendría cuando mucho 50 hombres, ni eran necesarios más, ni convenientes para la misión a que estaban destinadas. […] Pues esas partidas, solamente esas que en conjunto serían poco más 500 hombres, eran las fuerzas de Guipúzcoa que dice Hernando reconocieron alguna manera de sumisión a Santa Cruz”

Es decir, Santa cruz llegó a controlar prácticamente todo un batallón de hombres al que sumaba una exigua artillería con los que sometía, a golpe de marcha y contramarcha, un amplio territorio geográfico que incluía los valles cantábricos navarros y las comarcas gipuzkoanas del bajo Bidasoa, Donostialdea, Tolosaldea y Goiherri. En este ámbito territorial de valles verdes y brumas en el amanecer, Santa Cruz tejerá una tupida red de simpatizantes, espías y gentes atemorizadas, obteniendo por sí mismo los recursos necesarios para armar y alimentar a sus hombres, ya fuera mediante el cobro de impuestos o tasas, o directamente utilizando la amenaza y la extorsión. 

Meses Previos

En los primeros meses de 1873, en una situación de creciente inseguridad, el entonces general al mando del ejército liberal de Norte, Ramón Nouvilas y Rafols, comprobaba como la situación comenzaba a escapar a todo control. El ejército carlista que se estaba construyendo estaba todavía en estado primario, pero notablemente móvil en comparación con las escasas, poco motivadas y ocasionalmente indisciplinadas, columnas liberales que les perseguían infructuosamente. Los enfrentamientos eran constantes con partidas rebeldes que golpeaban las pequeñas guarniciones para seguidamente desaparecer, dejando a su paso una sensación de ausencia de control gubernamental. Nouvilas solicitaba a Madrid más tropas y material, obligado a configurar sus columnas con retazos de todos los cuerpos oficiales de los que disponía: tropas regulares, carabineros, miqueletes, guardia civil,… . En su afán por pacificar la zona comenzó a tomar decisiones notablemente ineficaces y cuestionadas. Así, en Navarra se ordenó la voladura de puentes que entorpecieron más a los liberales que a los propios carlistas y se dejaron en manos rebeldes buenas fortificaciones al recibir sus guarniciones orden de abandonarlas. A decir de Brea, Nouvilas fue “el ingeniero que más hizo por los carlistas”.
Ramón Nouvilas y Rafols.
Senado de España

Alejado de la realidad imperante y según consta en la Narración Militar de la Guerra Carlista, el 24 de abril de 1873 Novilas dirigió al Ministro de Guerra en Madrid el siguiente parte: “Acabo de llegar procedente de Vera, Irún, Tolosa, Lecumberri, Cinco Villas y Baztán. Queda situada la columna de Tejada, reforzada con la que mandaba Fernández Morales, para restablecer el espíritu de aquellos pueblos, cortar los puentes del Bidasoa, perseguir y exterminar las pequeñas partidas y ocupar las aduanas establecidas por loa carlistas. Los batallones de León y San Quintin, á mi paso por Oyarzun, han cambiado en San Sebastián el armamento Berdan por Remington. Con el Berdan entregado se organizarán voluntarios en los valles del Baztán y Santesteban. Con las disposiciones adoptadas queda cubierta la frontera é impedidas las correrías de la facción a Vera. El espíritu en Guipúzcoa, muy levantado en favor del Gobierno. Inmediatamente que termine la reorganización de las columnas, su paso por esta plaza, saldré para la persecución combinada de la facción”. Pero la situación “real” en las provincias vasco-navarras distaba mucho de las sensación “de control” que trasmitía este documento. De hecho, Nouvilas había confiado al coronel Jose Saenz de Tejada una complicada misión, en un terreno difícil donde las “facciones” como la del cura Santa Cruz imponían su ley y donde generales como Lizarraga y Dorregaray comenzaban a dar forma a los batallones regulares carlistas.

El 23 de abril Tejada comenzó la fortificación del puente de Endarlatsa destacando para ello a un oficial del Batallón Cantabria con dos compañías y dos secciones de ingenieros. Los trabajos de defensa fueron hostilizados por las partidas carlistas; no en vano Endarlatsa y su puente constituían un elemento vital de control para ambos contendientes. De hecho, al día siguiente de comenzar las obras se describe en la Narración Militar el ataque sufrido por parte de las “facciones Santa Cruz, Martínez, Caperochipi y otras, en total unos 600 hombres, que ocupaban las alturas inmediatas” y que obligaron al coronel Tejada a movilizar a toda su columna para alejar a los carlistas del puente y rescatar a su destacamento.

Los trabajos terminaron, pero el resultado no fue en absoluto el esperado para una zona de semejante relevancia. Citando al historiador Martin Ugalde Orradre: “En el puente de Endarlaza, utilizado como puesto avanzado, se fortifica la casa llamada de “la Cadena” por residir en ella el encargado de cobrar el impuesto provincial a los carruajes. La defensa consistía en un pequeño fortín o tambor de mampostería de unos 3 metros de alto, con varias aspilleras, cubierto de tejas sin ningún blindaje”. A ojos de todos, el pequeño reducto no dejaba de ser “un apaño” que adolecía de todo tipo de defectos: estratégicamente mal posicionado, pequeño, incomodo, insalubre, inseguro e ineficaz. Otra descripción la encontramos en el libro Glorias Militares de Carabineros y Guardia Civil de Joaquín Viciana Hernandez: “Este mal llamado fuerte, […], no tenía de tal otra cosa que el nombre, puesto que era una casa de piedra situada en la falda de una pequeña colina inmediata al puente y á la que, aspillerada y rodeada de un pequeño foso, se le dió el pomposo nombre de fuerte”. En el diario el Heraldo de Madrid del 3 de junio de 1933, el fortín se convierte en una simple “caseta”: “[…] logró al fin fortificar en los últimos días de mayo una caseta de piedra situada en la falda de una pequeña colina navarra que dominaba, además de la ría, línea divisoria en ese sitio de la frontera franco-española, el puente de Endarlaza, punto obligado de paso entre las provincias de Guipúzcoa y de Navarra, en la cual caseta, previamente aspillerada y defendida por un pequeño foso […]”.

Tomando como referencia las descripciones de época, el fortín se localizaba en la orilla navarra del Bidasoa, no excesivamente alejado del puente, pegado a la ladera del monte Alkozpe. En este sentido hay que hacer constar que existe un error de su situación en varias descripciones actuales donde se incluye una foto que muestra una casa bajo el torreón de la línea “Erlaitz-Endarlaza” en el lado gipuzkoano, indicando que se trata del lugar donde se levantaba el fuerte de los carabineros. 

Miqueletes guipuzcoanos.
Enciclopedia Auñamendi
A la improvisada fortificación fueron destinados un destacamento de miqueletes gipuzkoanos que formaban parte de la columna Tejeda y que recelaban notablemente de la seguridad de aquel elemento. Según describe Martin Ugalde: “[…] los intrépidos miqueletes, más avezados a la irregular lucha de guerrilla, desconfiaban del fuerte, y de noche acampaban libre al aire en las alturas vecinas […]”. Y es precisamente esta desconfianza la que a decir de este historiador, les permitió salvar una complicada situación cuando fueron “objeto de una ataque por dos compañías de la partida del cura (Santa Cruz); capitaneadas por Juan Orozko (sic) […]”.

Como anécdota paralela, es necesario hacer constar la existencia de una confusión con el apellido Orozko y Egozkue, en las crónicas de Ugalde. El historiador esta haciendo referencia a Juan Egozkue, uno de los principales cabecillas de las partidas que se pusieron a las órdenes de Santa Cruz. Continuando su relato: “Juan Orozko (Egozkue), ex-cabo de la guardia civil que estuvo de servicio en Irún, y abandonado su puesto se pasó a la partida, obteniendo como premio a su traición el grado de capitán. La otra compañía la mandaba un cura. […] Los miqueletes emboscados dejaron que el enemigo se acercara y rompiendo el fuego les ocasionó un muerto y dos heridos. Parece que Santa Cruz hizo salir de sus filas a los capitanes, insultándoles: obligo a que Orozko (Egozkue) se confesara con él diciendo a los suyos: “A ese pegarle cuatro tiros”, orden que fue ejecutada en el acto. Orozko (Egozkue) era algo sospechoso para los de la partida por su procedencia liberal y porque, según decían, su mujer salía de Irún los sábados con cartas para él…”. Al igual que con muchas de las decisiones del cura, existen muchas y diversas narraciones del mismo hecho. Esta exposición relativa al fusilamiento del cabecilla Juan Egozkue quedaría en una mera anécdota sino fuera porque en el diario La Esperanza del 15 de mayo se hace eco de la siguiente noticia: “El Memorial de los Pirineos refiere en estos términos los pormenores del fusilamiento del oficial carlista Egozene (sic): En el combate de Endarlaza, dice, y cuando la ventaja estaba de parte de los carlistas, Egozene (sic), ayudante de Santa Cruz, mandó tocar retirada. Cuando los vascongados entran en fuego es difícil contenerlos, y sin hacer casó de la corneta desalojaron á sus contrarios. Poco después llegó Santa Cruz, y al quedar en las posiciones que las fuerzas que mandaban habían ocupado, no faltó quien llamase la atención del jefe sobre la conducta de Egozene (sic). Le habló de traición, y un Voluntario dijo que había visto que una mujer había entregado á Egozene (sic) una carta antes de que comenzase la acción. Interrogado éste, respondió negativamente.
—Conviene registrarle, dijo un carlista.
Así lo hicieron, sin hallar nada qué confirmase la sospecha. Entonces uno de los de la partida se acercó á Egozene (sic), que llevaba vendado un brazo, y entre los pliegues del pañuelo encontró una carta, en la. que se ofrecía ,80.000 rs. al que entregase al Cura Santa Cruz.
—Mucho dinero es ese, exclamó el cabecilla; si alguno de vosotros quiere ganarle, á tiempo está; pero de todos modos no quiero ser vendido por este traidor.
Acto continuo formó un Consejo de Guerra, y Égozene (sic) fue condenado á ser pasado por las armas. La sentencia se ejecutó, siendo enterrado en Goizueta”.

La realidad descarnada es que el 29 de abril se encontró el cadáver de Egozkue, al que oficialmente el cura hizo pasar por las armas “porque era partidario de Lizarraga y andaba queriendo acabar con la partida”

Días Previos

En los días previos al 4 de junio son varios los documentos oficiales contenidos en el Archivo Zavala que nos informan del relevo de miqueletes estacionados en Endarlatsa por un destacamento de Carabineros, aportando datos y elementos, hasta la fecha inéditos.

Ignacio María del Castillo.
Senado de España
Todo parece indicar que el por entonces Comandante General de las fuerzas gubernamentales de Gipuzkoa, Ignacio María del Castillo y Gil de la Torre, visto el cariz de los acontecimientos, había dado orden de agrupar en la provincia un mayor número de fuerzas, incluidas aquellas que se habían sumado a la “columna Tejada”. En una misiva enviada desde su cuartel general en Tolosa, Ignacio María del Castillo instaba al entonces Comandante General de Pamplona y Navarra, Manuel Alvarez Maldonado, al retorno de esos miqueletes con premura a Gipuzkoa:

  “Los miqueletes de Guipúzcoa de (la) columna Tejada mandados regresar a su provincia han quedado de guarnición en Endarlaza. Ruego a V.E. mande que sean relevados pues urge su venida. Debo decir a V.E. que la columna Tejada sola, es más fuerte que todas las que quedaban en esta provincia”.

Las órdenes fueron cumplidas y el 1 de junio los miqueletes eran sustituidos por una fuerza de carabineros. En un documento remitido al general Castillo desde la Comandancia Militar de Irún se le informa del reemplazo:


Carta manuscrita del relevo de los
miqueletes por carabineros.
Archivo Zavala
“En el día de ayer quedo verificado el relevo de los miqueletes del puesto de Endarlaza por los 40 hombres y un oficial del cuerpo de carabineros que presentaba su servicio entre Behobia y aquel punto. Tengo el honor de manifestarlo a V.E en cumplimiento de mi deber. Dios guarde a V.E. Irún 2 de junio de 1873. Jose [ilegible].

Es decir, los miqueletes fueron reemplazados por un destacamento que alternaba su actividad de control aduanera entre los puestos fronterizos de Behobia y Endarlaza. Sin embargo, el destino en el nuevo fortín durante un periodo de tiempo que se considera permanente, generaba un notable malestar, no dudando sus oficiales en remitir cartas a sus superiores, donde se hacían eco del disgusto que dicha orden producía en sus hombres, dada la nefasta situación que tenía el fortín para su habitabilidad, defensa; y algo que consideraban no menos importante: la imposibilidad de estar cerca de sus familias. En el Archivo Zabala se conservan copias de comunicaciones remitidas al 1º Jefe de Carabineros de la Comandancia de Guipúzcoa de Irún, Pablo Moreyra de Ugarte, por parte de los oficiales de carabineros Jose Arnaiz y Manuel Torres:

“Al anochecer de hayer (sic) sustituyó el destacamento de Endarlaza el teniente D. Valentín García y 40 individuos según tenia indicado a V.E. Cumple a mi deber manifestar al propio tiempo que dicho destacamento sobre los peligroso y ocasionado a una desgracia que es si el enemigo en número se propone tomarlo, tiene el inconveniente de su mezquina localidad para tanta gente, que desde el día que se monta el puesto hasta en el que se deja, no se desnudan, ni tienen por lecho más que el suelo donde apenas caben. Por estas circunstancias de insalubridad y gran peligro, los jefes de los Cuerpos gestionan incesantemente porque este destacamento sea del más corto plazo posible. Lo que para su superior conocimiento manifiesto a V.E. dándole estos pormenores, por si, como no dudo donde emplear su autoridad e influencias en que el mencionado destacamento sea tan corto como pueda ser, habiendo con ello la salud de los que lo componen y aún más, el mal efecto de cualquier desgracia ajena al valor, que les sobra, pero sí inherente a las fatales condiciones a la defensa del puesto. Irún 2 de junio de 1873. El 2º Jefe, Jose de Arnaiz”.

“Carabineros 2º Compañía de Infantería Comandancia de Guipúzcoa. Número 214. Al emprender la marcha en el día de hayer(sic) los 40 individuos de esta compañía que a las órdenes del teniente D. Valentín García y por disposición superior se han situado en el puente de Endarlaza, se han manifestado algunos que: teniendo en consideración el especial servicio que en dicho puente han de prestar y la imposibilidad absoluta de tener a su lado sus familias y de reunirse ni aun siquiera para comer, desearan si en ello no hubiera inconveniente que alternase el resto de las compañías en el expresado servicio. Lo que tengo el honor de participar a V.E para la resolución que estime conveniente. Irún a 2 de junio de 1873. Manuel de Torres. Sr. Coronel 1º Jefe de la Comandancia”. 

Fragmento de la carta  de Moreno
y respuesta del general Castillo.
Archivo Zavala
Siguiendo estas solicitudes la pertinente deriva dentro del escalafón militar, la cuestión paso a manos del Comandante Militar de Irún y de allí al Gobernador Militar de San Sebastián, José Moreno del Christo, que a su vez interpeló directamente al general Castillo en Tolosa, en relación con el desplazamiento de los carabineros a un “puesto fijo” en Endarlaza: “Gobierno Militar de la Provincia de Guipúzcoa. Excelentísimo Señor: El Comandante Militar de Irún me dejó en telegrama de anoche lo que sigue: Acaban de llegar miqueletes de Endarlaza y mañana sino hay novedad irán a Oyarzun donde esperaran órdenes. Recibo parte de Elizondo que los carlistas estuvieron tiroteando la guarnición y fueron rechazados sin perdidas a Peña Plata. Lo que tengo el honor de trasladar a V.E. para la superior conocimiento; debiendo significarle al propio tiempo que el destacamento de Endarlza que de ahora [ilegible] y la fuerza de carabineros que la compone, estaba prestando el servicio de su instituto por disposición del General en Jefe y de acuerdo con el excelentísimo Ministro de Hacienda, desde dicho puente a Behobia; por hallarse protegido por los destacamentos de ambos puestos. Dios guarde a V.E. San Sebastián 2 de junio de 1873. Jose Moreno del Christo”.

Al margen de la escueta carta, encontramos en el mismo documento, la contestación manuscrita del general Castillo: “Al Ilustrísimo Gobernador Militar de San Sebastián. Por el escrito de V.E de 2 del actual, quedo enterado de que se ha establecido el destacamento de carabineros en Endarlaza, en relevo de los miqueletes que han pasado a Oyarzun. Debo manifestar a V.E en contestación a dicho oficio que al ordenar yo al Comandante Militar de Irún que mandase los referidos carabineros a Endarlaza, se previniera que no se interrumpiera el servicio de su instituto, sino en el caso de confirmarse (la aparición de) una facción (carlista) numerosa; y que ese servicio, presentándose desde el puente de Behobia y desde el de Endarlaza, era menos fatigoso, puesto que solo tenía que recorrer cada uno de los grupos la mitad de la distancia. Lo digo a V.E en contestación a su citado oficio y para que lo haga saber al Comandante Militar de Irún, por si no hubiera recibido mi orden. Firma. Castillo? 4 de junio de 1873”. De esta respuesta, realizada ya en el fatídico día 4, se desprende que el general Ignacio María Castillo no había recibido los comentarios que los mandos de los carabineros en relación con el pésimo estado del fuerte de Endarlaza, y únicamente presentaba contestación a la necesidad de mantener en ambos puentes (Behobia y Endarlaza) el servicio aduanero; exponiendo que únicamente se interrumpiera este servicio en el caso de aparecer un fuerte contingente carlista y añadiendo un comentario en relación con las distancias que deberían de cubrir los destacamentos.

Por lo tanto, el alto mando no calculó, no fue consciente o no supo valorar la peligrosidad de aquel destino y la dificultad de socorro en el caso de perpetrase un ataque al destacamento. Pero para entonces, y mientras el general Castillo despachaba su carta, los carabineros de Endarlaza se encontraban luchando aislados, encerrados en aquel poco afortunado fortín. 
Imágenes de Carabineros. Historia siglo XIX de Pi y Margall

 4 de Junio de1873

En la madrugada de un desapacible 4 de junio, el cura Santa Cruz a la cabeza de sus hombres, cercó el fuerte quedando los carabineros encerrados en su interior. A partir de este momento, los pormenores que rodean la toma del fuerte y posterior fusilamiento de los carabineros en ausencia de partes oficiales, quedan recogidos en una notable proliferación de distintas versiones, adornadas con anécdotas y elucubraciones más o menos elaboradas que dificultan la obtención de un relato fiel de lo ocurrido.

Cartel de la pastoral "Santa Kruz".
Museo  Zumalakarregi
Son numerosas las variaciones narrativas, todas ellas supuestamente provenientes del cotejo de distintos testigos, algunos directos otros indirectos; cada una con sus peculiaridades y la mayoría publicadas bastantes años después, multiplicándose en los años 20 del pasado siglo las referencias al fusilamiento, incluidas, la mayoría de las veces, en revisiones de la biografía del cura Santa Cruz. Así y por citar unas pocas fuentes que describen los hechos, encontramos: La Cruz Sangrienta de Gaetan Bernoville de 1928, El Cura Santa Cruz de Xabier Azurmendi (biografía iniciada por el Padre D. Ignacio Ariztimuño Olaso) de 1986; El Cura Santa Cruz. La Novela Vivida de 1928; Santa Cruz Apaiza de Nicolas Ormaetxea de 1929; El Cura Santa Cruz guerrillero de Juan Olazabal Ramery de 1928; Glorias Militares de Guardia Civil y Carabineros de Joaquín Viciana de 1914 o la Revista técnica de la Guardia Civil de 1918. Especialmente interesante es el relato que se publicó en la revista gráfica “Ahora” en 1931, donde el periodista Vicente Sanchez Ocaña entrevistaba a miembros de la partida de Santa Cruz. Bajo el título Cuando íbamos con el cura Santa Cruz, estos veteranos, ya muy ancianos, desgranaban diferentes anécdotas y vivencias de sus años de juventud en la partida del cura. También se localizan descripciones más cercanas cronológicamente a los hechos, en un par de publicaciones extranjeras como la de John Augustus O’Shea en su libro Romantic Spain: A record of personal experiences o Spain and the Spaniards de N. L. Thieblin de 1874. Ya recientemente, Martin Ugalde Orradre en su libro Historia de Euskadi de 1981 comentaba que poseía un escrito anónimo, titulado “ataque de Endarlaza, meticulosamente escrito a mano, y que estaba fechado en el año 1907”, que según el historiador pertenecía a alguien que logró escapar, o se lo dicto a algún otro que posteriormente lo escribió. Por último, son notablemente numerosas las alusiones a lo ocurrido en las hemerotecas de los diarios de época entre los años de 1907 y 1936, cuando se institucionaliza los actos en recuerdo de los fusilados.

Teniendo en cuenta lo anteriormente dicho: ¿Cuál es el relato de lo sucedido en el fuerte más verosímil? ¿Cuál es la versión más fiel a lo ocurrido? Posiblemente todas y probablemente ninguna, ya que cada una cuenta con sus propios puntos de vista, su propio discurso y en algunas, transciende claramente una afinidad por uno de los bandos contendientes.

Isidro Ortiz Urruela
Política y vida cotidiana
de Luis Maria de Zavala
Según recoge Ugalde en la madrugada del 3 al 4 de junio, el cura Santa Cruz y su partida al completo habían abandonado su cuartel general en Aritxulegi, “llevando un cañón de bronce de un metro de largo”. Este cañón en manos del cura siempre fue considerado como un elemento más llamativo que útil, dada la nula instrucción militar de la mayoría de sus hombres. Sin embargo, su uso en Endarlatsa fue determinante en la suerte del improvisado fortín, especulándose mucho sobre su procedencia de esta pieza. En el diario liberal La Correspondencia del día 10 de junio se afirmaba que “Los tres cañones (realmente era uno) que lleva la facción del Cura Santa Cruz, que atacó al destacamento de carabineros de Éndarlaza, parece que han sido fundidos en la ferrería del Sr. Blandía, en término de Vera, para lo cual fué amenazarlo con ser metido en el horno si se negaba á fundirlo”. Semejante afirmación distaba mucho de ser real. La mayoría de la bibliografía indica que la procedencia de este pequeño cañón era francesa. En la reconstrucción de la vida y actividades del cura Santa Cruz realizada por Iñigo Lopez de Rada en el blog Noticias Carlistas se recogen algunos datos adicionales de la pieza: “El cañón, que no pesaba más de 100 libras (45 Kg) y disparaba granadas de 5 o 6 libras (2 kg), fue regalado al cura por su amigo Isidro Ortiz de Urruela. Fue bautizado mediomundo por un soldado de la partida que en cierta ocasión al cargárselo sobre sus espaldas para transportarlo afirmó "con este cañón venceremos a medio mundo"”. De la misma forma también indica que: “en la revista francesa "L'Illustration" en un artículo firmado por Gaetan Bernoville y recogido en el libro de Isidoro Medina Patiño: "[...] Por toda artillería utilizaban [los de la Partida del cura Santa Cruz] una pequeña pieza fundida con un cañón de la guerra francoprusiana, obsequiado por mi abuelo [Isidro Ortiz de Urruela] carlista ferviente como él [Santa Cruz]". Y si bien era verdad que Santa Cruz utilizó como refugió la casa de Serres en Ascain (Villa Mariana) y los contactos que el aristocrático y carlista Isidro Ortiz de Urruela poseía, Nicolas Ormaetxea en el libro Santa Cruz Apaiza comenta que “puede que fuera posible que Isidro le diera los fondos para la comprar del cañón”, pero que fue el propio Cura el que viajó a Nantes para comprar la pieza, utilizando Ormaetxea, el adjetivo euskeriko “kaxkar” para definir la compra. Es decir: un cañón pequeño, insignificante.

"Martintxo" en 1930.
Revista Ahora
El veterano Martin Azurmendi Elizalde “Martintxo”, convertido en un venerable anciano en 1930, relataba al periodista Ocaña lo ocurrido en los primeros compases de aquel día: “Un grupo nos escondimos junto al cuartel, por allí agazapados entre el brezo. Otro grupo se colocó en una altura. Y más alto todavía, un cañoncito que llevábamos… Es decir, me enteré de que lo llevábamos cuando comenzó a tirar: no sabía que lo tuviéramos. El capitán Antxuxa, con otro grupo de chicos, se colocó por la parte de Irún por si acaso venía la guarnición de allí a socorrer a los carabineros, hacerla frente. Al amanecer, el hermano de Esteban el “corneta de Lasala”, el Aniceto, que era el que verdaderamente servía de corneta al amo (al cura), empezó a tocar diana allá por lo alto, por donde tenían el cañón… Los del cuartel despertaron sobresaltados y comenzaron a ir y venir y a discutir, y a charlar… Nosotros, como estábamos casi pegados a las paredes del cuartel, oíamos muy bien todo los que pasaba allá dentro.
-¡Oye-decía uno-Los nuestros por ahí arriba…!
-Que no sean carlistas… -dijo otro.
-¡Qué carlistas!... ¡Qué carlistas!...-contestaba el que había hablado primero- ¿Van a estar tan bien organizados con cornetas y eso, como nosotros?
Estaba yo atendiendo a esta conversación entre dos de los del cuartel, cuando de pronto oí un gran vocerío de los nuestros, los que se habían colocado en lo alto.
-¡Viva Carlos Séptimo!- gritaban. Era que muchos carabineros se habían asomado a las ventanas a ver qué era aquello de la corneta.
-¡Viva Carlos Séptimo!
-¡Muera! – gritaron, furiosos los carabineros. Y luego: -¡Viva la libertad!”.

Con el fuerte rodeado y los carabineros encerrados dentro comienza el intercambio de disparos, apoyadas las fuerzas carlistas por el fuego del cañón. Algunos relatos sostienen que algunos familiares se encontraban también en el interior del mismo; así en la Revista Técnica de la Guardia Civil se cita: “Es digno de mencionarse el hecho de que la prometida de uno de los carabineros de Endarlaza, que había acudido a visitarle al fuerte, y a quien el ataque carlista impidió volver a salir, se portó como una verdadera heroína auxiliando a los heridos, facilitando municiones y demostrando, en una palabra, que poseía con alto grado las hermosas virtudes de la mujer española. Se llamaba Brígida Revuelta”. También versiones noveladas del relato, como Santa Cruz de la Novela Vivida, incluyen la presencia, no sólo de las mujeres de los carabineros en el fuerte, sino también la de sus hijos, indudablemente buscando un punto añadido de dramatismo: “Las mujeres de los carabineros despertaban también sobresaltadas y llamaban a sus chicos, vistiéndolos a toda prisa por si era necesario huir. Los chicos lloraban restregándose los ojos: -¡Calla, que viene el cura!”. Otras reconstrucciones modernas han llegado a afirmar que el cura tomó rehenes a las familias, como la que localiza en la enciclopedia Auñamendi: “Habiendo hecho primero rehenes a esposas e hijos, los carabineros parecen querer entregarse mediante una bandera blanca, […]”. Sin embargo, ya hemos dejado constancia que según los partes oficiales el destacamento se quejaba de la imposibilidad de contar con la cercanía de sus familiares, siendo la casa demasiado pequeña, incluso para la guarnición; por lo que es poco probable que los familiares estuvieran presentes en el momento del ataque.

Imagen de una pequeña pieza de artillería de montaña.
Álbum siglo XIX
Indudablemente fue gracias a la presencia del cañón lo que permitió acabar la resistencia de los carabineros. En Spain and Spaniards se dice: “El pequeño cañón pronto había destruido las defensas, calculadas para proteger a los republicanos sólo de disparos rifle”; y en Glorias Militares se cita: “[…] colocaron (los carlistas) cerca un cañón y con este rompieron el fuego contra la casa-fuerte hasta dejarla al raso del primer piso, en el cual, sin embargo, y entre los escombros y varios cadáveres, se defendían como leones. El enemigo entonces, viendo que aún no se rendían, mudó la colocación del cañón á las diez del día y desde esta hora, hasta las doce disparó con fuego certero y próximo hasta arrasarlos”.

En el archivo Zavala se localiza otro documento digitalizado manuscrito con un elemento anecdótico de gran relevancia. El 12 de junio, días después de la carnicería, en una misiva que no tiene desperdicio, un oficial escribe desde San Sebastian directamente al general Castillo haciéndole partícipe de lo siguiente: “[…] Deseo es que V.S. sepa también que la desgracia de nuestros carabineros en Endarlaza fue debida a un francés que en el mismo día por la mañana dijo a sus otros compañeros suyos que habitan en esta villa Irún se iba a trabajar a la mina y a donde fue; fue a servir a la facción como artillero que había sido del ejército francés; pues servida la pieza de que disponían los carlistas por ellos mismo no hubieran conseguido nada y así lo habían demostrado que en 14 o 15 disparos que habían hecho no habían acertado uno a los del fuerte del puente, el francés que los presenciaba se lanzó precipitadamente al cañón colocándolo donde creyó conveniente y dirigido y disparándolo por su propio a los tres disparos que hizo consiguió destruir la fortaleza con lo que dio lugar a la rendición de aquellos infelices para luego ser asesinados villanamente; todo lo expuesto es una verdad”. Es decir, en ausencia de un artillero en el grupo de Santa Cruz, fue un francés veterano de la guerra franco-prusiana el que se hizo cargo de la pieza.

El veterano Azurmendi comentaba lo siguiente del fuego del cañón: “Parecía que (los carabineros) iban a poder mantenerse bastante tiempo. Pero de pronto… ¡braam!... Una bala de cañón que pega en la pared y abre una brecha… Y luego otra, ¡braaam!... Y otra… Y otra… ¡Mucho tumulto allá dentro! Voces, carreras, maldiciones, quejas… Y el cañón disparando: ¡braaam!.... ¡braaaam! Durante una hora o así estuvieron aguantando el cañoneo y haciendo fuego ellos detrás de las ventanas”.

Los defensores del fuerte ya contaban con varias bajas y comprobaban impotentes cómo el cañón reducía a escombros sus defensas. Ante semejante situación, la gran mayoría de las crónicas especifican que los carabineros presentaron una bandera blanca. Relatos de carácter más heroico o más encaminados al enaltecimiento de los carabineros como los recogidos en Glorias Militares o Revista Técnica de la Guardia Civil, indican que no hubo tal petición de rendición: “Averiado por completo el edificio, muertos muchos de los que le guarnecían y expuestos sin defensa los supervivientes al certero fuego de los carlistas, el teniente García Rodríguez concibió el heroico proyecto de morir matando, y con los hombres que le quedaban abandonó el montón de ruinas que ya restaba del fuerte y se lanzó fuera, dispuesto a romper el cerco de enemigos o a perecer en la empresa” o “En la imposibilidad de defenderse dentro del fuerte, derruido ya, por los cañonazos de aquel miserable que había sido cura, el denodado oficial concibió la idea suprema de abrirse campo por la carretera, ordenando á los valerosos restos de su fuerza la salida”.

Otras crónicas, como la recogida en el diario La Correspondencia del 9 de junio de  1928, concluía que los carabineros fueron engaños: “[…] Cuando la bizarría de los defensores hizo imposible la victoria, mantuvieron el asedio hasta casi aplastarlos. Y en el momento oportuno pusieron en práctica el ardid. Enviaron un mensaje a las fuerzas (de carabineros), proponiéndoles el rendimiento, a cambio de respetar sus vidas. Agotados e indefensos, aceptaron la proposición […]”.

Algo parecido relataba Francisco Alvarez Andreano, coronel del regimiento Sicilia e hijo del malogrado cabo carabinero Alvarez, en una entrevista publicada el 7 de junio de 1931 en la revista Ahora: “[…] Llegó un instante en que fue necesario pensar en la retirada, en la huida o en entregarse. La munición iba en descenso. Dentro del cuartel se deliberó ampliamente. Huir, rendirse, morir peleando eran tres puntos entre los que había que optar. La mayoría votó por la rendición. Y la bandera blanca no tardo en izarse en el cuartel […]”.

Una variante, la encontramos en la crónica que presenta Ugalde, supuestamente descrita por uno de los pocos carabineros supervivientes, donde se especifica que la bandera blanca existió, pero que los carlistas no aceptaron la tregua: “En situación tan desesperada el teniente mando izar la bandera de parlamento, orden que fue cumplida con un pañuelo blanco atado a la bayoneta por el individuo, hoy único superviviente. Al observar la señal, los carlistas más próximos gritaron: García –el teniente se llamaba Valentín García- ¡No hay cuartel! ¡A cuchillo vais a morir!”.

Coronel Francisco Alvarez Andreano.
Revista Ahora
Tampoco el relato que hace el coronel Francisco Alvarez en la revista Ahora explica claramente lo sucedido tras la presentación de la bandera blanca. Según indica, la partida del cura prometió que las vidas serían respetadas, tras una entrega de armas y rendición incondicional: “Pero la discordia aumentó dentro del cuartel. Había quién se negaba a entregarse. Mi padre, los hermanos Benavides y otros tres decidieron hacer una salida, por la orilla del río antes de rendirse…”.

Pero la postura oficial que siempre sostuvo Santa Cruz y otros testigos carlistas, fue que aquella solicitud de parlamento y su posterior incumplimiento por parte de los carabineros, desencadenó su final. En el libro Romantic Spain el autor afirma que tuvo la oportunidad de entrevistarse directamente con el cura y al preguntarle por lo sucedido, el propio Santa Cruz le hizo un relato descarnado que queda recogido con estas palabras: “Una bandera blanca fue izada en el cuerpo de guardia. El cura ordenó el cese del fuego, y avanzó a negociar las condiciones de la rendición. El enemigo, que lo había invitado a acercarse por la bandera blanca, disparó e hirió a uno de sus hombres”. Parecido comentario se hace en Spain and the Spaniards: “y los carabineros, después de haber perdido varios hombres, izaron una bandera blanca. Los carlistas comenzaron entonces a descender de las alturas hacia el valle, y cuando estaban cerca del puente los recibieron con una descarga de fusilería […]”.

Por su parte, el veterano Azurmendi relataba 57 años después del ataque al periodista Ocaña: “En esto vimos que vimos que allá en frente, por los cerros, iba de una lado para otro uno de los nuestros, así como llevando y trayendo órdenes. –Alguna novedad hay- nos dijimos. Y en efecto, nuestras fuerzas iban dejando de tirar como si les hubieran mandado: ¡Alto el fuego!. Se abrió la puerta del cuartel y aparecieron los carabineros. -¡Ah!-dijimos entre nosotros-es que se rinde. Y saltamos del brezo para recibirlos. Ellos se quedaron sorprendidos al vernos aparecer de improviso, tan cerca. Pero en seguida se echaron los fusiles a la cara y dispararon sobre nosotros… Íbamos tan tranquilos, arma al brazo, de paz… ¡Bien recibimos la descarga! Uno cayó muerto; otros cuantos heridos. Yo entre ellos…”.

Ignacio Roteta en 1930.
Revista Ahora
¿Fueron disparos fortuitos? ¿Una descarga premeditada? ¿Qué había pasado? En el libro Santa Cruz Apaiza se recoge una explicación, para la que el propio autor no muestra demasiado crédito: Al tener el fortín dos plantas, los carabineros que se encontraban arriba sacaron la bandera blanca, pero los situados abajo no eran conscientes de lo que sucedía y continuaron haciendo fuego. Otra variante al relato la presenta uno de los testigos directos, el por entonces cabo en la partida de Santa Cruz, Ignacio Roteta Aramburu de Usurbil: “- Los carabineros cuando se vieron mal, sacaron un fusil con un lienzo banco en la punta: era que pedían parlamento. El amo mandó que paráramos el fuego; pero algunos que estaban en sitios desde donde no se podía ver la bandera, seguían disparando, sobre todo los del cañón… Les gritamos: -¡Alto el fuego!, pero no nos oían. […]. En esto, los carabineros, viendo que el cañón no paraba de disparar, creyeron que era que no les dábamos cuartel. Salieron a la desesperada y recibieron con una descarga a la fuerza nuestra que se acercaba a ellos pacíficamente a recibirlos”

Aquellos disparos produjeron algún herido o incluso algún muerto entre los hombres de la partida. En Santa Cruz Apaiza se cita al “txistulari” de la partida, hombre por el que el cura sentía gran simpatía; otras le identifican directamente como “Chango”, el chistulari y tamboril de la Partida o “Txango, apellidado Arandia, buen bertsolari y el mejor dantzari de zortziko del valle de Oyarzun”. Sin embargo, en el relato que recoge Ugalde por parte de un superviviente liberal, desmiente estos hechos: “La única baja en los carlistas fue un titulado comandante de la villa de Vera conocido por el apodo de Lechugino. Antes de la guerra era arriero y carbonero, tenía un balazo en el empeine, una leve herida que no penetro en el pie, solo raspo la piel y no hizo cama”. Efectos más severos se recogen en la revista Crónica del 2 de marzo de 1930, donde Severiano Azpeitia, aparentemente un testigo directo de lo sucedido, comentaba que el propio Santa Cruz al ver la bandera de tregua se acercó al fuerte junto a dos de sus hombres: “Pero cuando Santa Cruz y sus dos compañeros se hallaban á unos pasos del fuerte, una descarga cerrada y á quemarropa atronó el espacio trágicamente. Los dos ayudantes del guerrillero caen sin vida á tierra, mientras él escapaba, monte arriba, milagrosamente ileso”.

Sea como fuere, a partir de este momento, la suerte de los carabineros quedó sellada. Siguiendo con la descripción de Ignacio Roteta: “-¡Después fue triste!... Los carabineros salieron corriendo… algunos se echaron al río y allí se ahogaron. Sólo dos o así debieron escapar con vida… A los demás los cogieron y los trajeron junto al cuartel.” Otras crónicas indican que los carabineros supervivientes salieron del fuerte “por las ventanas” o por la “puerta trasera”, con la intención de ponerse a salvo. Seis de ellos se lanzaron al Bidasoa para cruzar a nado a territorio de Francia, donde algunos gendarmes se habían apostado, asistiendo sin intervenir al drama que se estaba gestando. De esos seis, cuatro se ahogaron en el intento o fueron tiroteados en el agua, incluso haciendo pie ya en territorio francés y mientras eran auxiliados por los gendarmes; en una acción que supondrá una queja formal por parte del gobierno francés. Curiosamente de uno de los ahogados se decía en Spain and Spaniards: “[…] de los dos cadáveres que vi recogidos del Bidasoa. El uno tenía veintidós cartuchos en su bolsa, y el otro cincuenta. Teniendo en cuenta que una bolsa cartucho contiene sesenta cartuchos, y que rara vez está completo, se hace evidente que los dos hombres que se lanzaron en el Bidasoa apenas habían luchado más de unos pocos minutos”. En este sentido hay que hacer constar que mientras en varias de las descripciones consta que los carabineros se batieron hasta agotar sus municiones, esta descripción donde uno de los ahogados presentaba su cartuchera llena, unido al botín que se dice tomó Santa Cruz: “27 fusiles Remington y dos cajas de municiones”; parece indicar que la rendición no estuvo fundamentada en la falta de munición.

El coronel de regimiento Sicilia, Francisco Alvarez, relataba así el final de su padre a manos de la partida: “Los hermanos Benavides vadearon el río entre una lluvia de balas y consiguieron ganarla orilla opuesta y ocultarse entre los matorrales. Mi padre y los otros, por la orilla izquierda, pretendían ocultándose, ganar Irún. Fueron descubiertos por los carlistas, y se generalizó el tiroteo. Ganado terreno y batiéndose en retirada, los cuatro hombres, rodilla en tierra, agotaban la munición que les quedaba. Una bala enemiga hirió a mi padre e la rótula izquierda y le impidió seguir caminado. Los demás murieron, pues las balas hicieron blanco en sus pechos. Mi padre fue rematado a la orilla misma del Bidasoa”.

Otro grupo de carabineros parece que intentó avanzar por la carretera en dirección a Irún, pero fueron finalmente rodeados y hechos prisioneros. En el libro Glorias Militares de la Guardia Civil y Carabineros se identifica el punto geográfico del “vado de Charodi”, un arroyo que se localiza a escaso un kilómetro del puente, como la zona donde finalmente se rindieron. 

Seguidamente se hizo reunir a los prisioneros cerca del fuerte. El entonces cabo Roteta continuaba su relato explicando: “El amo estaba furioso. Decía que aquello de disparar sobre nosotros después de sacar bandera blanca había sido una traición. Alrededor del montón de carabineros que estaban allí desarmados esperando que se decidía, los grupos de chicos protestaban, indignados también de la traición… Había mucho tumulto…”. También dentro del fuerte quedaba algún herido: “Yo entré un momento en el cuartel […] y vi a un lado de la escalera de piedra del sótano a un carabinero que le faltaba media pierna. El pobre ¡daba unos ayes! Entre Errotaya y otros lo cogieron y lo sacaron a la carretera. Un poco después, cuando salía del cuartel […], Errotaya con su grupo seguía junto al herido, que estaba tumbado en la cuneta. Lo miraba y les decía a sus acompañantes: - Mejor sería rematarlo que no dejarlo que sufra… . Yo eché a correr de miedo de ver aquello…”.

Este carabinero herido es un elemento recurrente en algunas de las descripciones, citándose que murió quemado. Ugalde recoge que fue envuelto en una manta y quemado vivo, mientras que en la descripción que realizó el comandante de Carabineros de la 2º Compañía se cita que un carabinero fue “Quemado en el fuerte después de herido” (Lopez de Rada). El hecho que Roteta, como testigo directo de lo ocurrido, señale en su crónica a Errotoya, “el molinero,” como autor directo de esta muerte se explica por la mala, y parece que, merecida fama que incluso entre los propios hombres de la partida de Santa Cruz acompañaba a tres de sus compañeros. Los supervivientes de la partida entrevistados por Ocaña comentaban: “Errotaya, Ollara y Martolo “el tuerto de Aya”, oficiales a las órdenes inmediatas de Santa Cruz, eran unos bandidos. Los peores crímenes de las partidas del cura son obra de este trío. Eran unos asesinos y unos ladrones sin ninguna preocupación política”, terminado con la afirmación: “Eran mala gente”.

Las crónicas nos hablan de varios intentos de suplicas y de nuevo encontramos referencias a la presencia de familiares de los carabineros. En el libro Crímenes del Carlismo se cita: “El testimonio de cinco desgraciadas mujeres de los carabineros difuntos fue terrible. Refirieron que ellas mismas suplicaron al feroz Santa Cruz que perdonase la vida a aquellos desgraciados veteranos, casi todos padres de numerosa familia, y que les contestó que sólo quedarían prisioneros en Peña Plata, á donde los llevaban, pero las intimó a que inmediatamente se marchasen. Desconsoladas partieron para Irún […]”. Sin embargo el cabo Roteta relataba así el hecho: “Entonces vi al teniente de los carabineros arrodillado delante del amo, abrazándole las piernas. Le pedía que no los matara. El amo, sin hablar nada, hizo que se acercara el abanderado y le enseño nuestra bandera: llevaba dibujada una calavera, y, alrededor de ella un letrero: Guerra sin cuartel. Por fin echamos a andar. Nosotros íbamos delante. Mientras caminábamos oímos de pronto a nuestra espalda un tiroteo muy vivo. Era que estaban matando a los carabineros”.

Otro detalle reflejado en algunas de las crónicas como es el caso de La Cruz Sangrienta, apuntan a la llegada presurosa del cura del cercano pueblo de Biriatu. Según se indica, tuvo la intención de confesar a los carabineros previamente a su final, siendo detenido por Santa Cruz. Algunos autores adujeron falta de tiempo ante la posibilidad de la llegada de tropas liberales; otros, vieron en esta acción una nueva muestra de falta de humanidad de Santa Cruz. 

Poco se sabe de los detalles más escabrosos de los fusilamientos. En el libro Crímenes del Carlismo aparece la siguiente afirmación: “[…] se encontraron sobre la carretera una línea de cadáveres y dos o tres grupos de entre ellos abrazados”. Por su parte en Spain and Spaniards se dice: “[…] los veintitrés carabineros que fueron encontrados tumbados en un montón cerca del puente Endarlaza, presentaban un único disparo, no con cuatro, y en su mayoría a través de la cabeza”. La Revista Técnica de la Guardia Civil indica: “[…] hizo fusilar por la espalda a los inermes prisioneros”. Y en la Cruz Sangrienta, se especifica: “[…] Uno a uno se les hizo desfilar por delante de los fusiles que les apuntaban y a sus descargas fueron cayendo en racimos sanguinolentos”.

Las revistas liberales no dudaron en incluir el horror que tal decisión causó en algunas de las mujeres de los carabineros que estaban presentes o bien habían acudido, antes incluso que cualquier tipo de ayuda militar, al lugar. En la Revista Técnica de la Guardia Civil se cita que los hombres de Santa Cruz se excedieron con ellas: “[…] llegando hasta acuchillar a alguna de las indefensas mujeres de los carabineros, que, ansiosas de conocer el resultado del combate, habían acudido de inmediaciones para ver a sus deudos”. Por su parte en Glorias Militares también se añaden más datos a este hecho: “[…] No fueron solo aquellos infelices quienes pagaron con su sangre vilmente hecha derramar, la heroica defensa que acababan de hacer; también una débil mujer, la del sargento del destacamento Ignacio García Rodríguez llamada Francisca Zubrigaray, fué herida por un bayonetazo que la dió uno de aquellos villanos, con pretexto de que había querido hacer uso de un cuchillo al ver que su marido había sido asesinado cobardemente”

Antigua carretera Bera - Endarlatsa. "Bera gure herria"
Existen por lo menos tres narraciones que comentan que al menos uno de los carabineros no fue fusilado al momento, pero no existe coincidencia ni en la persona, ni en los motivos para acabar con su vida posteriormente. Según Ugalde: “El único individuo cuya vida se respetó, por tener un hermano en los carlistas fue conducido a Lesaca; se llamaba Jose Olaizola, era natural de Arano, le quitaron el ros y le cubrieron con una boina. Iba confiado por haberse indultado, pero caminaba acompañado de unos de los de la partida a la retaguardia y algo distanciado de la misma, y según costumbre establecida por el cabecilla con sus esbirros, a una señal convenida al pasar un recodo (…) en las afuera de Lesaca, el acompañante le mando parar, dejándole muerto”. Esta trágica anécdota, no verificada, fue también recogida muy resumida con posterioridad en el diario La Rioja en su edición del 2 de junio de 1910: “[…] Uno de los carabineros tenía en la partida un hermano, y éste queriendo salvarle la vida, le proporcionó un traje y le metió entre sus compañeros de facción. Lo vió el cura Santa Cruz, se enteró de lo que había ocurrido, y sobre la marcha mandó hacer alto y fusiló al infeliz que ya se creía a salvo”. Por su parte Spain and Spaniards se comenta: “Santa Cruz llevó a que el hombre durante varios días con él, pero cuando supo que, a pesar de las cartas que había enviado a los periódicos de Bayonne sobre lo ocurrido, la opinión pública en España y Francia todavía persistía en acusarlo de asesinar a los prisioneros”, finalmente optó por fusilarle. “Diez minutos se permitió el pobre para la confesión, y cuatro balas pusieron fin a su vida”. Por último y según el relato que se recoge en la revista Crónica se llevaron al teniente a fusilar a Bera para servir de escarmiento: “—Era preciso que el escarmiento sonara trágicamente.
Y así ordenó el guerrillero que le trasladáramos á Vera de Bidasoa. Reunióse el pueblo en la plaza principal y dijo Santa Cruz al condenado á muerte:
—Por tu culpa hemos matado á tus veinticuatro hombres, no por la mía... Preparate á bien morir, que vas á comparecer ante Dios á dar cuenta de tu traición. Y allí mismo confesóle el capellán de los guerrilleros, don Baldomero. Y allí mismo, momentos después, una descarga de los carlistas tronchó sangrientamente su vida...”.

El número de muertos y supervivientes del destacamento sufrió un notable baile de números, que se mantendrá a lo largo de los años. Tampoco será posible afirmar con rotundidad cómo y dónde murieron aquellos que no fueron fusilados, o cómo lograron salvarse los supervivientes. Oficialmente, y tomando como referencia el listado realizado por Joaquin Viciana en 1914, del total de los 41 carabineros: 4 murieron en la defensa del fuerte o en el combate fuera del mismo, 3 perecieron ahogados en su intento de cruzar el Bidasoa y por último, 28 fueron fusilados (entre paréntesis se indica las variaciones en la identificación reflejadas en distintas fuentes):

Los fallecidos:
  • Teniente Valentín García Rodríguez. Fusilado
  • Sargento 1º José (Juan) Martín Yusne. Fusilado
  • Sargento 2º Ignacio García Rodríguez. Fusilado
  • Cabo 1º Miguel (Manuel) Méndez Rodríguez. Muerto en la defensa del fuerte o en el combate fuera del mismo
  • Cabo 2º Francisco Alvarez Alvarez. Muerto en la defensa del fuerte o en el combate fuera del mismo
  • Corneta Antonio Alonso Moreno. Fusilado
  • Carabinero Aniceto Alonso Gutiérrez. Fusilado
  • Carabinero Antonio de la Iglesia Incógnito. Muerto en la defensa del fuerte o en el combate fuera del mismo
  • Carabinero Antonio Pérez Villa. Fusilado
  • Carabinero Antonio Romero (Roncero) Angulo. Fusilado
  • Carabinero Antonio Valencia Suico. Fusilado
  • Carabinero Benigno Pegnante (Pegenante, Peginante) Expósito. Fusilado
  • Carabinero Ciríaco López Llanos. Fusilado
  • Carabinero Doroteo Gutiérrez Barragán. Fusilado
  • Carabinero Francisco Cristobal Martín. Fusilado
  • Carabinero Francisco Pérez Martínez. Ahogado
  • Carabinero Gabino Fernández Aristizábal. Fusilado
  • Carabinero Gabriel Romeo Rubio. Fusilado
  • Carabinero Joaquín Bergna (Vergua, Breguez) Moret. Fusilado
  • Carabinero Joaquín Castellanos Bañoras. Ahogado
  • Carabinero José Lara (Lasa) Ullaña. Fusilado
  • Carabinero José Olaizola Atauri. Fusilado
  • Carabinero José Santaluz (Santalices, Satalices) Fernández. Fusilado
  • Carabinero Juan Jareño Navarro. Muerto en la defensa del fuerte o en el combate fuera del mismo
  • Carabinero Juan Pazos Tablas. Fusilado
  • Carabinero Leoncio Calvo Vicente. Fusilado
  • Carabinero Manuel Antuña (Anteña) Riera. Fusilado
  • Carabinero Manuel Suárez Fernández. Fusilado
  • Carabinero Mariano del Barrio Torno. Fusilado
  • Carabinero Pablo Alonso Sáez. Ahogado
  • Carabinero Pedro Cervino (Cerviño) Garrido. Fusilado
  • Carabinero Pedro Muñoz Armedo. Fusilado
  • Carabinero Perfecto (Pegerto) Fernández Incógnito. Fusilado
  • Carabinero Ruperto Sáez Martínez. Fusilado
  • Carabinero Vicente Suárez González. Fusilado
Los supervivientes:
  • Carabinero Santiago Benavides Rodriguez. Se salvó “batiéndose con arrojo por la carretera” (Según el relato de que hace el coronel Franciso Alvarez, los hermanos Benavides vadearon el río, ganando la orilla opuesta y ocultándose entre los árboles)
  • Carabinero Anastasio Benavides Rodriguez. Se salvó “batiéndose con arrojo por la carretera”
  • Carabinero Jerónimo Ciriano. Se salvó “á nado penetrando en Francia”
  • Carabinero Pedro Hernández. Se salvó “á nado penetrando en Francia”
  • Carabinero Joaquín Marilla. Se salvó “á nado penetrando en Francia”
  • Carabinero Ventura Alvarez. “Se ocultó entre la maleza, habiendo sido herido al pasar el río á nado”.
Los Siguientes Días

Para Santa Cruz la eliminación del molesto puesto de vigilancia, sin duda fue una notable victoria, pero más importante fue la posibilidad de seguir nutriendo a su “propio ejército”. En la documentación recogida en el archivo Zavala encontramos la siguiente afirmación en una carta manuscrita, donde claramente se describe una posible motivación económica en el ataque: “[…] Siendo de una gravedad incalculable la noticia que acaba de darme un buen liberal que por estar relacionado algún tanto con persona conocida del Conde Kranchy y que por estar cerca de este Señor tiene ocasión de saber cuánto pasa de cierto en todo, creo necesario ponerlo en conocimiento de V.E para el uso que crea conveniente: El día 7 paso el citado Conde al puente de Endarlaza a entrevistarse cine el cabecilla Santa Cruz y contrata previa una indemnización la neutralidad absoluta por parte de los carlistas a sus minas y a todos los operarios de las mismas; parece ser, según el confidente, no hubo de satisfacer al cabecilla Santa Cruz lo bastante las cantidades que por tal concepto le señalara en Conde que se despidieron sin avenencia de ningún género, más al día siguiente volvió el conde y después de tener nueva entrevista con el Santa Cruz hubo de quedar arreglado el asunto, el cual lo celebraron con un banquete, al que asistieron todos los oficiales de la fuerza que tiene a sus órdenes el referido cabecilla”. Es decir, a los pocos días Santa Cruz había conseguido que uno de los gerifaltes mineros extranjeros, como era el Conde Kranchy, pagase por mantener la actividad en las minas sin injerencias por parte de su partida. Parece ser que el puente de Endarlatsa no se encontraba incluido en ese trato, y siendo un elemento que facilitaba la entrada del ejército liberal en Navarra, Santa Cruz no dudo en destruirlo, volándolo por los aires el 5 de junio. La puerta del Bidasoa se cerraba en ambas direcciones.

Honorato Saleta.
Euskomedia
Honorato Saleta Cruxent, afamado ingeniero liberal, en uno de sus libros Escenas Ribereñas de 1898 vertía la siguiente crítica: “El Gobierno de Madrid se había figurado, sin duda, que los carlistas jamás poseerían artillería (como si no la hubiesen poseído en la guerra de los siete años, tantas veces olvidada) y simplemente por economía, había dispuesto la construcción de fortines contra fusilería. Claro es que, de exigirse responsabilidades, debieron haber sido fusilados aquellos ministros, en lugar de los carabineros”. Además de la desgraciada pérdida de vidas, el ejército liberal había sido desalojado del estratégico paso de Endarlaza y la destrucción del puente, complicaba enormemente el movimiento y traslado de sus tropas. Ante la posibilidad de perder la totalidad del valle del Bidasoa, Saleta fue llamado a Sumbilla, “con el objeto de construir un fuerte sobre el Bidasoa” y aguardar el paso de los pocos puentes que aún seguían en pie, “asegurando las comunicaciones por Yanci y Echalar”

Mientras en Navarra se tomaban en serio las tareas de fortificación en un intento de no perder completamente la provincia, en Gipuzkoa cundía el miedo, especialmente en Irun, ante la posibilidad que el ataque a Endarlatsa hubiera sido el preludio de una ofensiva mayor. Así lo recoge el diario El Pensamiento Español del 6 de junio: “El Gobernador Militar de San Sebastián manifiesta que el Comandante Militar de Irún ha mandado concentrar la sección de Fuenterrabía porque se decía que facciones gruesas (carlistas) están en Vera y que hoy avanzarían por lo que hay pánico en aquella villa y tendrá que abandonar la estación”

Carta manuscrita del General
Castillo del 7 de junio de 1873.
Archivo Zavala
Tres días después el alto mando liberal en Gipuzkoa todavía no sabía qué era exactamente lo que había ocurrido en el paso fronterizo e intentaba recabar toda la información posible. En el archivo Zabala se encuentra digitalizada una corta orden manuscrita, con varias correcciones, perteneciente al puño y letra del General Castillo: “Sírvanse V.E mandar orden a su Jefe que pase a Irún, se instruya expediente sobre el desgraciado (incidentesuceso  de Endarlaza, (y sobre todos lo que con ese estén relacionado a fin de esclarecer los hechos) esclareciendo los hechos y cuantos con él tengan relación. 7 de junio de 1873. El Comandante General”

Ese mismo día, el general Nouvilas hacía público el siguiente orden, no exento de crítica hacía aquellos desdichados que en un intento de salvar sus vidas habían rendido sus armas, tratándoles, poco menos que de cobardes: “Ejército de Operaciones del Norte.=E. M. G.=Orden general del día 7 de Junio de 1873, en Echarri·Aranaz.=El destacamento del puente de Endarlaza, compuesto de 39 carabineros, se ha dejado sorprender el día 30 (sic) del corriente. El oficial y 26 carabineros, rendidas las armas y prisioneros de guerra, han sido bárbaramente maltratados, y con aleve villanía pasados por las armas. Después que ha tomado el mando de los bandidos de D. Carlos, su pretendido Ministro de la Guerra, titulado general D. Joaquín Elio, de esta manera inaugura su campaña. El desastroso fin de nuestros compañeros es el que os espera, si cometéis la torpeza de dejaros sorprender, con la cobardía de rendir las armas que la República os ha confiado para la defensa de la libertad. Han inaugurado la guerra á muerte; así lo quieren, así sea; ojo por ojo, diente por diente. La sangre de vuestros hermanos reclama más energía y más actividad que nunca, para acabar de una vez con esos vándalos, que en nombre del altar y del trono llevan el pillaje y el exterminio, como enseña de sus propósitos de feroces instintos. Soldados: ya que nuestros enemigos huyen siempre de vuestras bayonetas, necesario es que redoblemos hoy nuestras marchas, para que no les quede ni aun el recurso de la fuga; nuevos esfuerzos espera, y no duda ni un momento los haréis con entusiasmo, al grito de ¡viva la República!== Vuestro General en Jefe.=Nouvilas”. Pero a Novilas le quedaba poco tiempo en el teatro de Operaciones del Norte. El 13 de julio dimitía dejando una hoja de méritos donde los errores eran mas abundantes que los aciertos.

Imagen satírica de Nouvilas jugando a la gallinita
ciega con Santa Cruz y otros oficiales carlistas . Diario La Flaca
El 8 de junio, el comandante militar del fuerte de San Blas en Ormaiztegui, clamaba venganza en otro documento remitido a sus superiores: “Comandancia Militar del Fuerte de San Blas de Ormaiztegui. Excelentísimo Señor: toda la fuerzas de este fuerte me ha hecho presente solicite de la superior autoridad de V.E, permiso para que se le conceda marchar en columna a fin de vengar las víctimas de sus compañeros, asesinados inhumanamente en el destacamento de Endarlaza por una partida de cafres carlistas. Los que con sumo disgusto participo a V.E para su superior conocimiento, rogándole se sirva merecer su aprobación a de quien corresponda. Fuerte de San Blas de Ormaiztegui a 8 de junio de 1873. El comandante militar Juan [ilegible]”.

Mientras, en los rotativos del momento iban apareciendo datos e informaciones, con diversos matices en función de la afinidad política. Para el día 7, diarios como La Nación, ya registraba la noticia del fusilamiento: “Se ha confirmado, desgraciadamente, la noticia del fusilamiento de los 23 carabineros y el teniente hechos prisioneros en Endarlaza”, sin dar mayor explicación de lo ocurrido. Otros, como el tradicionalista Pensamiento Español del 10 de junio publicaba los pormenores de los ocurrido, pero apostillaba que todos los carabineros habían muerto en la lucha: “[…] Esta es la verdad de lo ocurrido, digan lo que quieran los liberales, que agotan el diccionario de la mentira para calumniar por este hecho al famoso e intrépido guerrillero”. Cuatro días después, en su edición del día 14, el periódico seguía mostrando relatos de ocurrido, pero mantenía la omisión “del detalle” de los fusilamientos.
Fragmento de la noticia del
Pensamiento Español de 10 de junio
de 1873. Hemeroteca Digital

Algunos periódicos, como el Boletín de Comercio del 19 de junio, La Nación del 18 de junio o el Correo Vascongado del 24 de junio, no dudaban en destacar el componente de conflicto internacional que había generado el cura, al ordenar hacer fuego sobre los supervivientes que estaban ya en territorio francés, mientras eran auxiliados por gendarmes. 

Tampoco el carlismo “oficial”, con el que Santa Cruz mantenía ya importantes desencuentros que sobrepasaban el calificativo de rebeldía, encajaron lo sucedido en Endarlatsa, sumándose esta acción a la larga lista de insubordinaciones que Santa Cruz presentaba ya en su haber. El general Lizarraga, llamado a comandar los batallones gipuzkoanos, así como otros prohombres afines a la causa en la provincia, no dudaron en pedir “la cabeza del cura ” ante el mismísimo Carlos VII. Comenzaba el ocaso de la figura de Santa Cruz.

Viudas y Huérfanos

Siguiendo el relato que recoge Ugalde, los cadáveres de los carabineros fueron retirados al cementerio de Bera; pero días más tarde, y tomando como referencia los datos que se localizan en los archivos parroquiales, algunos cuerpos parece que fueron trasladados a Irún, como el del Teniente del destacamento, Valentin Garcia, cuya defunción quedó registrada el 9 de junio en la parroquia de Santa Maria del Juncal. Transcurridos algunos meses, concretamente el 17 de noviembre de 1873, en el libro de finados de esta misma parroquia se incluyó un certificado de defunción de varios de los carabineros; posiblemente a instancias de sus familiares. Este es el caso del cabo 1º Miguel Mendez, del cabo 2º Francisco Alvarez, o los carabineros Ciriaco Lopez, Manuel Suarez, Miguel Mendez y Francisco Perez. 

El fusilamiento de los carabineros dejó oficialmente un número de 25 viudas y 72 huérfanos; de hecho, un repaso a los archivos parroquiales añade algunos detalles de la vida familiar de estos hombres. Gracias a estos registros sabemos que el carabinero Pedro Cervino se había casado en 1869 con Pantaleona Calzada en Irun; Manuel Antuña el mismo año en Hernani con Agustina Yradi; Gavino Fernandez en Elduain con Juana Urdinarrain, y en los archivos consta que tenían ya dos hijos, el último nacido en 1872, bautizado en Hondarribia; o como el cabo Francisco Alvarez, que se había casado en 1864 con Maria Evarista Andreano en Getaria, teniendo por lo menos dos hijos: Bonifacia y Francisco. Este último, y como ya hemos hecho constar, llegó a ser coronel del regimiento Sicilia, permaneciendo fiel al orden establecido por la Segunda Republica, lo que le valió pasar por un consejo de guerra, siendo apartado del ejército y “condenado a la pena de tres años y un día de prisión correccional” (Boletín Oficial del Estado del 5 de Junio de 1937).

En la mayoría de los casos la unidad familiar, no sólo se perdió un marido o un padre, sino también el sustento económico. A los pocos días y según recoge Fermín Muñoz: “El Ayuntamiento de San Sebastián, para aliviar la situación de las familias de los 35 carabineros asesinados por los carlistas en Endarlaza, el día 4, abre una suscripción popular el día 11, encabezada por el Ayuntamiento”. El tema fue llevado también al Palacio de las Cortes el 17 de junio, quedando la interpelación recogida en el diario La Iberia: “El Sr. La Hidalga: Tengo el honor de presentar á las Cortes una exposición de los jefes y batallón de voluntarios de San Sebastián suplicando á la Cámara se sirva acoger bajo su amparo a las 25 viudas y "72 huérfanos de los carabineros que en el encuentro del día 4 del corriente y en el puente de Endarlaza fueron bárbaramente sacrificados por las hordas del cabecilla que sin duda por un sarcasmo sangriento se llama sacerdote y se apellida Santa Cruz: y en cuya exposición se hacen resaltar las dificultades con que luchan los defensores de la República, que si caen prisioneros son asesinados o quemados vivos, mientras los facciosos apenas sienten el rigor de la ley”. El tema fue finalmente tratado en la sesión del 17 de septiembre.

“Cabezas de Turco”

Especialmente duro fueron los efectos de estas muertes en la población de Irún, donde vivían la mayoría de los Carabineros. Además del miedo e indignación, se produjo un gran descontento dirigido hacia los mandos de los Carabineros, siendo éstos los considerados responsables indirectos de la matanza. El principal protagonista de esta “caza de brujas” será uno de los oficiales de la Comandancia de Irún; el mismo que había redactado una de las cartas haciéndose eco de los quejas de los carabineros, Jose Arnaiz. De nuevo hallamos en el archivo Zavala una larga misiva donde el Gobernador Militar en San Sebastián hace partícipe al Comandante General de las tropas liberal en Gipuzkoa, el general Castillo, de una larga lista de hechos, muchos de ellos no probados, que afeaban la actitud de Jose Arnaiz; acusándolo, literalmente y entre otras lindezas, de pasar información a los carlistas y de cobardía ante el enemigo. El parte que llegó a manos del general Castillo, 3 días después de los sucesos, no tenía desperdicio:

Fuerzas de seguridad (carabinero, guardia civil y miquelete)
encargadas de la vigilancia de la frontera (anterior a 1907).
Fototeca del Archivo Municipal de Irun
“Por los telegramas recibidos estos días del Comandante Militar de Irún, el Jefe de esta comandancia D. Jose de Arnaiz, habrá V.E visto que dicho jefe no solo carece en Irún del prestigio indispensable para el desempeño de su cometido; sino que se ha tenido en los días una explosión popular contra él, según ha afirmado el mismo telegráficamente a V.E y a mí. Y a la autoridad militar anterior a V.E así como al jefe económico me habían dicho presente, carecía dicho D. Jose de Arnaiz de las condiciones precisas de mando y su poco concepto, lo mismo ante ellos que ante sus subordinados; y el poco tiempo que llevo mandando esta comandancia me ha convencido de que desgraciadamente carece del prestigio necesario.

Aunque no sea la causa del trágico y desgraciado fin del destacamento de Endarlaza como le acusa las opiniones en Irún, esta se fundó en que vive en casa de un pariente suyo llamado Aguinaga, en íntimas y relaciones estrechas con el que también la habita. Este Aguinaga conocido en el país como acérrimo partidario de la causa carlista, tiene un hijo cura tan recalcitrante como él, y de aquí el que se asegura que Arnaiz le entera de cuantos los telégrafos y comunicaciones recibe, que ellos utilizan avisándolos a los facciosos, y en lo que ignoro lo que haya de verdad. Así mismo se dice, que en su contraste con la intimidad que tiene con su citado pariente, rehúye y esquiva el trato con los jefes de Nacionales de Irún, guardando con ellos la mayor reserva, así como la guarda también con el capitán de las compañía del Cuerpo allí situado. Dicen que en los momentos de peligro no se le ve nunca, así como que tiene guardia en su casa y no sale sino acompañado de carabineros, demostrando una falta de valor que honra poco al que viste el uniforme militar.

De todos estos dichos, cuyo total fundamento ignoro, pero que aseguran unos y otros; es para mí la causa de esa excitación que el mismo confirma hay contra el en la población; y el desaliento de la fuerza de que se me queja en un telegrama de anoche cuya copia acompaño a V.E. Por la razón he creído deber dirigir mi voz a la fuerza de las Comandancia en una orden cuya copia es también adjunta, para reanimar su espíritu y hacer renacer la confianza; pero creo que en las actuales circunstancias no puede ni debe continuar al frente de aquella Comandancia Militar un Jefe que con más o menos fundamento tiene tan poco prestigio ante la opinión pública. V.E sin embargo con su mayor criterio resolverá lo que tenga conveniente si es que uno de los varios jefes del ejército que asisten en esta plaza sin comisión ni destino no pueden utilizarse en aquel, mientras el Inspector del Cuerpo no releve a dicho Jefe, a quien lo suplico con fecha de hoy”. Lo que tengo la honra de trasladarle a V.E con inclusión de copia de los citados documentos para su superior conocimiento, debiendo significarle que en esta plaza existen todos los jefes del Regimiento de Infantería de Luchana y el capitán de carabineros D. Jose Martinez, el cual ha estado ya desempeñando interinamente el referido cargo en aquella villa. Dios que a V.E guarde muchos años. San Sebastian 7 de Junio de 1873. Jose Moreno de Christo”.

En su contestación del 8 junio, el general Castillo, resolvió la inmediata sustitución de Jose Arnaiz, por el capitán de carabineros Jose Martinez. Poco importaba que Arnaiz hubiera manifestado en anteriores cartas las deficiencias del puesto y que las órdenes del desplazamiento de los carabineros a Endarlatsa hubieran partido directamente del general Castillo.

Ante la indignación popular de los sectores liberales, tampoco faltaron intentos de linchamiento de prisioneros carlistas, tal y como queda recogido en el diario La Iberia del día 24 de junio: “[…] Al salir del gobierno civil para llevar los prisioneros a la cárcel, hubo voces pidiendo que se les diera muerte en represalias del fusilamiento de los carabineros de Endarlaza. El tumulto iba creciendo; pero merced a la energía del señor Tablas, capitán que mandaba la fuerza que se metió resueltamente con su caballo en medio de los amotinados y les apostrofó con calor, no hubo que lamentar serias consecuencia”.

Ambulancias carlistas cruzando el Bidasoa con heridos, cerca de Endarlatsa.
Álbum Siglo XIX
Con la guerra en curso, las ruinas del fortín todavía eran visibles un par de años después. Según se relata en el libro Memorias de la Pacificación: “[…] Pocos metros hacia el interior de España, en la orilla derecha del río, me mostraron el sitio en donde dos años y medio antes habían sido fusilados 37 (sic) carabineros por aquel mentido ministro del Señor. Del destacamento que en aquella ocasión cayó prisionero, librándose tres (realmente fueron seis) tan solo, por pura casualidad, de la pena de ser fusilados: dos han fallecido ya, de dolencias naturales; el restante permanece en Endarlaza, dedicado a su oficio, cual sino quisiese abandonar las cenizas de infortunados compañeros. […] En la margen derecha no hay más construcciones que un viejo caserón, que debe ser almacén de minerales. Y la incendiada caseta de los carabineros.[…] pocos metros más allá de la caseta, el camino está cerrado por una fuerte barricada, y a poca distancia también, detrás de aquella, extinguesé todo el camino, pues el de Irún continua por la orilla opuesta, y el Bidasoa deja de pertenecer a España en todo su ancho, para convertirse en raya fronteriza. […] en la margen izquierda, el puente de hierro desembocaba con la carretera, sobre una reducida explanada, en la cual existe un edificio, de construcción moderna, destinado a oficina de la compañía minera y habitaciones para los empleados. En su fachada campea el pabellón inglés.”

Reconstrucción del Puente y Defensas de “Erlaitz-Endarlaza”

El puente de Endarlatsa permaneció destruido a lo largo de toda la contienda. El paso del cauce se realizaba como antaño, gracias a gabarras que iban de un lado a otro. Con la guerra ya terminada, el Diario de Navarra del 5 de agosto se hizo de nuevo referencia a la presencia inglesa en la industria minera del lugar en estos términos: “Los ingleses, que de todo saben sacar partido, se aprovechan ahora de nuestra triste situación; han establecido por su cuenta y para uso particular un puente, o mejor dicho, han colocado unos tablones sobre dos barquichuelas y exigen, según se nos dice, veinte reales vellón por cada carro que pasa”. No se tuvo que esperar demasiado. Poco más de una año después, un puente volvía a cruzar el Bidasoa por Endarlatsa, suprimiendo la destrucción causada por la partida de Santa Cruz. El puente construido en hierro en los talleres de Bélgica de la fábrica Willebroek fue embarcado a finales de agosto de 1877 y terminado de montar en su lugar en noviembre de ese mismo año. “Digno de alabanza es el celo de nuestra corporación provincial demuestra en el desarrollo de las obras de caminos, fuente de riqueza para los pueblos, y en su deseo de borrar cuanto antes las huellas que en ellos ha dejado la última guerra civil” (El Eco de Navarra del 18 de noviembre de 1877). Pero años después ya sabemos que el nuevo viaducto sufrió idéntica suerte que el anterior, y lamentablemente, la guerra carlista, no fue la “última guerra civil”.

Garitón sobre el puente de Endarlatsa, de la línea Erlaitz-Endarlaza.
La línea de fortificación Erlaitz – Endarlaza
Paralelamente a la reconstrucción del puente, en 1878 el Gobierno de la Nación se tomó muy en serio la fortificación de la zona de Endarlatsa. El sistema de defensas construidas en aquel momento ha sido estudiado en detalle por Juan Antonio Saenz, con varias publicaciones sobre el mismo, destacando: “La línea de fortificación Erlaitz – Endarlaza”. Saenz recoge en este artículo la memoria del proyecto y su justificación: “[…] El pensamiento que ha determinado en el General en Jefe del Ejército del Norte la ocupación de dichos puntos y construcción de estas obras ha sido el de prevenir y dominar una insurrección en el país a cuyo objeto responden las mismas sin que estas tengan otro carácter ni importancia que el de obras provisionales pues que el establecimiento de fortificaciones permanentes requieren más atención y detenido estudio...”. Es decir, estaba especialmente diseñada para evitar que en el caso de una nueva insurrección carlista, las tropas rebeldes de gipuzkoanos y navarros entrasen en comunicación. Y si bien las consideraban como “obras provisionales”, lo cierto es que nada tenían que ver con aquel improvisado y endeble fortín que el ejército construyó en 1873, incluyendo: la torre telegráfica de Erlaitz, el fuerte de Pagogaña, la torre de Pika y Endarlaza; así como un garitón sobre el reconstruido puente del Bidasoa. Son precisamente las ruinas de algunas de estas defensas, las que todavía hoy, controlan desde sus derruidos muros el paso sobre el puente del Bidasoa.

Recuerdo en la Memoria Colectiva y el Monumento

En 1882 el capitán H. Hue, un agregado militar francés visitó (en calidad de espía)  las por entonces recién estrenadas fortificaciones de Endarlaza. Curiosamente en su informe hizo clara referencia a los fusilamientos de 1873, incluyendo en su redacción algunos datos de lo ocurrido: “La orilla guipuzcoana no ha sido cruzada nunca por ejército alguno y así permanecería mientras que la población, a cien pasos de mi ingreso en territorio de España, tiene presente a la mínima la sangrante ejecución de 33 carabineros de Endarlaza bajo las órdenes del cura de Santa Cruz, que inauguró la larga serie de sus fechorías” (Juan Antonio Saenz). Es decir, años después, los fusilamientos permanecían todavía “bien presentes” en la memoria colectiva; sin embargo no fue hasta entrado ya el siglo XX cuando se materializó un monumento que sirviera de recuerdo; si bien, y según consta en la Revista técnica de la Guardia Civil, hasta ese momento: “[…] tan sólo existió una cruz y una pequeña empalizada que rodeaba el árbol a cuyo pie se realizó el fusilamiento”.

El lugar físico del fusilamiento había quedado en esta memoria colectiva marcado geoespacialmente al borde la cuneta de la vieja carretera, bajo las ramas de un árbol de porte importante, identificado en la mayoría de las crónicas y avalado por la fotos de época, como un castaño, aunque también se muestran variantes en las descripciones que nombran el árbol como un nogal o una encina. Según se describe en el Heraldo de Zamora en su edición de 8 de agosto de 1898: “[…] en el tronco de un hermoso castaño que desde algunos metros arriba en la falda de la montaña parece extender sus ramas sobre el lugar de la ejecución, ha grabado un sencilla memoria […]. La inscripción se ve desde la carretera, forma un cuadro como de media vara en el tronco, y por el grueso de la corteza arrancada, hace el efecto de un nicho antiguo cuyas letras hubiere medio borrado el tiempo. Dice así: Fusilamiento de Carabineros - Día 4 de Junio – Año 1873 – R.I.P”.

Monumento de 1907.
Revista Ahora
El suceso dejó una fuerte impronta en la fronteriza Irún, siendo los sectores republicanos los que impulsaron actos de recuerdo. El 23 de mayo de 1903 se incluyó en el callejero de la ciudad, el nombre “Martires de Endarlaza”, y el 13 de junio de ese mismo año, en el diario Unión Republicana apareció la siguiente noticia: “Hoy se han llevado a efecto una imponente manifestación, organizada por los elementos republicanos e Irún, con objeto de rendir solemne tributo de a admiración, a la memoria de los mártires del avecilla Santa Cruz, sacrificados en la última guerra carlista. Depositáronse varias hermosas coronas en la tumba de los beneméritos patriotas, y se pronunciaron sentidos discursos necrológicos. El acto se ha verificado en medio del orden más completo”.

Fue en un desapacible día, a primeros de octubre de 1907 cuando finalmente se procedió a la inauguración de un pequeño monumento en Endarlatsa “que el cuerpo de carabineros dedicaba a la memorias de los compañeros fusilados por los carlistas en Endarlaza en el año 1873”. La idea había partido del militar y periodista Basilio Lacort Larralde, que desde su diario El Porvenir Navarro de tendencias claramente republicanas y anticlericales, había impulsado una suscripción con el fin de recaudar fondos para costear el monumento: “[…] donativos desde diez céntimos, cuota mínima, a una peseta, cuota máxima”. El día 2 de octubre de aquel año, se inauguró este recordatorio, emplazado a la salida del puente, ya en la orilla Navarra. En una carta al director en la revista El Motín de 1909, se justificaba esta localización, en vez del castaño que tradicionalmente se establecía como lugar del fusilamiento, de la siguiente forma: “[…] estuviese vigilado de cerca por las fuerzas del Resguardo, y evitar así un desaguisado que los fanáticos campesinos pudieran llevar á cabo con el monumento”. El carlismo seguía siendo una fuerza imperante en la zona, y se temía la destrucción del mismo.

Imagen de la inauguración del monumento en octubre de 1907.
Bidasoa Ikerketa Zentroaren Bloga
En la hemeroteca se localizan varias descripciones del momento de la inauguración, así como algunas fotos del mismo, encontrándonos datos adicionales en el trabajo que Aurelio Gutierrez ha publicado en el blog Bidasoa Ikerketa Zentroa, donde se indica que también el castaño fue participe de este primer homenajes: "Alrededor del histórico castaño,  se había colocado un enverjado de madera y en el centro una cruz sobre una grada también de madera, con la siguiente inscripción. “Recuerdo que el cuerpo de carabineros dedica a sus compañeros fusilados por los carlistas en este sitio después de heroica defensa del puesto a su cargo- Provisional- Año de 1873". Según el diario ABC del 11 de octubre el monumento inaugurado en el extremo del puente “esta formado por una lápida de piedra arenisca sustentada por un zócalo de tres cuerpos y una base, todo del mismo material. Tiene unos tres metros de alzada y lo rodea una verja de hierro, sencilla”. En la lápida se mostraba una descripción alusiva al fusilamiento, señalando directamente al cura Santa Cruz como responsable del mismo. La Correspondencia Militar del 7 de octubre añadía que al acto acudieron “representaciones liberales y republicanas de San Sebastián, Tolosa, Irún y otros muchos pueblos de Navarra y Guipúzcoa”; y la revista Museo Criminal del 1 de noviembre señalaba: “[…] descubrió la lápida el carabinero Santiago Benavides, ya retirado y superviviente único de aquella tan memorable cuanto luctuosa jornada”; apostillándose en la revista Motín que el retirado carabinero, “[…] recogió de los circunstantes unas 200 pesetas para aliviar su situación precaria”

Santiago Benavides.
Diario ABC
No hay muchas referencias sobre las vidas de los 6 supervivientes al ataque al fortín en los años posteriores. En muchas de las crónicas indican que varios murieron de causas naturales en los años siguientes, siendo el leones Santiago Benavides Rodriguez, el último superviviente. Curiosamente su vida fue lo suficientemente azarosa como para poder seguir su rastro. Gracias a los archivo parroquiales sabemos que diez años después de los sucesos de Endarlatsa, Santiago se casaba en Deba con la donostiarra Josefa Aspiazu Echeverria, con la que tuvo por lo menos un hijo. Su último destino como carabinero, previo a su jubilación fue la población fronteriza de Urdax, donde permaneció trabajando como estanquero. En noviembre de 1906, su nombre volvió a aparecer en las crónicas de sucesos en un intento de asesinato perpetrado por su propia esposa. El diario Eco de Navarra, en su edición del 7 de eses mes indicaba que la pareja “es un matrimonio mal avenido” y “el día 2 aproximadamente a las nueve horas, salió dicho Benavides a la puerta de su casa pidiendo auxilio y con la cara ensangrentada y al parecer perseguido por su esposa, […] tiene cuatro heridas en la cabeza, una en antebrazo izquierdo u otra en un dedo de la mano derecha”. Tal vez por ello, algunos diarios hablaban del “precario” estado de este hombre.

Imagen de la misa celebrada el 4 de junio de 1909 en la
zona Gipuzkoana. La Ilustración Militar
Existe una última anécdota en relación con el acto de inauguración y es que según se explica en la Revista Técnica de la Guardia Civil de 1918: “Al acto de la inauguración asistieron representantes de las autoridades, civiles y militares de Guipúzcoa y Navarra, teniendo que decirse la misa, que se celebró con tal motivo en territorio de la primera de dichas provincias, por no haberse recibido del obispo de Pamplona las licencias necesarias para verificarlo en jurisdicción de Navarra”. Esta "ausencia de licencia" parece que duró varios años, ya que existen documentos gráficos donde se observa cómo el oficio religioso se celebraba al otro lado del puente, en territorio de Gipuzkoa.

A partir de ese momento comenzaron las instituciones a formalizar los actos conmemorativos; aplaudiéndose el evento por las fuerzas políticas liberales y republicanas, pero siendo claramente denostado por las tradicionalistas. En 1910, en el ayuntamiento Irun, y según se recoge el diario La Rioja del 2 de junio, tras una agria polémica donde los concejales carlistas habían calificado a los carabineros fusilados como “traidores”, “[…] se presentó una proposición pidiendo que para conmemorar en su aniversario la fecha de aquella tragedia, el Municipio depositase una corona en el monumento levantado a las víctimas. Así se acordó por mayoría”

Mausoleo a los pies del castaño construido en 1913.
Fototeca del Archivo Municipal de Irun
Coincidiendo con el 40 aniversario del fusilamiento, en 1913, se construyó un nuevo monumento de mayor porte, y esta vez, se emplazó a los pies del famoso castaño, coexistiendo ambos elementos recordatorios al menos durante un tiempo (Alberto Montezuma en su libro Nariño, tierra y espíritu). En 1918 encontramos en el número de noviembre de la revista Técnica de Guardia Civil, que el monumento “provisional” de 1907 había sido sustituido por un mausoleo que definía como “una construcción elegante y sencilla”. Las fotos de época muestran una sobria estructura cuadrangular, a cuya parte superior se accedía mediante una escalinata. La zona superior quedaba rematada por una barandilla de planta, en cuya parte central se localizaba un laude con descripciones alusivas y en cuya cúspide se encontraba una corona monárquica: "A la memoria del oficial y 34 carabineros defensores del puente de Endarlaza fusilados innoblemente por el cabecilla carlista Cura de Santa Cruz en 4-6-1873" y abajo"El Cuerpo de Carabinero 1913". Por último, en la base del monumento se localizaba una placa de mármol, con los nombres de los carabineros muertos. 

El mausoleo fue escenario de concurridas conmemoraciones anuales, donde se daban cita simpatizantes de ideas republicanas; tanto es así, que en la mayoría de las fotos que se conservan de los fastos, la corona monárquica que remataba el monumento quedaba siempre tapada mediante el uso de algún adorno o bandera. La "fiesta-recordatorio" incluía por norma general, la colocación de coronas florales, misa y desfile militar seguido de un “lunch” para las autoridades. Sin embargo, la fractura ideológica de la sociedad seguía notablemente vigente, no faltando tampoco las críticas desde los sectores tradicionalistas: “No he de comentar ésa promiscuación política de elementos liberales y republicanos con asistencia de las autoridades civiles y militares, unidos, más que en su piedad hacia los carabineros sacrificados durante la pasada contienda, en su odio a los principios y aspiraciones de la Tradición Nacional” (El Cruzado Español del 13 de junio de 1930).

Imagen de la conmemoración de 1931. Kutxa Fototeka
El último aniversario conmemorado sucedió a escasos días del alzamiento del 1936. De hecho, las últimas noticias del acto se recogen el 6 y 7 de junio de 1936 en los diarios El Nervión y La Región: “Esta mañana acudieron las autoridades al acto conmemorativo que se celebró en Endarlaza” y “Asistieron entre otras personalidades los gobernadores civiles de Guipúzcoa y Navarra, el alcalde de San Sebastián, el presidente de la Gestora guipuzcoana, representaciones de las fuerzas de Carabineros y Guardia Civil y los hijos de los supervivientes. Ante los gobernadores civiles desfilaron las tropas”.

Un mes después comenzaba la Guerra Civil de 1936. Endarlatsa volvía a ser un punto estratégico, siendo el puente destruido en los primeros compases de la guerra para dificultar el avance de las milicias carlistas del Requeté a Gipuzkoa. El monumento de los carabineros, que había sido convertido en un elemento simbólico de ensalzamiento republicano y clara una deshonra para la historia carlista, fue fulminantemente desmontado. El historiador Aurelio Gutierrez ha recogido la siguiente noticia aparecida el 16 de agosto de 1936 en el Diario de Navarra, donde el carlista lesakarra Eladio Esparza Aguinaga hace referencia a la desaparición del mausoleo:

“Me dicen que está en Pamplona una lápida dedicada a los carabineros que fusiló Santa Cruz en Endarlatza. La noticia es satisfactoria en extremo. Aquella lápida era sencillamente un ultraje a la historia, mejor dicho, un ultraje a la verdad. Yo no digo que estuviera mal ni mucho menos una piadosa recordación a los fusilados por parte de sus compañeros. No voy por ahí, porque no debo ir por ahí, que es jurisdicción sentimental de clase o compañerismo. Para la lápida del monumento al pie del monte Endarlatza tenía una significación patente del cónclave en toda aquella zona navarro guipuzcoano, cónclave falso, cónclave de historia podrida y envenenada que ahora es el fruto inevitable de maldición madurado de aquellas simientes, se están extirpando con sangre de héroes de la tierra española. Lo de Endarlatza fue una traición manifiesta que no pudo ser reprimida más que por la última pena. Se levantó en el fortín la bandera blanca, símbolo de la paz y se buscó con la paz la enorme alevosía de martirizar a las gentes de Santa Cruz, cazándolos con engaño. Santa Cruz lo que no perdonaba era la traición, ni en los suyos, ni en los enemigos. Y esta verdad se ocultó, se falsificó en aquella lápida a la que otorgaron categoría de reparación y de homenaje debido a los mártires. Los traidores jamás pueden ser mártires ni héroes. Los traidores no son más que traidores. ¡Y ya es bastante! Y en torno a aquella lápida estaban las gentes desafectadas a la España católica y tradicional, autores de esta horrible hecatombe. ¡Bienvenida sea esta lápida a esta purificación que recibirá indudablemente en Pamplona!”. 

El monumento reconstruido.
"Bera gure herria"
Y purificada fue, pero no olvidada. Citando a Abdon Frances, un año después de la finalización de la Guerra Civil, en 1940, el memorial fue reconstruido en un “tono menor”, probablemente a instancias de algún estamento militar o social con suficiente poder y contactos como para cuestionar su destrucción y solicitar su restitución. Su simbología fue revisada y adaptada, desapareciendo las inscripciones alusivas a Santa Cruz o al carlismo como perpetrador de la matanza, mostrando la siguiente frase en su laude: "A la memoria de un oficial y 34 carabineros muertos en acto de servicio en la heroica defensa de Endarlaza IV - VI - MDCCCLXXXIII ". También las placas con los nombres y apellidos de
los carabineros fueron repuestas, pero con algunas variaciones en la identificación de los carabineros; y cómo no podía ser de otra manera, la corona monárquica que remataba el original fue eliminada definitivamente. 

Desde 1940 el monumento quedó relegado a convertirse en un elemento pintoresco del paisaje de la N-121, sufriendo un paulatino deterioro que llevó a historiadores de la zona, como Andoni Esparza Leibar, a principios del 2000 a poner de nuevo el foco de la atención mediática en su deficiente estado de conservación y la necesidad de perpetuar este elemento de recuerdo de la última Guerra Carlista. 

Con las obras de mejora de la peligrosa N-121 para su transformación en autovía, el maltrecho monolito fue desmantelado mientras se  ampliaba la carretera y se levantaba el nuevo puente de la autovía sobre el Bidasoa. A mediados de 2009, y tras un serio lavado de cara fue restituido, pudiéndose visitar en una localización muy cercana al lugar donde estuvo el primer monumento, y en la proximidades donde se levantó el malogrado fortín, cómo último exponente tangible de lo ocurrido el 4 de junio de 1873.
Imagen actual del monumento
A Modo de Conclusión

Los documentos oficiales depositados en el archivo Zavala han añadido algunos datos adicionales coetáneos en la maraña de información que supone un hecho histórico y de trascendencia, como fue el fusilamiento de los carabineros a manos del cura Santa Cruz. Semejante ejemplo de laberíntica complejidad de visiones encontradas, muestra la dificultad de comprensión de eventos sucedidos no hace tanto tiempo. 

El 3 de abril de 1923, 50 años después de lo sucedido en Endarlatsa, el padre Apalategui mantuvo una conversación con el por entonces ya jubilado jefe de miqueletes Juan Pablo Lojendio Estensoro. Este veterano miquelete fue uno de los que en su juventud persiguió por la geografía vasco-navarra al cura Santa Cruz, comentando que: “Yendo en persecución de Santa Cruz, me acosté varias veces en la misma cama donde había dormido el Cura la noche anterior; y en Aya estaba todavía la cama caliente”. Y preguntando directamente por los fusilamientos, el Padre Apalategui registró la siguiente firme y corta frase en boca de Lojendio: “Y entonces el Cura tenía razón”.

Un lustro después de los fusilamientos, un consagrado “enemigo del cura” aceptaba las motivaciones que había llevado al cura a acabar con la vida de sus prisioneros. De ser así, Santa Cruz mostró una ética militar discutible, sin duda,… muy discutible.


Localización de los distintos monumentos a los carabineros fusilados en 1873, sobre ortofoto de 1945 y 2015 

Agradecimientos

Deseo agradecer el interés y la ayuda prestada en la realización de esta entrada a: Biblio, Jose Angel Brena, Aurelio Gutierrez y Andoni Esparza Leibar.